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Anuncios proféticos y el valor de la Eucaristía

 

Mensaje del 11 de Febrero de 1982

En este mensaje es la Virgen la que se manifi esta. Pide penitencia, oración, practicar la caridad por los que no lo hacen…

Insiste varias veces en que se eleven plegarias por la Jerarquía: cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes, advirtiendo sobre aquéllos de estos miembros de la Iglesia que viven mal su vocación.
Vuelve a anunciar el Castigo, citado también en otros mensajes. Le explica a Luz Amparo: «El Castigo está cerca; consistirá, hija mía, en que los astros chocarán sobre la Tierra», y le revela el nombre de uno de ellos y sus efectos:

«El astro Eros hará iluminación sobre toda la Humanidad; será horrible, hija mía, parecerá que el mundo está en llamas, sólo será unos segundos; muchos de los humanos quisieran estar muertos en ese momento. Hasta los justos lo verán, pero no les afectará absolutamente en nada. También muchos humanos morirán de esa gran impresión; será como lluvia de fuego; temblará toda la Tierra, hija mía, será horrible» (La Virgen).

Cuando se transmitió este mensaje, el nombre de dicho asteroide —Eros— era desconocido para la mayoría. Fue descubierto por un observatorio de Berlín en 1898, y es de gran interés para los astrónomos por estar más cerca de la Tierra que cualquier otro cuerpo de tamaño semejante, a excepción de la Luna. No entramos en más datos científi cos que no corresponden a estos comentarios. No volverán a citar los mensajes al «astro Eros», aunque sí hablen de «astros» en plural varias veces y de «un astro» en singular en dos ocasiones más: «Un astro iluminará la Tierra. Parecerá que está envuelta en llamas, durará veinte minutos» (La Virgen, 26-2-1982). «…el Castigo que vendrá sobre la Tierra. No será agua, hijos míos, esta vez será fuego, y será producido por un astro, que se estrellará sobre la Tierra» (La Virgen, 106-1984). Del contenido profético de estas palabras dará cuenta el transcurrir del tiempo; nosotros nos limitamos a consignarlas como un aspecto más de los mensajes de Prado Nuevo.

Resalta una vez más la Virgen el valor de la humildad:

«Humildad os pido, sed humildes. Mira qué humilde fue mi Hijo hasta la Cruz. La humildad es el buen camino para llegar al Cielo. Siempre ha dicho mi Hijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”, y el que es manso y humilde alcanzará los bienes de Dios. Hijos míos, siempre tomad vuestra cruz con humildad».

«El astro Eros hará iluminación sobre toda la Humanidad».

Son palabras del Evangelio (cf. Mt 11, 29), en las que Jesús une la humildad a la mansedumbre, virtud ésta excelente, que alaba Él mismo en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la Tierra» (Mt 5,4). Está escrito asimismo en el libro del Eclesiástico: «Los tronos de los príncipes los volteó el Señor, y en su lugar sentó a los mansos. Las raíces de los orgullosos las arrancó el Señor, y en su lugar plantó a los humildes» (Si 10, 14-15).

La mansedumbre es una virtud unida a la virtud cardinal de la templanza. Suele definirse como «la virtud que modera la ira». Así como la templanza pone orden en el deseo de las cosas que se refieren a la gula y a la sensualidad, así la mansedumbre modera la ira. La mansedumbre y la humildad son como dos hermanas que viven la misma vida, como dos metales preciosos que se funden completándose: con la humildad conquistamos el Corazón divino, y con la mansedumbre atraemos el corazón de nuestros hermanos. Deberíamos ser entre los que nos rodean «el buen olor de Cristo», como indica san Pablo en su segunda carta a los Corintios (2 Co 2, 15).

12-febrero-1982

«Sí, hija mía, vamos a ofrecernos como víctimas al Padre Eterno por la salvación del mundo, por la salvación de esas almas que cada día se retiran de mí, me desprecian, me blasfeman; me están recibiendo sacrílegamente, no tienen compasión de mí» (El Señor).

«¡En cuántos corazones manchados tengo que entrar y cómo veo mi Cuerpo y mi Sangre profanados!».

¡Cuántos sacrilegios se cometen, sin duda, al recibir la Eucaristía! Se ha dicho que hoy se comulga mucho pero se confiesa poco, y es cierto; compruébense, si no, las nutridas filas de fieles que se acercan a recibir el Cuerpo de Cristo en cada Misa y, por contraste, la soledad de los confesionarios, que tan poco visitados son. Hay que recordar sobre esto las palabras de san Pablo, que hacen estremecer: «Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa» (1 Co 11, 27-28). Palabras que confirman las citadas del mensaje y las siguientes del mismo:

«¡En cuántos corazones manchados tengo que entrar y cómo veo mi Cuerpo y mi Sangre profanados! ¡Cómo veo todos los días los sacrilegios, ultrajes y tremendas abominaciones que hacen contra mí!».

Sacrilegio es la «lesión o profanación de cosa, persona o lugar sagrados». Aquí se fija concretamente en la Eucaristía, que es el centro de la vida cristiana, el mismo Jesucristo resucitado, que se da por amor a las almas en el Santísimo Sacramento. Dice en este mismo mensaje:

«Fue una alegría, desde mi Última Cena, hacerme compañero de los hombres hasta el fin del mundo y darles alimento de vino con mi Cuerpo».

Consciente la Iglesia de la primacía y grandeza de la Eucaristía, es muy severa en las penas canónicas, cuando se trata de una profanación de las especies eucarísticas: «Quien arroja por tierra las especies consagradas, o las lleva o retiene con una fi nalidad sacrílega, incurre en excomunión “latae sententiae” reservada a la Sede Apostólica» (Código de Derecho Canónico, c. 1367). Además de esto, hay que precisar que se profana la Eucaristía cuando un alma en pecado mortal se acerca a comulgar; las palabras del Apóstol antes citadas son claras al respecto.

Se queja también el Señor de los que no aman a su Madre y dicen amarle a Él, publicando falsas doctrinas:

«No les sirve para nada ese amor falso que tienen hacia mí, porque el que no quiere a mi Madre no me quiere a mí».

Quien ama verdaderamente a la Virgen, sin duda que ama a Dios, pues Él mismo ha establecido esta unión tan profunda en su plan de salvación.

(Revista Prado Nuevo nº 32. Comentario a los mensajes)

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