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Su nombre sería Luz

 

HISTORIA DE LAS APARICIONES DE EL ESCORIAL (2)

Dura y encarnizada fue la vida de esta sierva de Dios desde su más tierna infancia; pero muy pronto encontraría consuelo a este dolor en la devoción a la Virgen María en el Santuario de Cortes, Albacete. En aquel pequeño refugio, la niña Luz Amparo pedía protección a la Santa Señora y que fuera acogida como hija por aquella a la que ya tenía como verdadera Madre.

 

Luz Amparo Cuevas Arteseros nació el día 1 de abril de 1931, en una aldea llamada Pesebre, perteneciente al pueblo de Peñascosa, en la provincia de Albacete. Está situado en la Sierra de Alcaraz, rodeado de montes de encinas y pinos. Fue la segunda hija, fruto del humilde matrimonio de pastores y labradores formado por Jacinto Cuevas y María Dolores Arteseros.

La fecha exacta de su nacimiento fue ignorada hasta su edad madura, pues siempre celebraba el 13 de marzo como el día de su cumpleaños. La sorpresa se produjo cuando alguien, cercano a Amparo, consultó su acta de bautismo con el sacerdote de la parroquia de Peñascosa, donde estaba inscrita. Ahí comprobaron que la fecha de su nacimiento fue el 1 de abril, que su nombre era “Luz”, y el de su madrina Amparo. Quizá por esto, desde entonces la empezaron a llamar Amparo. Sin embargo, muchos años después, cuando recibiera las revelaciones del Cielo, sería el Señor quien desvelaría su verdadero nombre al dirigirse a ella llamándola “Luz”. La primera vez, fue el 15 de septiembre de 1984, cuando el mismo Señor le preguntó: “¿Me amas, Luz?”. Ella, por entonces, se sorprendió que la llamase así, hasta que después se comprobó que ése era realmente su nombre, el que recibió en la pila bautismal.

 

El Cielo la fue preparando desde su infancia

El Señor fue preparando a esta alma elegida, desde su más tierna infancia, para ser su instrumento, su pequeña portavoz en la Tierra, y lo hizo modelando su corazón con el sufrimiento. Con tan solo dieciséis meses, perdió a su madre, María Dolores. Su padre, el bueno de Jacinto, se vio en la necesidad de llevar temporalmente a sus hijas Carmen y Luz Amparo a la Casa Cuna Provincial de Albacete. Él contrae nuevas nupcias con Virginia, vecina de La Mesta (Albacete), reuniéndose de nuevo la familia. Pero poco tiempo después, a la nueva madre se le complica el parto de su primer hijo, muriendo durante el mismo. El niño sobrevivió, pero a los nueve meses, también partió para la eternidad.

En la aldea de Pesebre, Jacinto y sus hijas no dejaron de pasar estrecheces. El padre se vio de nuevo en la necesidad de confiar a su pequeña, Luz Amparo, ahora a una familia sin hijos de Tomelloso (Ciudad Real). Este matrimonio la tiene con ellos apenas un año, pues al conseguir descendencia, la devuelven a su padre Jacinto. Pasan dos años más en Pesebre, siendo cuidadas por su abuelo pastor y una prima de su madre, mientras Jacinto gana el pan trabajando fuera de allí.

Durante este tiempo, Jacinto contrae, en terceras nupcias, matrimonio con Bárbara, quien además de aportar dos hijos más a la familia, fuerza el traslado de todos a La Hoz, pueblecito de Albacete donde ella vivía.

 

A la interperie de la vida, entre hielos y tempestades

Si la vida de las dos niñas, de por sí, ya era amarga, ahora con su nueva madrastra iba a ser mucho más dura. Malcomen las dos hermanas. Bárbara las manda salir al monte a recoger leña o hierbas comestibles para poder subsistir. Obliga a Luz Amparo a la venta ambulante por esos caminos y poblados, amenazándola con que no se le ocurra regresar hasta que haya vendido todo. Por esto, en ocasiones, la pequeña Luz Amparo, se ve en la necesidad de dormir bajo un árbol, a la intemperie de la tempestad o de la helada. La niña imploraba la protección de la Virgen a la que visitaba en el santuario de Cortes, a unos kilómetros de La Hoz. Allí le pedía que Ella fuera su verdadera madre. Sin lugar a duda que fue escuchada y protegida en medio de tantas calamidades.

El mal trato recibido de su madrastra lleva a las dos hermanas, alguna que otra vez, a escaparse desde La Hoz hasta Pesebre, donde encuentran refugio en la casa de su tía Josefina. Durante una de estas escapadas en pleno invierno, Luz Amparo cae sin sentido sobre la blanca y helada nieve. A punto estuvo de morir congelada, si no hubiera sido por unos arrieros que la descubrieron tendida en el suelo y la reanimaron. Su madrastra la castiga duramente, metiéndola prisionera en un pequeño y oscuro cuarto, al que sólo le lleva cada día una pequeña porción de harina y un poco de agua. Su padre, Jacinto, sufre con esta situación que padecen sus dos hijas…

 

(Revista Prado Nuevo nº 3. Historia de las Apariciones)

 

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