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Víctima de reparación

 

HISTORIA DE LAS APARICIONES DE EL ESCORIAL (8)

En la casa donde Luz Amparo trabaja como empleada doméstica, se encuentran solamente ella y la niña Beatriz, de siete años. A eso de media mañana, Amparo se ve sorprendida por un gran resplandor, como de un rayo, que deja traslucir una cruz; en ella está Jesús crucificado que sangra por la frente, las manos, el costado, las rodillas y los pies. Esto sucedía un 15 de noviembre de 1980. Un día, en efecto, crucial.

 

En el último número de Historia de las Apariciones, recogimos la primera manifestación de Jesucristo a Luz Amparo, el 13 de noviembre de 1980. Anteriormente, el Señor la había ido preparando con aquellas visiones descritas en los números anteriores y cuyo significado Amparo no entendía entonces, no entendía su significado: aquel “doctor de la barba” que la acompañó la noche del postoperatorio en el Hospital Clínico en 1970, que coincidía con el personaje que, en días previos, la había seguido por la calle.

En los planes de Dios había llegado el momento en que Luz Amparo, por la misión espiritual que se le iba a encomendar, debía conocer que ese personaje misterioso era Jesucristo, siempre a su lado, especialmente en los momentos de dolor.

Para ello, el Señor se le va a manifestar, siguiendo el principio de que Dios se adapta a la manera de ser del hombre, para que éste sea elevado a las cosas espirituales por las sensibles. En consecuencia, Jesucristo se mostró a Luz Amparo, aquel 13 de noviembre de 1980, con el atuendo de doctor, vestido con una bata blanca, para que lo identificara con el misterioso doctor del “Hospital Clínico”, y en ella naciera la convicción de que ese médico celestial, que ahora le hablaba, era el mismo personaje que se le había mostrado en ocasiones anteriores: Nuestro Señor Jesucristo.

 

«…Esto es la Pasión de Cristo»

Llegó, entonces, un día crucial, decisivo, en estos hechos sobrenaturales: el sábado, 15 de noviembre de 1980.

Foto de Beatriz de niña

Foto de Beatriz de niña

En la casa donde Luz Amparo trabaja como empleada doméstica, se encuentran juntas ella y la niña Beatriz, de siete años. A eso de media mañana, Amparo se ve sorprendida por un gran resplandor, como de un rayo, que deja traslucir una cruz; en ella está Jesús crucificado que sangra por la frente, las manos, el costado, las rodillas y los pies. Tiene el cabello largo, ensangrentado, sucio y revuelto; el ojo derecho hinchado, amoratado… Entonces, Amparo conmocionada pregunta a la niña:

– «¿Tú ves algo, Beatriz?»

–«No, nada…» –responde ella–.

Amparo se arrodilla, y al decir a la pequeña que la imite y se ponga a rezar, Beatriz –ahora sí–, mirándola, le dice con gran asombro:

–«¡Amparo, te está saliendo sangre!».

En efecto, le está saliendo sangre de la frente y de las manos; es su primera estigmatización. Los irresistibles dolores que sufre la hacen pensar que se muere. Entonces, dice:

–«Pero, ¿qué es esto, Dios mío?».

Ya sabe que es Jesús a quien está viendo. Él la responde:

–«Hija mía, esto es la Pasión de Cristo. Es una prueba. La tienes que pasar entera».

–«¡Yo no lo resisto!» —se lamenta Amparo—.

Continúa el Señor:

–«Si tú, en unos segundos, no lo resistes, ¿cuánto pasaría yo, horas enteras en la Cruz, muriendo por los mismos que me estaban crucificando? Puedes salvar muchas almas con tus dolores. Por cada dolor tuyo se salvan trescientas almas… ¿Lo aceptas, hija mía?».

A lo que Amparo responde:

–«No sé, Señor…, con tu ayuda lo soportaré».

Beatriz percibe, tras esas palabras de Amparo, que le comienza a desaparecer la sangre de la frente y de las manos, como si poco a poco la piel fuera reabsorbiéndola, y se lo advierte:

–«Amparo, se te está quitando la sangre».

Todo llega a su término por esta vez, y Amparo, que según –aclaró después– pensaba bajar a casa del portero a mostrar lo que le sucedía, desiste al ver que la sangre ha desaparecido. Ella promete callar, y le pide a la niña que, por favor, también lo haga. Luz Amparo, en su interior, experimenta un cierto desasosiego, preocupada por todo lo que le estaba aconteciendo.

No podemos pasar por alto un hecho decisivo en esta manifestación del Señor: Dios no fuerza la voluntad, sino que siempre respeta la libertad de las personas. El “sí” que Luz Amparo dio al Señor, en esas circunstancias tan dolorosas, sufriendo los dolores de la crucifixión en su propio cuerpo, no es fruto del impulso de un momento. El gran corazón de Amparo, que siempre se compadecía del sufrimiento ajeno, al contemplar al Señor padeciendo tanto en la Cruz, se conmueve de tal manera que le lleva a pronunciar su “sí” comprometido ante el Señor, para ayudarle en la misión más importante: la salvación de las almas.

Al rememorar Luz Amparo la primera vez que recibió los estigmas, declaraba: «Cuando recibí los estigmas, me asusté. No sabía lo que era. En mi vida había oído una cosa semejante (…). A raíz de esto, mi vida cambió totalmente…”.

 

Habitación de la casa donde ocurrió este suceso

 

Una transformación total

Este hecho determinante produce en la vida de Luz Amparo una transformación total. Desde entonces, y hasta el final de sus días, será instrumento dócil en las manos del Señor, para que Él disponga de su vida como quiera por la salvación de las almas. Se harán realidad en ella las palabras de san Pablo: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24).

Luz Amparo será víctima de reparación por la salvación de las almas:

«Piensa, hija mía, que mi Hijo te escogió víctima de reparación, y te repito tantas veces: tu misión es sufrir, hija mía; ayuda a nuestros Corazones a salvar a la Humanidad corrompida por el pecado de la carne, de tantos y tantos vicios» (La Virgen, 6-VIII-1988).

(Continuará)

Comentario: Mensaje del 15 de noviembre de 1980
 

(Revista Prado Nuevo nº 9. Historia de las Apariciones)

 

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