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Signos de buena fe

 

HISTORIA DE LAS APARICIONES DE EL ESCORIAL (12)

Continuamos relatando los hechos sobrenaturales que sucedieron en la vida de Luz Amparo. Hasta el 23 de noviembre de 1980, inclusive, festividad de «Cristo Rey», sólo unas cuantas personas fueron testigos directos de las estigmatizaciones de Luz Amparo: Marcos, amigo de la familia, el matrimonio de Miguel y Julia, al que Amparo servía como empleada doméstica, los hijos de éstos y algún otro familiar. El contemplarla en ese sufrimiento, participando de la Pasión del Señor por los pecados de la Humanidad, fue un aldabonazo para la vida espiritual de estas personas, motivo de conversión y acercamiento a la Iglesia, de la que estaban alejados.

 

Lo primero que Amparo hace el día 24 de noviembre, lunes, al llegar a la casa donde realiza su trabajo diario, es enseñar a Julia la parte del pecho estigmatizada el día anterior, pudiéndose apreciar, ahora, que ya no queda cicatriz ni rastro alguno del corazón y de las llagas. Por lo que se dispone a realizar sus tareas como de costumbre.

 

Y sigue desvelándose el secreto

Ya por la tarde, Amparo baja con su marido, Nicasio, a la iglesia de santa Gema en Madrid, donde se venera a la santa italiana de las llagas. Al ponerse a rezar ante una imagen de Cristo crucificado, comienza a brotarle sangre de la frente, manos, rodillas y pies. Asustada, porque no quiere llamar la atención, sale del templo y, acompañada por su esposo, se dirigen a la tienda donde se encuentran Miguel y Julia. Allí, comprueban que ya ha pasado la estigmatización; sólo le quedan restos de sangre en las medias, a la altura de las rodillas.

Parroquia de Santa Gema en Madrid.

Pero poco después, en el mismo establecimiento de «Rincón Musical», ubicado en la Plaza de las Salesas, cuando lo cruza entre los empleados —por cierto, descreídos—, de nuevo, en su presencia, queda estigmatizada, sangrando con tal abundancia por el costado que, aun aplicándose ella misma las manos encima de la ropa, se ve brotar la sangre entre los dedos. Celso, uno de los empleados, que desde los tres años estaba sordomudo, empezó a musitar entre sollozos: «¡San-ta, san-ta, san-ta…!». Sientan a Amparo en una silla. Esta vez, no entra en éxtasis, sino que, poco a poco, se le va pasando todo. Sin duda, que el Señor, buscaba con estas intervenciones sobrenaturales, mostrar ante algunas personas su Pasión dolorosa, para mover sus corazones a conversión. Pero siempre con respeto a la libertad humana; por eso, ante los mismos hechos, unos se convertirán y otros no.

Como estos fenómenos se repiten casi a diario, Julia se preocupa por sus hijos, que todavía son pequeños; pues, al bajar diariamente a la tienda de Madrid, tenía que dejarlos en casa al cuidado de Amparo. Pensó, entonces, en renunciar a ese trabajo, para así atenderlos personalmente. Un día, al regresar a San Lorenzo de El Escorial desde Madrid, se encontró a Amparo que estaba todavía en la cama saliendo de un éxtasis. Ésta, viendo a Julia preocupada, le dice: «No sufra, que esto me pasará de tarde en tarde y los niños estarán bien atendidos».

 

 

Estigmatizada en la panadería

estigmas Luz Amparo Cuevas

Panadería de Félix Muñoz, en la calle Claudio Coello de San Lorenzo de El Escorial.

Hasta ahora, el extraordinario fenómeno de la estigmatización, se conserva en cierta intimidad, porque Amparo así lo quiere. Ya sólo le ocurre los viernes, en los que amanece con una manchita negra en ambos lados de la mano, lo que es signo de que en ese día va a sufrir la estigmatización. Para evitar llamar la atención, en esas ocasiones, ella no sale de casa. Más he aquí, que el primer viernes del mes de diciembre, día 5, pensando que todavía era temprano para que le aconteciera el fenómeno, salió de casa a comprar el pan. Una vez llegada a la panadería de Félix Muñoz, en la calle Claudio Coello (San Lorenzo de El Escorial), queda estigmatizada. Así, lo que ella pretendía ocultar, adquiere ahora dominio público.

«Pidió cinco barras –afirma Francisca Herranz, esposa del propietario–, como todos los días. Entonces, se balanceó hacia delante y, al mismo tiempo que se llevó una mano a la frente, se apoyó en el mostrador. Le estaba saliendo sangre. La cogimos entre varias personas y la sentamos en un sillón. De pronto, nos dimos cuenta de que le salía sangre también de las manos, rodillas y pies. Se llevó la mano al costado y, al retirársela, vimos que igualmente manaba sangre de aquella parte. De repente, se le pasó, pero a los pocos segundos le volvió aquel estado. Estuvo en éxtasis cerca de dos horas». Era el día 5 del último mes del año 1980.

 

Estigmatizada en un colegio de religiosas

El día 12, segundo viernes de diciembre, Amparo, acompañada de su marido Nicasio y de Julia, enterada de que una monja muy conocida suya estaba enferma de gravedad, acude a uno de los dos colegios de religiosas que hay en San Lorenzo de El Escorial, para preguntar en qué sanatorio estaba hospitalizada, y así hacerle una visita.

Mientras esperaba en el recibidor, queda estigmatizada, aunque no entra en éxtasis. Comienza a sangrar por la frente, las manos, las rodillas y los pies. Julia sale al pasillo y reclama a una de las hermanas, a la que ruega que pase. Entra dicha hermana, la mira, y sale corriendo a llamar a otras. Acuden dos de ellas y la directora. Cuando ven a Amparo así, despidiendo además ese aroma sobrenatural que la acompañaba en estas ocasiones, no se les ocurrió otra cosa que sospechar que ¡ella misma, en un abrir y cerrar de ojos, se había causado tan hondas heridas! Juzgándolo todo de superchería, comienzan a registrarla en busca del «instrumento cortante» con el que suponen se abre las heridas, y que se lo imaginan escondido en algún bolsillo. Pero sólo hallan una pinza de la ropa, un pañuelo y un tubito de carmín, llegando a la conclusión absurda de que se habría herido con alguno de aquellos objetos. Sin embargo, de inmediato, comprueban confundidas que allí mismo, en breves instantes, le desaparece todo, recuperando su plena normalidad. Antes de marcharse, las visitantes piden las señas del hospital para visitar a la religiosa enferma y, como si nada hubiera sucedido, vuelven tranquilamente a casa.

Aunque fueron muchas las almas consagradas que, a lo largo de los años, han valorado las gracias recibidas en Prado Nuevo y apreciaron a Amparo, otras, como en el caso referido, en su libertad, observaron los hechos con incredulidad, indiferencia, o incluso se declararon enemigas.

Al día siguiente, Amparo fue a visitar a la religiosa hospitalizada, en compañía, esta vez, de su hijo Pedro. Encuentran a la enferma bastante grave, y a los pocos días, reciben la noticia de su muerte.

(Continuará)

 

(Revista Prado Nuevo nº 13. Historia de las Apariciones)

 

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