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La meditación de la Pasión de Cristo es poderosa

 

Mensaje del 23 de octubre de 1981

Tres palabras —Pasión, arrepentimiento y sufrimiento— tienen en el presente Mensaje que comentamos una evidente relación de parentesco espiritual, por su origen y por su eficacia redentora y salvífica, pues las tres brotan del eje central y medular del cristianismo que es la radiante Persona de Cristo.El Mensaje invita a todos a la meditación en estos reveladores contenidos, para que los creyentes encuentren la eficacia del camino certero que buscan.

 

«Llama a “Elohím”, hija mía, llama a “Elohím”, tu Padre Celestial, Rey del Universo, hija mía, para que te consuele, hija mía; ese mismo sufrimiento lo estoy pasando constantemente yo por la perversidad de todos los pecadores» (El Señor).

La palabra «Elohím»[1] hace alusión a uno de los nombres con que se designaba a Dios en el Antiguo Testamento; así es llamado durante el período patriarcal (a partir de la revelación a Moisés, en el libro del Éxodo (cap. 3), se le llama «Yahveh»). Aparece en los Evangelios; p. ej., san Marcos pone en labios de Jesús, cuando éste clama al Padre en el Calvario: «“Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?” –que quiere decir–, “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”»[2], y que pronunció recordando el Salmo 22 (21). Durante ese tiempo, su alma estaba oprimida por el peso de nuestros pecados que había cargado sobre sí, permitiendo el Padre que fuera sumergido en un abismo insondable de sufrimientos.

 

Meditar la Pasión

Por eso no es extraño, en el mensaje, que el mismo Señor proponga a Luz Amparo invocar a «Elohím» —«tu Padre Celestial», le dice—, para que la consuele, lo mismo que Él necesitaba consuelo durante la Crucifixión y horas antes en Getsemaní, y Dios Padre le hace experimentar ese terrible abandono. Así, se entienden las palabras del salmista, que se han aplicado siempre a la Víctima inocente, Jesucristo: «El oprobio me ha roto el corazón y desfallezco. Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no encuentro ninguno»[3].

«Que están ofendiendo constantemente a Dios; que mediten, que piensen lo que su Hijo pasó en la Cruz, cómo le coronaron de espinas, cómo le flagelaron, cómo derramó su última gota de sangre por todos vosotros».

La meditación de la Pasión del Señor es una característica principal en la espiritualidad de Prado Nuevo, desde que lo pidiera la Virgen por primera vez aquel «14 de junio de 1981». ¡Qué frutos tan hermosos se pueden cosechar de esta práctica tan cristiana! Los medios para realizarla son distintos: la lectura de la Pasión en los Evangelios o en libros piadosos, el Vía Crucis, el rezo de los misterios dolorosos del Rosario, etc. Los mismos mensajes contienen fragmentos de un gran valor y belleza en los que se narran, según lo contemplado por Luz Amparo, escenas de esos momentos de dolor.

Un autor clásico, el padreLuis de la Palma, S. J. (s. XVII), escribe en su conocida obra Historia de la Sagrada Pasión al hablar de los beneficios de este piadoso ejercicio:

«La meditación de la Pasión es buena para todas personas y para todos estados. Es poderosa para arrancar al hombre de la mala vida, y despertar a los que empiezan al dolor y aborrecimiento de sus pecados; es aliento para los que aprovechan, y un perfectísimo dechado de toda virtud; y es incentivo eficacísimo de amor (…). Todos los ejemplos de las virtudes de Cristo nuestro Señor, que están repartidos por su vida, resplandecen más altamente en su Pasión; todos los documentos de sus sermones, toda su doctrina y excelentísimos consejos están predicados en su Pasión; todo el fondo de los trabajos que uno puede padecer, y el extremo de las miserias a que puede llegar por seguir la justicia, está en la Pasión; todo desengaño y conocimiento de la verdad se halla en la Pasión; toda la ciencia y entendimiento y sabiduría celestial está en la Pasión»[4].

 


Dolor y arrepentimiento

Las siguientes líneas del mensaje detallan algunos anuncios proféticos y contienen misterios que sólo el tiempo desvelará:

«Que el Padre Eterno va a mandar su ira de un momento a otro; que se arrepientan (…). Que el Hijo de Dios bajará en una nube no tardándose (tardando) mucho y mandará a sus ángeles que sieguen la mies seca de la Tierra que no da fruto (…); que se den cuenta de que los mil años de la Bestia se han cumplido».

No olvidemos que el Cielo tiene una medida distinta a la nuestra para contar el tiempo, y lo que para nosotros parece inminente, no lo es para el Señor, para quien todo es presente. Por otra parte, el cumplimiento de las profecías está condicionado a la respuesta del hombre a Dios (véase el caso de Nínive narrado en la profecía de Jonás: una vez convertida la ciudad, con su rey a la cabeza, el castigo anunciado se retira [cf. Jon 3, 1-10]).

«Díselo a todos, que no quiero que se condenen, que mi Madre está sufriendo mucho por todos ellos. No puedo soportar que mi Madre sufra; está constantemente sufriendo, llorando».

Vienen a la mente las palabras del libro de las Lamentaciones, que se han aplicado de manera alegórica a la Virgen María: «Vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta» (Lm 1, 12). Misterio insondable es el padecimiento de los Corazones de Jesús y de María que, por el gran amor que los une, son como un solo corazón. Es la Virgen de los Dolores, nuestra Señora de las Angustias, la Madre del Redentor… firme al pie de la Cruz, inundada de dolor, pero con el alma fuerte. El amor inmenso de su Corazón Inmaculado sostuvo a María en esos instantes de suprema entrega y dolor; en Ella se hicieron realidad los versos del Cantar de los Cantares: «Es fuerte el amor como la muerte (…). Saetas de fuego, sus saetas, una llama de Yahveh (…).Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo» (Ct 8, 6-7). El amor, cuando es verdadero, va acompañado del sufrimiento, y María Santísima ama y sufre, a la vez; ve en su Hijo Inocente torturado todo un resumen de injusticias, y le duelen igualmente los pecados de los hombres, de nosotros, pecadores. Es menester, pues, que a la Cruz del Calvario acudamos todos; allí encontraremos a María, la Madre del Crucificado, el Salvador, que nos librará de nuestras culpas con su Sangre redentora.

(Continuará).

[1] Cf. Trad. Nácar-Colunga: Sal 50 (49), 7; 63 (62), 2; 67 (66), 7.

[2]Mc 15, 34; cf. Mt 27, 46.

[3]Sal 69 (68), 21.

[4] De la Palma, Luis, S. J.; o. c., Madrid, 1945, p. 12.

 

(Revista Prado Nuevo nº 14. Comentario a los mensajes) 

 

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