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Mirando al Crucificado

 

Al mirar al Hijo de Dios crucificado, la reflexión del creyente cristiano gira en torno a este gran sentimiento: quien pende en el madero, con el rostro sufriente y amoroso, es el mismo Dios infinito y eterno, Creador de todo cuanto existe, en cuyo cuerpo martirizado se refleja la tragedia inconmensurable de la Humanidad pecadora. Todos los males del hombre, tanto físicos como morales, están representados en el Crucificado, y todo el misterio del amor divino que los redime se hace vívido y palpable en esta suprema entrega sacrificada. Mirando a la Cruz se nos hace presente el misterio del mal que aflige a los hombres y el misterio del amor de Dios, que los redime desde el propio sufrimiento.

Mirando al Crucificado sentimos con estupor hasta qué punto llega la maldad de los hombres, pues ajusticiamos a Dios, la bondad absoluta, el pecado más atroz que la mente puede concebir: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,32 ). La maldad de los hombres es capaz de todo, hasta de matar a Dios; la necedad de los hombres es inconmensurable, hasta condenar la misma Justicia. Nadie debe extrañarse de la enormidad de los crímenes humanos. Se cometen las mayores atrocidades en nombre de la justicia, se causan males que claman al Cielo so pretexto de bien. En el asesinato del Crucificado, hemos asesinado al mismo Bien, a la misma Bondad, a la misma Justicia.

Mirando al Crucificado en el abismo insondable de su sufrimiento, vemos reflejada toda la tragedia del dolor y de la muerte causada en la Humanidad por los mismos hombres a lo largo de la Historia: los millones y millones de seres humanos que han sido víctimas de guerras absurdas, los millones de personas que han muerto en campos de concentración o en la crueldad de las cárceles, los millones y millones de niños no nacidos que cada día son sacrificados en la gran hipocresía de los abortos. El clamor de desesperación que innumerables víctimas del mal elevan al Cielo, está recogido en la mirada inmensamente afligida que el Crucificado eleva a su Padre Eterno: la Suprema Víctima clama por las víctimas.

Mirando al Crucificado en su tristeza dolorida, vemos encarnado el dolor físico de tantas y tantas enfermedades que padecen los hombres, víctimas de un incomprensible destino. En el rostro del Cristo de Dios, están reflejados los dolores de millones y millones de enfermos incurables que se consumen en su lecho de dolor, los que han visto segados sus sueños de vivir en felicidad por la terrible certeza del inminente morir, los niños inocentes o las personas buenas que no merecen sufrir ni morir prematuramente. Esta injusticia de la vida, que no puede comprender el pensamiento humano, se convierte en sacrificio expiatorio de las personas más buenas a través del sacrificio de Cristo, que es la Bondad Suprema.

Mirando al Crucificado coronado de espinas y humillado, vemos también lo que es capaz la soberbia humana, que en su prepotencia ha llegado a juzgar y condenar a la misma Justicia, exhibiendo al Santo de los santos al escarnio público. En el Hijo de Dios, escarnecido y humillado por la chusma, están representadas las infinitas injusticias que los poderosos de este mundo causan a los pobres y desvalidos, la fuerza maligna de las grandes mentiras que manipulan y engañan a millones de personas, el triunfo perverso de la soberbia pisoteando la verdad y el bien. En lugar de ser enaltecido, el Señor de cuanto existe, el Omnipotente, ha querido ser humillado como los humillados de este mundo (cf. Flp 2, 6-7).

Mirando al Crucificado en su clamor desolado al Padre —“¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46)—, vemos representados en Él todos los que sufren en el alma, cuyo dolor moral está por encima del dolor físico. En su clamor van canalizadas las voces de los que se sienten solos y desamparados, los que no comprenden el sentido del mal que padecen y están inmersos en la noche oscura del alma, los que lloran por los seres queridos que ya no existen, los que padecen angustia ante los problemas y dramas de la vida. En el madero del que cuelga el Hijo de Dios, están crucificados, no sólo su cuerpo, sino también su alma, y en su alma crucificada vemos también crucificadas innumerables almas.

Mirando al Crucificado, se ilumina el alma con la fe y la esperanza de que el Señor cargó sobre su Hijo todos los crímenes de la humanidad pecadora (cf. Is 53, 6). La Cruz es la luz de la esperanza que se eleva sobre la oscuridad del mundo. Porque “sólo un Dios puede salvarnos” (M. Heidegger). Sí, sólo el Bien infinito, que sufre como los hombres, puede superar el océano de dolor que inunda el mundo de los hombres; sólo la Bondad infinita, ajusticiada por los hombres, puede triunfar sobre la maldad inconmensurable que habita en los hombres; y sólo el Amor infinito, que se hizo hombre, puede perdonar la inmensidad del pecado cometido por los hombres. “Ave Crux, spes nostra”.

Mirando al Crucificado con su rostro de dulzura dolorida, vemos encarnadas en Él las Bienaventuranzas que proclama en su Evangelio y que los cristianos debemos realizar. Son los pobres quienes están representados en el Pobre crucificado; son los pacientes quienes están en el Paciente que “no profirió amenazas” (1 P 2, 23); son los que lloran por las adversidades de la vida los que están en el supremo Sufriente; son los misericordiosos los que están en el Misericordioso por excelencia (cf. Lc 23, 43); son los limpios de corazón, los hambrientos de justicia, los pacíficos, lo perseguidos injustamente los que están representados en la Inocencia crucificada, en el supremo Pacificador, en el gran Mártir.

Pintado por Raúl Berzosa

Mirando al Crucificado con todos sus sufrimientos, sentimos a Dios solidario de la pobre condición humana, ya que Él ha querido sufrir con nosotros y como nosotros, morir con nosotros y como nosotros. Dios no está lejos de los hombres en su ser infinitamente distante, sino que toma carne humana para sufrir en su carne; no está por encima de las tragedias de los hombres viéndolas en espectáculo, sino que participa de ellas hasta el supremo sacrificio de una crudelísima muerte; y no es insensible a los sufrimientos de los hombres, sino que ha querido estar hermanado con nosotros, pues “siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer” (Hb 5, 8). ¿Por qué decimos que Dios está ausente en nuestro sufrimiento?…

Mirando al Crucificado, se entiende que el destino del cristiano, a semejanza de su Redentor, es morir para resucitar, es morir al hombre viejo del pecado para transformarse en una vida nueva en santidad (cf. Rm 6, 11). Viéndole a Él en la Cruz, comprendemos que el sufrimiento no es el mal absurdo del que hay que liberarnos, sino que tiene un alto sentido redentor; comprendemos que, dada la naturaleza viciada del hombre, es preciso morir a nuestros egoísmos y pecados para que reine en nosotros la vida divina de la gracia; y comprendemos que “si el grano de trigo no muere, no lleva fruto” (Jn 12, 24). El sufrimiento aceptado y la negación de sí mismo es el único camino hacia la verdadera vida.

Mirando al Crucificado, aprendemos la sabiduría de la Cruz, “escándalo para los judíos y necedad para los griegos, pero para los llamados, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co 1, 22). Dios nos lleva al conocimiento de la verdad que nos salva, no a través de grandes filosofías fabricadas por el orgullo de la razón, sino a través de la luz de la fe, a la que sólo accede el humilde; nos muestra el camino de nuestra realización personal, no a través de la satisfacción egoísta de nuestros deseos, sino a través de la renuncia de nuestros intereses; y nos conduce a la comunidad fraterna, no por la reivindicación de nuestros derechos, sino por los caminos pacientes del amor. La razón desprecia la Cruz, pero la fe la abraza con humildad.

Mirando al Crucificado, al Hijo de Dios que se entrega y muere por los hombres, comprendemos lo que es el verdadero amor y nos sentimos impulsados a realizarlo en nuestra vida. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn 15, 13). Dios ama infinitamente a los hombres y la Cruz es la mayor manifestación de este amor. Y en este Amor Crucificado están representados todos los amores puros y sublimes en la vida de los hombres y que no aparecen en las noticias mundanas: el amor de entrega total de las madres por sus hijos, el amor de los que desgastan sus vidas en el cuidado de los más pobres y de los que sufren, el amor orante de los que se consagran al Amor por la salvación del mundo.

Mirando al Crucificado en nuestros momentos de dolor y angustia, encontramos la respuesta al misterio del dolor y del mal que atormenta con sus interrogantes la mente humana: con su muerte en la Cruz, el Hijo de Dios da sentido a lo que no tiene ningún sentido razonable. Dios, que es la Verdad, ha muerto en la Cruz para que crucifiquemos los criterios de nuestra pobre razón y nos abramos a la luz de la fe; Dios, que es el Señor, ha hecho de la impotencia y el dolor el camino hacia la superación del mal; y Dios, que es el Amor, ha querido inmolarse asumiendo el sufrimiento humano para dar el más alto sentido a esa inmolación. En la Cruz, el mal se convierte en bien y el dolor se convierte en amor.

Mirando al Crucificado, en fin, comprendemos que el misterio del hombre, sus deseos radicales de vida y de felicidad que no se cumplen en la tierra, hemos de enmarcarlos en el Misterio Pascual de Cristo, cuya muerte en cruz es el necesario tránsito hacia la vida resucitada. El Dios que muere en la Cruz nos dice que el dolor y la muerte no tienen la última palabra, sino que son el camino necesario para una vida eterna en la felicidad plena; nos está indicando que el sentido último de las cosas, de los sufrimientos  y de las terribles tragedias que ensombrecen la vida de los hombres no se acaban con la bajada del telón de la muerte, sino que hay otra Patria, la definitiva, en la que “ya no hay muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, porque el primer mundo ha desaparecido” (Ap 21, 49).

Mirando al Crucificado se ilumina la fe, la esperanza y el amor del cristiano, pues la Cruz es nuestro signo, la que preside todos nuestros actos, toda nuestra vida: “Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, sabréis que yo soy” (Jn 8, 28). Con la señal de la Cruz iniciamos y terminamos nuestras oraciones los cristianos; llevando sobre nuestro pecho la santa Cruz nos sentimos protegidos de las adversidades; haciendo el signo de la Cruz se imparten nuestras bendiciones; la Cruz es la que preside nuestros templos y signo de la esperanza cristiana en la paz de los cementerios. En medio de las oscuridades del mundo, se eleva la Cruz de Cristo como signo de fe, de esperanza y de amor para los hombres.

(I. Riera, Madre y Maestra)

(Revista Prado Nuevo nº 16) 

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