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Hna. Lourdes Laso

 

Nuestra empresa es el Amor

 

Antes de conocer Prado Nuevo, era una persona que no practicaba la religión. Es cierto que había conocido a Dios de pequeña, fundamentalmente por mi madre, ya que era católica y  practicante, y muy buena; pero eso no fue suficiente para que no me perdiera en el mundo.

 

Éramos una familia de clase media,  nueve hermanos y mis padres, aparte de algunas personas que ayudaban a mi madre en las tareas de la casa, y que también vivían con nosotros. No fuimos educados en los caprichos, pero al hacernos mayores y por diferentes circunstancias, sobre todo por un familiar muy allegado, me vi rodeada de todos esos caprichos que mis padres no me habían consentido y a los que me sentí inclinada sin ningún problema. Tuve la posibilidad de comprar la mejor ropa, viajar y hospedarme en los mejores hoteles del mundo, y no paraba ni un momento en casa. Fiestas, chicos, alcohol, baile… conformaban mi vida. Ante todo el mundo era feliz; sin embargo, lejos de sentirme llena y dichosa, cada día que pasaba, en lo más profundo de mí, había una gran tristeza y vacío. Con el paso del tiempo, fui perdiendo toda noción de Dios.

 

Vivía en un inmenso vacío

Atendiendo en una de las residencias.

Me enamoré mucho de un chico mayor que yo, que pertenecía a una familia acomodada. Estaba estudiando en un colegio mayor, tenía muchos amigos y conocidos, todos ateos y alejados de Dios. Una tarde, estaba con él y algunos de estos amigos, y me extrañó que fumaran unos cigarrillos muy baratos. Al decírselo, me comentó que él y sus amigos estaban haciéndolo por «sacrificio»: llevaban un tiempo ahorrando dinero para poder ayudar a la novia de uno de ellos, que se había quedado embarazada y tenía que ir a abortar a Londres. «Aunque tampoco tenemos mucha prisa», añadió, comentando que eran partidarios del aborto, aunque fuera en el octavo mes.

Aquello me revolvió por dentro y me alejé de ellos… Con el paso de los años, me he planteado, al ver la vida que llevan ahora y los lugares que ocupan en nuestra sociedad — son personas conocidas—, qué tipo de principios morales promulgarán y qué leyes van a defender, si las ideas en las que se basan están tan lejos de Dios y de la vida. Aunque, por supuesto, ya nada me une a ellos, no es menos cierto que rezo y pido a Dios por todos.

En aquellos años, estaba atrapada en la vorágine de un infierno; el mundo dominado por el enemigo me rodeaba. Tuve otros amigos y continué en ese desorden de vida, que no me llevó —también es verdad— a probar la droga por miedo a no poder salir de ella y, sin duda alguna, por una protección muy especial de la Virgen, pues mi carácter era tendente a todo tipo de vicios.

 

Y oigo hablar de Prado Nuevo por primera vez

Una bendita tarde de primavera, estaba con mi madre charlando en el salón de casa (algo que hacía habitualmente, aunque debo decir que tampoco le contaba todo, porque ella era muy religiosa y no me interesaba que supiera el desorden de vida que tenía), llamó a la puerta un familiar nuestro. Casi nada más llegar, le dijo a mi madre: «¿Sabes que en El Escorial se aparece la Virgen a una señora que es asistenta?». Y al momento —no sé por qué—, dije: «Yo quiero ir…». Pero todo quedó ahí. Pasaron semanas, y el 14 de septiembre del año 1982, la víspera de la festividad de la Virgen de los Dolores, este familiar se acordó de lo que había anunciado y vino a buscarnos. Yo tenía 25 años. Aquel día, por la tarde, hubo una vigilia en Prado Nuevo. Nada más pisar este lugar, creí y pensé: «Qué sitio más bonito y qué paz hay». Estoy segura de que aquella tarde recibí muchas gracias.

Pasó el tiempo, y volví a Prado Nuevo. Mis amigos no querían ni oír hablar de apariciones, pero yo sentía algo muy grande, que me empujaba a este lugar cada vez que tenía oportunidad.

Después, conocí a Amparo personalmente, comencé a tener más trato con ella, y un buen día me dijo: «¿Tú te confiesas poco, verdad?». Me lo transmitió con tanta dulzura y con una humildad tan grande que me conquistó. Hacía más de 14 años que no me confesaba y ¡ella lo sabía!… Y siguió hablándome: «En Madrid hay un sacerdote, el padre Alfonso, que es un bendito de Dios». Me dijo dónde estaba, aunque no supo darme su dirección exacta, y me di cuenta por detalles que vivía muy cerca de mi casa. Así que fui parroquia por parroquia preguntando por un padre carmelita que se llamaba Alfonso. Por fin, llegué a la iglesia. Las monjas que me atendieron, explicaron que estaba fuera por el fallecimiento de un familiar; pero que, si quería, podía confesar con otro. Les dije que no, que era con él con quien quería confesar, y tanto me insistieron para que no lo dejara, que una de las monjas me hizo asegurarle que el lunes siguiente estaría allí con el padre Alfonso. Así fue; el día acordado, esta hermana me recibió radiante de alegría y me llevó hasta el sacerdote.

Hermanas Reparadoras rezando en Prado Nuevo.

Empecé a sentirme muy contenta

Cuando terminé de confesar, el padre Alfonso María emocionado, me dijo: «Alma de Dios, hoy hay una gran fiesta en el Cielo». El caso es que yo empecé a sentirme muy contenta y hasta mi madre me lo notó al llegar a casa, pero no le dije nada, porque me daba vergüenza que supiera lo de mi confesión.

Seguí acercándome a Prado Nuevo cuando podía; no me interesaba ya el chico con el que estaba saliendo, ni bailar, ni salir con los amigos, ni llamarles por teléfono… A día de hoy, no sé cómo, pero no volví a saber nada de ellos. Ahora, creo que fue una gracia de Dios para dejar el pecado. El Señor y la Virgen me quitaron el mundo y me obsequiaron con un gran amor a Ellos, un ardiente amor a Dios, que no se parece en nada al enamoramiento de los chicos con los que había salido; era como si el corazón se saliera del cuerpo… No se puede describir con palabras.

Los fines de semana los pasábamos juntos con Amparo. Con frecuencia, salíamos con ella para hacer apostolado por los pueblos. Otras veces, nos reuníamos a contar historias pasadas, y ella misma nos relataba vivencias de su infancia; y entre cantos, risas y chistes nos hablaba del Señor, de la Virgen, del Evangelio, del amor a la Iglesia. Siempre me llamó la atención que no hablara de los estigmas que padecía, de su sufrimiento, de sus cruces de cada día.

 

Y Luz Amparo nos enseñó todo

Cuando se inauguró la primera casa de amor y misericordia, en el año 1988, tal y como pedía la Virgen, entré con otras dos jóvenes. Aunque me veía incapaz, no tenía ni idea de cuidar a nadie, pero le dije a Amparo que contara conmigo. No teníamos ni idea de muchas cosas, ni siquiera de hacer la comida, y Amparo nos enseñó.

Acompañando al Santísimo junto con algunos de los ancianos y hermanas.

Nos sucedían muchas cosas. Un día por la tarde, no teníamos pan; se nos había olvidado comprarlo, y nos faltaba para la cena. Fuimos a la bolsa donde lo guardábamos, a ver si encontrábamos algo, y apareció una barra que ¡ninguna habíamos comprado! Al poco, llegó Amparo y nos dijo: «¡Se os olvida todo!, tenéis al ángel loco…». Siempre que podía, estaba con nosotras enseñándonos a cuidar a sus «hijos mayores»; así llamaba ella a los ancianos. Nos decía que los tuviéramos calientes en invierno, que los sacásemos a la terraza en verano, que la comida estuviera sabrosa para ellos; pero sobre todo nos enseñaba a quererles mucho, a sonreírles, a escucharles, a entregarnos a ellos… Siempre señalaba que nuestra empresa era la del amor, y que «la caridad borra todas las culpas».

Nos hablaba mucho de la humildad para conseguir el Cielo: «Hay que ser como la escoba, que presta un servicio muy bueno y luego se la arrincona en cualquier sitio».

En este tiempo, he sido testigo de muchos hechos alrededor de nuestra Fundadora. La he visto en varias ocasiones estigmatizada, cómo se multiplicaban los alimentos cuando ella estaba, cómo era capaz de coger las enfermedades de otros… Nos enseñaba amar a los sacerdotes, a respetarlos, pues ellos se ocupan de la salud de las almas como el médico de la salud del cuerpo; en fin, tantas anécdotas que llenarían muchos libros…

A veces, me pregunto qué hubiera sido de mí sin el «sí» de Amparo, sin Prado Nuevo, este lugar escogido por la Virgen para reavivar la fe. Ella falleció el 17 de agosto de 2012; fue un duro golpe para nosotros, aunque la idea que haya dejado de sufrir alguien que tanto quieres, compensa un poco no estar con ella. Sabemos que desde el Cielo nos cuida y nos protege, y nos sigue guiando en esta obra de la Iglesia, en esta obra de Dios.

Hna. Lourdes Laso

 

(Revista Prado Nuevo nº 15. Testimonios)

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