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V Domingo de Cuaresma (A)

 

EVANGELIO (forma larga)

Yo soy la resurrección y la vida (cf. Jn 11, 1-45)

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo:

«Señor, el que Tú amas está enfermo».

Jesús, al oírlo, dijo:

«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.

Solo entonces dijo a sus discípulos:

«Vamos otra vez a Judea».

Los discípulos le replicaron:

«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?».

Jesús contestó:

«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».

Dicho esto, añadió:

«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo».

Entonces le dijeron sus discípulos:

«Señor, si duerme, se salvará».

Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.

Entonces Jesús les replicó claramente:

«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro».

Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:

«Vamos también nosotros y muramos con Él».

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.

Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:

«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

Jesús le dijo:

«Tu hermano resucitará».

Marta respondió:

«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».

Jesús le dijo:

«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

Ella le contestó:

«Sí, Señor: yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:

«El Maestro está ahí y te llama».

Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba Él, porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:

«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».

Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:

«¿Dónde lo habéis enterrado?».

Le contestaron:

«Señor, ven a verlo».

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:

«¡Cómo lo quería!».

Pero algunos dijeron:

«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».

Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:

«Quitad la losa».

Marta, la hermana del muerto, le dijo:

«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».

Jesús le replicó:

«No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios ?».

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:

«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».

Y dicho esto, gritó con voz potente:

«Lázaro, sal afuera».

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:

«Desatadlo y dejadlo andar».

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él.

Palabra del Señor.

 

LECTURA ESPIRITUAL Y HOMILÍA

La resurrección de Lázaro

 

I – PRESUPUESTOS

El por qué de los milagros

Cuando Dios concede a un taumaturgo la facultad de obrar milagros —explica santo Tomás— tiene como objetivo “confirmar la verdad que enseña[1]. El motivo principal se encuentra en la fe, pues la razón humana no tiene suficiente altura para seguir los horizontes de esa virtud; por eso muchas veces es necesario que las afirmaciones de carácter sobrenatural sean confirmadas por el poder de Dios. Esos actos que exceden las fuerzas de la naturaleza propician una crecida facilidad de creer en la procedencia divina de todo cuanto se transmite con respecto a Dios.

Además, a través de los milagros se hace patente la presencia de Dios en el taumaturgo.

Ahora bien, era indispensable dejar claro a los ojos de todos que la doctrina proclamada por Jesús procedía de Dios mismo y, mucho más aún, proporcionar buenas pruebas a cada uno para creer en la unión hipostática de las dos naturalezas, divina y humana, en una sola Persona. Justamente en vista de esa luminosa, magna y fundamental actitud se proyecta la narración del Evangelio de hoy.

Prueba de la divinidad de Jesús

San Juan escribió sus veintiún capítulos con la preocupación de dejar demostrados con hechos tanto el origen divino de la doctrina de Jesús como la omnipotencia de su persona. Y según nos dice santo Tomás, los milagros obrados por el Redentor son la prueba de su divinidad:

Primero, por la calidad de las obras, que superaban todo el alcance del poder creado y, en consecuencia, no podían ser hechas más que por el poder divino. Y por esta causa el ciego curado decía, en Jn 9, 32-33: ‘Jamás se ha oído que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada’.

Segundo, por el modo de hacer los milagros, puesto que los realizaba como con poder propio, y no orando, como los otros[2].

Además de encontrar elevados aspectos sobrenaturales mediante los cuales conocer mejor al Salvador en sus dos naturalezas, y así poder amarlo más, en esta narración de san Juan se confirma su inspiración literaria. Es hermosa, atractiva, conmovedora, constituyéndose única en su género. Consagra históricamente los preciosos detalles del más importante milagro de Jesús, que le confirió una gran gloria —haciendo que creyera un buen número de judíos— y, al mismo tiempo, produjo el máximo grado de odio en sus enemigos, al punto de apresarlo en sus intentos deicidas. Este episodio tan impregnado de pulcritud divina y humana será la causa inmediata de la furia del Sanedrín y su consiguiente determinación de matar a Jesús.

La pluma del Evangelista recorre el pergamino confirmando en cada versículo el agudo sentido de observación del escritor, y haciendo patente que él mismo había sido un eximio y fidedigno testigo ocular de todo lo sucedido. ¿Quién podría componer o imaginar los minuciosos pormenores de veracidad transparente, como por ejemplo las palabras, la emoción y las propias lágrimas del Hijo de Dios hecho hombre, que fluyen ligeras en el escrito del Autor Sagrado? Su escrupulosa fidelidad en la transmisión de la realidad puede dividirse en tres partes distintas: el regreso de Jesús a Betania, el encuentro y la conversación con Marta y María, y la resurrección de Lázaro.

 

II – ANÁLISIS DEL EVANGELIO

El regreso de Jesús a Betania (vv. 1-16)

Para dejar bien en claro quién era el enfermo en cuestión, san Juan lo presenta como el hermano de Marta y María. Resalta la figura de esta última por tratarse de una persona muy conocida y comentada en todo Israel debido a su impresionante conversión y su bellísimo acto de arrepentimiento en casa de Simón, el fariseo[3]. Es interesante notar el acierto del nombre “Lázaro”, que significa “ayudado” o “Dios socorrió”.

Hacía mucho que Jesús predicaba en la región de Perea, a una jornada de distancia de Betania. Con enorme solicitud y cariño por Lázaro, tal como suelen ser las hermanas de buena índole, Marta y María envían un mensajero para avisarle del estado de salud del hermano.

La actitud de ambas refleja un profundo espíritu de fe en la omnipotencia del Salvador, y al mismo tiempo una noble y fraternal dedicación. Tanto más cuando el mensaje no era sólo informativo, sino que, con enorme educación, contenía una súplica. La fórmula empleada no tiene nada que ver con la lógica argumentación del centurión romano para obtener la curación de su siervo; en su esencia, se aproxima más a la actitud de la Virgen María en las bodas de Caná: “Señor, el que tú amas está enfermo” (v. 3). Según san Agustín, esta simple frase contiene una profunda verdad de fe: Dios jamás abandona al que ama. Ellas no imploran ni piden explícitamente la cura, ya sea para obrarla de cerca o de lejos; era suficiente con que el Señor conociera el estado de su amado para, por un simple deseo suyo, hacer efectivo el milagro.

Y realmente habría sido así, si Jesús no hubiera querido aprovechar el pretexto de la muerte de su amigo “para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios” (v. 4), según lo afirma Él mismo.

Gran perplejidad deben haber tenido ambas al recibir la respuesta del Señor, dos días después del fallecimiento de Lázaro: “Esta enfermedad no es para muerte…” (v. 4). Mayor aflicción todavía se debió al hecho que Jesús no se haya movido para encontrarse con el amigo ni con sus hermanas.

Esa es precisamente la prueba que atraviesan las almas afligidas que imploran la intervención de Dios y creen no ser atendidas, debido a la demora o a una aparente inercia del Cielo. ¡Qué benéfico resulta este pasaje para convencer nos dé jamás perder la fe en la omnipotencia de la oración perfecta! Cuando Dios tarda en intervenir, lo hace por razones más altas y porque ciertamente nos dará con profusión. Ahí tenemos el procedimiento de Jesús con los que ama: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” (v. 5). El gran amor de Jesús hacia aquella familia volvía más incomprensible aún esa como indiferencia, pues, “aunque oyó que estaba enfermo, se detuvo aún dos días en el lugar donde se hallaba” (v. 6).

¡Qué gran vuelo de espíritu era necesario para seguir al Divino Maestro frente a sus incomprensibles actitudes! Ninguno de los dos lados lograba advertir el alcance de la meta política del Salvador. Las hermanas tendrían deshechas sus esperanzas, siguiendo desde fuera del sepulcro la lenta pero progresiva descomposición del cuerpo de su hermano. Los apóstoles, a su vez, no podían entender por qué Nuestro Señor iba a Judea. Ya había curado a distancia a tantos necesitados, ¿cuál era la razón para ingresar a una tierra donde se lo perseguía a muerte? ¿Sólo a causa de un enfermo? “Rabí, hace poco querían apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?” (v. 8), decían ellos. ¿No era mejor obrar el milagro a la distancia?

La perspectiva psicosocial en la que los discípulos procuraban dibujar la figura del Mesías era esencialmente distinta a la realidad que se desarrollaba a ojos de todos. En ellos había una constante de espíritu humano, de querer reducir las acciones de Dios a las proporciones de nuestra mentalidad e incluso de nuestros deseos, sentimientos y emociones. Pero los principios por los que Dios siempre se mueve son infinitamente superiores a los que atañen a las meras criaturas; por eso, nada mejor que abandonarnos a los designios y al beneplácito de su voluntad, nunc et semper.

Según nuestros criterios, tal vez fuera mejor que Jesús expusiera su plan con toda claridad a los apóstoles, para que así regresaran a Judea con mayor confianza, paz y decisión. Por el contrario, Jesús les responde con una parábola: durante las doce horas del día se puede caminar sin tropiezo, muy al contrario de las otras doce de la noche. Se trataba de una afirmación obvia, pero guardando un significado más profundo en las entrelíneas, es decir, no había llegado todavía el momento de su Pasión, por lo tanto no cabía temer ningún mal. Así, de forma didáctica y suave, iba instruyendo a los apóstoles sobre los pasos que debían darse, ejercitándolos en la plena confianza que debían dedicar a su Divino Maestro.

Sin embargo, al añadir: “Lázaro, nuestro amigo, duerme pero voy a despertarle” (v. 11), dio de nuevo esperanzas a los apóstoles sobre lo innecesario de retornar a Judea, ya que según la fuerte experiencia de esa época, recuperar el sueño a lo largo de una enfermedad grave era indicio de buena convalecencia; y por eso exclamaron: “Señor, si duerme, sanará” (v. 12).

Frente a tal situación era indispensable hablarles con claridad, revelándoles la muerte de Lázaro. Este particular sería suficiente para creer mejor en las propuestas de Jesús, porque hasta ese momento nadie ahí sabía del fallecimiento de Lázaro, que Él les comunica con toda seguridad. Y además, aprovecha de estimular la confianza de los apóstoles, manifestando su alegría por el hecho de que no hubieran estado en Betania durante la enfermedad de Lázaro, pues en tal caso Jesús se vería obligado a curarlo antes de su muerte, disminuyendo con eso la grandeza del milagro de la resurrección que iba a realizar.

En la narración puede verse cómo los propios apóstoles estaban siendo formados en la fe, paso a paso, a través de los milagros, tal como el Señor mismo lo dice: “para que creáis” (v. 15). Jesús sellaría el término de su vida pública —los últimos momentos de las doce horas del día— con el más portentoso milagro. La había empezado con la transformación del agua en el mejor de los vinos, en Caná, y ahora, antes del anochecer, traería de vuelta a la vida a un muerto en franca descomposición. En aquel instante, el más débil —santo Tomás— lanza el gemido que estaba en el fondo del alma de todos: “Vayamos también nosotros para morir con él” (v. 16). El Espíritu Santo todavía no los había confirmado en la vocación, y el instinto de conservación lidiaba con las virtudes al interior de cada uno.

El encuentro con Marta y María (vv. 17-37)

Betania, según el propio relato (v. 18), estaba a menos de 3 km. de distancia de Jerusalén. Jesús había utilizado con frecuencia esa propiedad, perteneciente a la familia de Lázaro, casi todas las veces que debía ir a Jerusalén, no tan sólo por su cercanía sino incluso por su comodidad. Por esa misma razón se encontraban ahí muchos judíos (v. 19). Se guardaba luto a lo largo de siete días, reservándose los tres primeros para el llanto y los cuatro siguientes para recibir las visitas de pésame. La costumbre rabínica era estricta y rigurosa, considerando incluso el ayuno (1 Sm 31, 13) en medio de las lágrimas (Gn 50, 10). En esencia, al volver del entierro —que debía hacerse el mismo día del fallecimiento— el ritual ordenaba cubrirse la cabeza y sentarse en el piso con los pies descalzos. Las visitas no decían palabra; sólo los parientes de los fallecidos podían tomar esta iniciativa. En tales circunstancias, la convivencia era silenciosa.

Así permaneció María, sin tener idea de la llegada de Jesús a la aldea, mientras Marta fue a su encuentro (v. 20) para informarle todo lo ocurrido. Una vez más los hechos nos revelan las características de cada hermana. Marta es más dada a la administración, a las relaciones sociales, etc., y María, al fervor amoroso. Por eso Marta no le avisa a su hermana, pues sería imposible retenerla con las visitas mientras se desarrollara su diálogo con el Maestro, diálogo que, dicho sea de paso, no podía haber transcurrido con más ternura y delicadeza. No hay el menor asomo de queja cuando Marta afirma: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (v. 21); por el contrario, se trata de la manifestación de un pesaroso sentimiento hecho de confianza en el poder de Jesús.

María, a su vez, repetirá exactamente la misma frase (v. 32), permitiéndonos reparar en el tono de las conversaciones mantenidas entre ambas los últimos días.

No obstante, la fe de una y otra no había llegado a su plenitud todavía, pues no podían imaginarse el gran milagro que obraría Jesús. Marta no tiene noción del poder absoluto del Señor, y por eso condiciona las acciones del Divino Maestro a los pedidos hechos a Dios (v. 22): “cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá”.

Marta declara su firme creencia en la resurrección final, ocasión en que espera volver a ver a su hermano en cuerpo y alma (v. 24), sin imaginar jamás la posibilidad de volver a encontrarlo ese mismo día. Jesús, el Divino Pedagogo, ve llegar el momento de proferir una de las más bellas afirmaciones del Evangelio. En otros trechos revelará: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6); “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12); o “Yo soy el pan de vida” (Jn 6, 35). Pe ro ninguna afirmación alcanza la altura teológica de ésta: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre” (vv. 25-26). Y con un cuidado paternal conmovedor, le pregunta a Marta: “¿Crees esto?”, para moverla a un acto explícito de fe y hacer crecer sus méritos.

Habiendo dado el diálogo sus mejores frutos, era necesario consolar a la otra hermana. Marta le avisa “al oído” (v. 28) que el Maestro había llegado. Conforme a su temperamento arrojado, salió a toda prisa para encontrarlo. Su gesto llevó a todos los visitantes a imitarla; pensando que iba a llorar junto a la tumba, la siguieron (v. 29-31).

Especialmente digna de nota es la escena de su encuentro con Jesús. Marta era más controlada en sus emociones, determinada en sus objetivos y, por ende, capaz de poner en palabras todos sus sentimientos. María, bien distinta a su hermana, tiene arrobamientos de fervor sensible por el Maestro, su amor no conoce fronteras ni permite freno a sus manifestaciones; su alma realmente seráfica la lleva a lanzarse a los pies de Jesús, y lo máximo que logra expresar es su dolor, en breves términos. El resto fue llorar, sollozar, y con tanta sinceridad que todos se conmovieron, acompañándola en el llanto (vv. 32-33).

María era tan carismática en su fe, en el ardor de sus deseos y en la comunicación de su cariño hacia Jesús, que Él mismo “se estremeció en su espíritu y se emocionó profundamente” (v. 33). Bien lo decía Lacordaire: “L’intelligence ne fait que parler; c’est l’amour qui chante![4]. Nuestras palabras pueden convencer, pero nuestro amor incluso podrá conmover al Sagrado Corazón de Jesús. Cuán humano, sin dejar de ser divino, se muestra en esta ocasión, sobre todo al derramar sus preciosísimas lágrimas, santificando así las lágrimas brotadas de todos los corazones sufrientes por amor a Dios, o arrepentidos de sus faltas.

Esa era la mayor prueba de amor mostrada por el Salvador hasta entonces con relación a su amigo Lázaro. Siempre “signo de contradicción[5] (5), los campos se dividen a la vista de sus lágrimas. Algunos se llenan de admiración, otros le reprochan haber dejado morir a Lázaro. Hipocresía pura, según autores clásicos, puesto que juzgan a Jesús aun antes de cualquier acción suya. Es el efecto de una antipatía preconcebida, radicada tal vez en el vicio de la envidia (vv. 36-37).

La resurrección de Lázaro (vv. 38-45)

A diferencia de otras tumbas excavadas en roca, la de Lázaro no estaba en sentido horizontal, sino en el piso y verticalmente. Para llegar al lugar donde habían depositado el cuerpo de Lázaro se debía bajar un buen número de peldaños. Alrededor del sepulcro todos se mantenían en una fuerte expectación, pues los antecedentes auguraban un portentoso acontecimiento.

Con magna autoridad, Jesús ordena para espanto de los circundantes: “Quitad la piedra”. Marta, siempre sensata, no resiste hacer el reparo que el cadáver estaría en descomposición luego de cuatro días. “Señor, ya huele mal…” (v. 39). Magistral la respuesta de Jesús: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” (v. 40).

Bellísima la oración de Nuestro Señor con la sepultura abierta y el hedor hiriendo las narices de los presentes; la atención no podría ser más intensa. No reza por necesidad, sino “por la gente que me rodea, para que crean que tú me enviaste” (vv. 41-42).

Con un simple deseo suyo la lápida habría vuelto a la nada y Lázaro surgiría en la puerta del sepulcro, rejuvenecido, limpísimo y perfumado. Sin embargo, convenía que todos los ojos comprobaran el poder de sus órdenes: “gritó con voz potente: «¡Lázaro, sal fuera!»” (v.43).

Se obran dos portentosos milagros, no sólo la resurrección. Lázaro estaba atado de pies a cabeza, impedido de caminar; no obstante, subió la escalera que daba acceso a la entrada del sepulcro, incluso llevando un sudario en el rostro. Imaginemos la impresionante escena de un fallecido subiendo peldaño a peldaño, sin libertad de movimientos y sin mirar, pero ya respirando con visibles señales de vida.

Desatadlo y dejadle ir” (v. 44) es el último mandato del Divino Taumaturgo.

Nada más relata el evangelista, ninguna palabra sobre Lázaro o las manifestaciones de alegría de sus hermanas; solamente la conversión de “muchos de los judíos que habían ido a visitar a María” (v. 45).

La Liturgia de hoy deja sin mencionar la traición de algunos que, ciertamente indignados, “fueron a los fariseos” (v. 46), llevando a que el Sanedrín decretara su muerte (v. 53), materia que será considerada con profundidad a lo largo de la Semana Santa.

 

III – CONCLUSIÓN: UNA INVITACIÓN A LA CONFIANZA

Ahí tenemos el poder de Cristo manifestado en todo su esplendor para alimentar nuestra fe. Esta Liturgia nos invita a una confianza mayor que la del centurión romano; o sea, es preciso creer en Jesús con ardor mariano. Si la Santísima Virgen estuviera al lado de las hermanas, ciertamente —además de aconsejarles esperar en paz de alma la llegada de su Divino Hijo— les recomendaría a ambas que buscaran hacer “todo lo que él os diga” (Jn 2, 5). Por más grandes que sean los dramas o las angustias en nuestra existencia, sigamos el ejemplo y la orientación de María, creyendo en la omnipotencia de Jesús, imbuidos de las palabras de san Pablo: “Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios, de los que han sido llamados según su designio” (Rom 8, 28). (Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P. [Coment. al Evangelio del V Dom. Cuaresma], cf. salvadmereina.org).

 

Homilía en COPE

V Domingo de Cuaresma (A)

(Jorge López T., 21-3-99)

Según el sentir de la casi totalidad de comentaristas y teólogos, la resurrección de Lázaro fue el mayor de los milagros hechos por Jesús. Ningún otro milagro ha sido narrado de modo tan completo y con la belleza y frescura incomparables que acabamos de escuchar. En particular, los personajes están admirablemente dibujados: Jesús, que se nos presenta tan divino, tan humano y tan amante; el apóstol Tomás, con sus palabras sombrías, pero esforzadas; Marta y María, con los finísimos matices de sus distintos temperamentos; los judíos, muchos de los cuales no se estremecieron ni ante las lágrimas del Salvador ni de la mayor parte de los asistentes. Lázaro es el único que queda en la oscuridad.

La cronología es el único dato que Juan no precisa en su narración. Pero la escena debió ocurrir entre la fiesta de la Dedicación y la última Pascua de Jesús, en los días finales de febrero o los primeros de marzo del año 30. En todo caso, fue no muchas semanas antes de la muerte de Cristo.

La resurrección de Lázaro es el último signo de Jesús antes de su Pasión; y se convierte también en el motivo inmediato de su arresto. El que va al encuentro de la muerte —afirma Hans Urs von Balthasar— quiere antes ver la muerte cara a cara. Y Martín Descalzo[6] afirma que del hecho de que Marta y María supieran más o menos dónde estaba Jesús, deducimos de nuevo el alto grado de intimidad que Él mantenía con aquella casa; de las palabras que dice el mensajero deducimos la confianza que en Jesús tenían ellas. Ni siquiera le dicen que venga; se limitan a decirle que su hermano se ha agravado, seguras de que Jesús lo dejará todo para correr hasta Betania. Su frase nos recuerda aquel “no tienen vino” de la Virgen en Caná. Ni ellas ni María pedían; no era necesario. Señalan femeninamente el problema y dejan a Jesús el resto.

La decepción debió ser, en cambio, cruel para las dos hermanas cuando llegó el mensajero. La respuesta que les traía —esta enfermedad no es de muerte— tuvo que sonarles ferozmente sarcástica cuando su hermano ya estaba muerto…

Sin embargo, al llegar Jesús a Betania todo se precipita: primero viene la orden de quitar la piedra (a pesar de la objeción de Marta); después, la oración dirigida al Padre; y, finalmente, la orden: ¡Lázaro, sal fuera! La voz de Jesús se elevó en un grito firme. Era una orden, la más dramática que ha dado jamás hombre alguno sobre la tierra. Lo que sucedió junto al sepulcro de Lázaro iba a convertirse en el último anuncio pascual. Él fue para sacar afuera al muerto del sepulcro y preguntó: “¿Dónde lo habéis puesto?”. Y aparecieron las lágrimas en los ojos de Nuestro Señor; sus lágrimas fueron como la lluvia, y Lázaro como el grano, y el sepulcro como la tierra. Él gritó con voz potente y la muerte tembló ante su voz; Lázaro se irguió como el grano, salió afuera y adoró al Señor, que lo había resucitado[7].

En la resurrección de Lázaro se manifestó la potencia de Dios sobre el espíritu y sobre el cuerpo del hombre. En la resurrección de Cristo fue otorgado el Espíritu Santo como fuente de la nueva Vida: la Vida divina. Esta Vida es el destino eterno del hombre. El amor desea la vida y se opone a la muerte. Así lo afirma san Pablo: Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales (Rm 8,11). Son las propias palabras de Jesús: Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mí, aunque haya muerto, vivirá (Jn 11, 25-26).

Miguel Maura Montaner (1843-1915), hermano del que fuera cinco veces presidente del Gobierno en el primer cuarto de este siglo, Antonio Maura, fue un ejemplar sacerdote que fundó la Congregación de las Hermanas Celadoras del Culto Eucarístico; además de ser Rector del Seminario Mayor de Palma de Mallorca, su faceta como periodista le llevó a ser un gran articulista. Dirigió el semanario La Unidad Católica y fundó El Áncora. Diario Católico Popular de las Baleares. De él se cuenta la siguiente anécdota, muy apropiada para nuestros tiempos: hallándose en Madrid, un respetable señor mostró ante él gran extrañeza de que, siendo hermano de Antonio Maura, ministro de la Corona, no tuviera siquiera una canonjía; a lo que Miguel contestó: Soy sacerdote y digo misa cada día, y con eso me doy por muy satisfecho.

Porque si el domingo anterior era domingo Laetare y se nos anunciaba la cercana Pascua, el Evangelio de la Resurrección de Lázaro todavía nos habla con más intensidad, aunque falten tantos elementos de muerte y sufrimiento como conmemoraremos en la Semana Santa hasta llegar a la exultación de la Vigilia Pascual, que es como si se nos repitiera constantemente que Cristo saldrá victorioso de la muerte. En uno de los artículos de Don Miguel Maura, con el sugerente título de ¡La Resurrección! afirma:

¡La Resurrección! Vedla salir hoy radiante y gloriosa del seno del sepulcro; vedla reanimar aquellos miembros desangrados, infundir vida inmortal en aquella carne yerta y fría, y mostrar, a través de aquella humanidad ya impasible, la gloria de la divinidad en ella encubierta. Si Jesús resucitó, también resucitaremos nosotros… Jesús bajó a la tumba para matar allí a la muerte y engendrar vida… Por esto, señalando al cielo, donde va a fijar su trono inamovible, nos dice: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Él lo había dicho: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá[8].

Termino. Serafín de Sarov, el santo más querido en Rusia, que vivió más de treinta años como ermitaño, adquirió gran reputación en los últimos años de su vida como director de almas; apacible, alegre y humilde recibía a todos con el saludo: ¡Cristo ha resucitado!

Hay que pasar por el Calvario, por la Cruz… Pero, no lo olvidemos, al final nos encontraremos con el sepulcro vacío y con Nuestro Señor vencedor de la muerte: RESUCITADO.

[1] Suma Teológica III, q 43 a 1.

[2] Suma Teológica III, q 43 a 4.

[3] Lc 7, 37-50.

[4] “La inteligencia no hace más que hablar; ¡el amor es el que canta!”.

[5] Lc 2, 34.

[6] José Luis MARTÍN DESCALZO, Vida y Misterio de Jesús de Nazaret (III), p. 62 (Salamanca, 1996).

[7] De un texto de San EFRÉN (306-373) diácono y doctor de la Iglesia.

[8] Obras de Miguel MAURA MONTANER, p.432 (Salamanca, 1994

 

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