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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (A)

 

EVANGELIO (forma breve)

Pasión de nuestro Señor Jesucristo (cf. Lc 23, 1-49)

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.

¿Eres tú el rey de los judíos?

Cronista:

En aquel tiempo, Jesús fue llevado ante el gobernador Poncio Pilato, y este le preguntó:
S. «¿Eres Tú el rey de los judíos?».
C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices».
C. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra Ti?».
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con Él».
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».
C. Pilato les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
C. Contestaron todos:
S. «Sea crucificado».
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Sea crucificado!».
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!».
C. Todo el pueblo contestó:
S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

¡Salve, rey de los judíos!

C. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de Él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante Él la rodilla, se burlaban de Él diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

Crucificaron con Él a dos bandidos

C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; Él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con Él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Si eres Hijo de Dios, baja de la Cruz

C. Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a Ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la Cruz».
C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
S. «A otros ha salvado y Él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la Cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”».
C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con Él lo insultaban.

«Elí, Elí, lemásabaqtaní?»

C. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la Tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ «Elí, Elí, lemásabaqtaní?».
C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está llamando a Elías».
C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
C. Los demás decían:
S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».
C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la Tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

 

LECTURA ESPIRITUAL Y HOMILÍA

Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel

Venid, subamos juntos al monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Betania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación.

Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que,por amor a nosotros, bajó del Cielo para exaltarnos con Él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados.

Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará —dice la Escritura—, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa.

Corramos, pues, con el que se dirige con presteza a la pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro. No para alfombrarle el camino con ramos de olivo, tapices, mantos y ramas de palmera, sino para poner bajo sus pies nuestras propias personas, con un espíritu humillado al máximo, con una mente y un propósito sinceros, para que podamos así recibir a la Palabra que viene a nosotros y dar cabida a Dios, a quien nadie puede contener.

Alegrémonos, por tanto, de que se nos haya mostrado con tanta mansedumbre aquel que es manso y que sube sobre el ocaso de nuestra pequeñez, a tal extremo, que vino y convivió con nosotros, para elevarnos hasta sí mismo, haciéndose de nuestra familia.

Dice el salmo: Subió a lo más alto de los cielos, hacia oriente (hacia su propia gloria y divinidad, interpreto yo), con las primicias de nuestra naturaleza, hasta la cual se había abajado impregnándose de ella; sin embargo, no por ello abandona su inclinación hacia el género humano, sino que seguirá cuidando de él para irlo elevando de gloria en gloria, desde lo ínfimo de la tierra, hasta hacerlo partícipe de su propia sublimidad.

Así, pues, en vez de unas túnicas o unos ramos inanimados, en vez de unas ramas de arbustos, que pronto pierden su verdor y que por poco tiempo recrean la mirada, pongámonos nosotros mismos bajo los pies de Cristo, revestidos de su gracia, mejor aún, de toda su persona, porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo; extendámonos tendidos a sus pies, a manera de túnicas.

Nosotros, que antes éramos como escarlata por la inmundicia de nuestros pecados, pero que después nos hemos vuelto blancos como la nieve con el baño saludable del bautismo, ofrezcamos al vencedor de la muerte no ya ramas de palmera, sino el botín de su victoria, que somos nosotros mismos.

Aclamémoslo también nosotros, como hacían los niños, agitando los ramos espirituales del alma y diciéndole un día y otro: Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel (S. Andrés de Creta, obispo, Disertación 9, Sobre el Domingo de Ramos [Liturgia de las Horas II]).

 

Celebración de la Pasión del Señor

Homilía del predicador de la Casa Pontificia
P. Raniero Cantalamessa, O.F.M.Cap.

Basílica de San Pedro
Viernes Santo, 21 de marzo de 2007

«Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: “No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca”. Para que se cumpliera la Escritura: “Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica”» (Jn 19, 23-24).

Siempre se ha planteado la pregunta de qué quiso decir el evangelista san Juan con la importancia que da a este detalle de la Pasión. Una explicación reciente es que la túnica recuerda al paramento del sumo sacerdote y que san Juan, por ello, quiso afirmar que Jesús no sólo murió como rey, sino también como sacerdote. Sin embargo, la Biblia no dice que la túnica del sumo sacerdote tuviera que ser sin costuras (cf. Ex 28, 4; Lv 16, 4). Por eso, los exégetas más autorizados prefieren atenerse a la explicación tradicional según la cual la túnica inconsútil simboliza la unidad de la Iglesia (cf. R. E. Brown, TheDeath of theMessiah, vol. 2, Doubleday, Nueva York 1994, pp. 955-958).

Cualquiera que sea la explicación que se dé del texto, una cosa es cierta: para san Juan, la unidad de los discípulos es la razón por la que Cristo muere: «Jesús iba a morir (…) para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 51-52). En la última cena él mismo había dicho: «No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 20-21).

La alegre noticia que hay que proclamar el Viernes santo es que la unidad, antes que una meta por alcanzar, es un don que hay que acoger. Que la túnica estuviera tejida «de arriba abajo», escribe san Cipriano, significa que «la unidad que trae Cristo procede de lo alto, del Padre celestial, y por ello no puede ser rasgada por quien la recibe, sino que debe ser acogida en su integridad» (De unitateEcclesiae, 7: CSEL 3, p. 215).

Los soldados dividieron en cuatro partes «los vestidos», o el manto, esto es, el indumento exterior de Jesús, no la túnica, que era el indumento interior, el que se llevaba en contacto directo con el cuerpo. También este es un símbolo. Los hombres podemos dividir a la Iglesia en su elemento humano y visible, pero no su unidad profunda, que se identifica con el Espíritu Santo. La túnica de Cristo ni fue dividida ni jamás podrá serlo. Es también inconsútil. Es la fe que profesamos en el Credo: «Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica».

Pero si la unidad ha de ser signo «para que el mundo crea», debe ser una unidad también visible, comunitaria. Es esta unidad la que se ha perdido y debemos recuperar. Es mucho más que relaciones de buena vecindad; es la misma unidad mística interior —«un solo Cuerpo y un solo Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (Ef 4, 4-6)—, acogida, vivida y manifestada, de hecho, por los creyentes. Una unidad que no se rompe con la variedad, sino que, por el contrario, se manifiesta a través de ella.

Después de la Pascua, los Apóstoles preguntaron a Jesús: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel?». Hoy dirigimos frecuentemente a Dios esa misma pregunta: ¿Es ahora cuando vas a restablecer la unidad visible de tu Iglesia? También la respuesta es la misma de entonces: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1, 6-8).

Lo recordaba el Santo Padre en la homilía que pronunció el pasado 25 de enero, en la basílica de San Pablo extramuros, en la conclusión de la Semana de oración por la unidad de los cristianos: «La unidad con Dios y con nuestros hermanos y hermanas —decía— es un don que viene de lo alto, que brota de la comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que en ella se incrementa y se perfecciona. No está en nuestro poder decidir cuándo o cómo se realizará plenamente esta unidad. Sólo Dios podrá hacerlo. Como san Pablo, también nosotros ponemos nuestra esperanza y nuestra confianza “en la gracia de Dios que está con nosotros”» (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de febrero de 2008, p. 5).

También hoy será el Espíritu Santo, si nos dejamos guiar, quien nos conduzca a la unidad. ¿Cómo hizo el Espíritu Santo para realizar la primera fundamental unidad de la Iglesia: la unidad entre los judíos y los paganos? Descendió sobre Cornelio y su casa del mismo modo que lo había hecho en Pentecostés sobre los apóstoles. De modo que a Pedro no le quedó más que sacar la conclusión: «Por lo tanto, si Dios les ha concedido el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poner obstáculos a Dios?» (Hch 11, 17).

De un siglo a esta parte hemos visto repetirse ante nuestros ojos este mismo prodigio a escala mundial. Dios ha derramado su Espíritu Santo de manera nueva e inusitada en millones de creyentes, pertenecientes a casi todas las denominaciones cristianas y, para que no hubiera dudas sobre sus intenciones, lo ha derramado con idénticas manifestaciones. ¿No es este un signo de que el Espíritu nos impulsa a reconocernos recíprocamente como discípulos de Cristo y a tender juntos a la unidad?

Es verdad que esta unidad espiritual y carismática, por sí sola, no basta. Lo vemos ya en los inicios de la Iglesia. La unidad entre judíos y gentiles, recién hecha, se vio amenazada por el cisma. En el así llamado concilio de Jerusalén hubo un «amplio debate» y al final se llegó a un acuerdo, anunciado a la Iglesia con la fórmula: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…» (Hch 15, 28).

Por tanto, el Espíritu Santo obra también por otro camino, que es la confrontación paciente, el diálogo y hasta el acuerdo entre las partes, cuando no está en juego lo esencial de la fe. Obra a través de las «estructuras» humanas y los «ministerios» instituidos por Jesús, sobre todo el ministerio apostólico y petrino. Es lo que llamamos hoy ecumenismo doctrinal e institucional.

Sin embargo, este ecumenismo doctrinal, o de vértice, tampoco es suficiente ni avanza si no va acompañado de un ecumenismo espiritual, de base. Lo repiten cada vez con mayor insistencia precisamente los máximos promotores del ecumenismo institucional. En el centenario de la institución de la Semana de oración por la unidad de los cristianos (1908-2008), al pie de la cruz deseamos meditar sobre este ecumenismo espiritual: en qué consiste y cómo podemos avanzar en él.

El ecumenismo espiritual nace del arrepentimiento y del perdón, y se alimenta con la oración. En 1977 participé en un congreso ecuménico carismático en Kansas City (Missouri, Estados Unidos). Había cuarenta mil personas, la mitad católicas (entre ellas el cardenal Suenens) y la otra mitad de diversas confesiones cristianas. Una tarde, uno de los animadores al micrófono comenzó a hablar de una forma que en aquella época me resultó extraña: «Vosotros, sacerdotes y pastores, llorad y lamentaos, porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado… Vosotros, laicos, hombres y mujeres, llorad y lamentaos, porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado».

Comencé a ver a los participantes caer, uno tras otro, de rodillas a mi alrededor, muchos de ellos sollozando de arrepentimiento por las divisiones en el cuerpo de Cristo. Y todo esto mientras un cartel que se extendía de un lado a otro del estadio rezaba: «Jesusis Lord», «Jesús es el Señor». Me encontraba allí como un observador aún bastante crítico y no comprometido, pero recuerdo que pensé: Si un día todos los creyentes se reúnen para formar una sola Iglesia, será así: todos de rodillas, con el corazón contrito y humillado, bajo el gran señorío de Cristo.

Si la unidad de los discípulos debe ser un reflejo de la unidad entre el Padre y el Hijo, debe ser ante todo una unidad de amor, porque esa es la unidad que reina en la Trinidad. La Escritura nos exhorta a «hacer la verdad en la caridad» —veritatemfacientes in caritate— (Ef 4, 15). Y san Agustín afirma que «sólo se entra en la verdad por la caridad» —non intratur in veritatemnisi per caritatem— (Contra Faustum, 32, 18: CCL 321, p. 779).

Lo extraordinario, con respecto a este camino hacia la unidad basado en el amor, es que ya está abierto de par en par ante nosotros. No podemos «quemar etapas» en cuanto a la doctrina, porque las diferencias existen y hay que resolverlas con paciencia en los lugares apropiados. Pero, en cambio, podemos quemar etapas en la caridad, y estar unidos desde ahora. El signo verdadero y seguro de la venida del Espíritu no es —escribe san Agustín— hablar en lenguas, sino el amor a la unidad: «Sabéis que tenéis el Espíritu Santo cuando accedéis a que vuestro corazón se adhiera a la unidad a través de una sincera caridad» (Serm. 269, 3-4: PL 38, 1236 s).

Meditemos en el himno a la caridad, de san Pablo. Cada frase de este himno adquiere un significado actual y nuevo si se aplica al amor entre los miembros de las diversas Iglesias cristianas, en las relaciones ecuménicas: «La caridad es paciente… La caridad no es envidiosa… No busca su interés… (o sólo el interés de la propia Iglesia). No toma en cuenta el mal (si acaso, el mal hecho a los demás). No se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad (no se alegra de las dificultades de las otras Iglesias, sino de sus éxitos espirituales). Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13, 4 ss).

Esta semana hemos acompañado a su morada eterna a ChiaraLubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, pionera y modelo de este ecumenismo espiritual del amor. Demostró que la búsqueda de la unidad entre los cristianos no lleva a cerrarse al resto del mundo; sino que es, más bien, el primer paso y la condición para un diálogo más amplio con los creyentes de otras religiones y con todos los hombres que se interesan por el destino de la humanidad y por la paz.

Se ha dicho que «amarse no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección». También entre cristianos amarse significa mirar juntos en la misma dirección, que es Cristo. «Él es nuestra paz» (Ef 2, 14). Si nos convertimos a Cristo y vamos juntos hacia él, los cristianos nos acercaremos también entre nosotros, hasta ser, como él pidió, «uno con él y con el Padre». Ocurre como en los rayos de una rueda. Parten de puntos distantes de la circunferencia, pero a medida que se acercan al centro, también se acercan entre sí, hasta formar un solo punto.

A los cristianos divididos sólo los podrá unir una nueva oleada de amor a Cristo, por obra del Espíritu Santo. Es lo que está aconteciendo en la cristiandad y eso nos llena de estupor y de esperanza. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que uno murió por todos» (2 Co 5, 14). El hermano de otra Iglesia —más aún, todo ser humano— es «aquel por quien murió Cristo» (Rm 14, 15), igual que murió por mí.

En este camino debe impulsarnos sobre todo un motivo. Lo que está en juego al inicio del tercer milenio ya no es lo mismo que al principio del segundo milenio, cuando se produjo la separación entre Oriente y Occidente; ni es lo mismo que a mitad de ese mismo milenio, cuando se produjo la separación entre católicos y protestantes. ¿Podemos decir que los problemas que apasionan a los hombres de hoy, y con los que se sostiene o se derrumba la fe cristiana, son la forma exacta como procede del Padre el Espíritu Santo, o la manera en que se realiza la justificación del pecador? El mundo ha seguido adelante y nosotros hemos seguido obsesionados por problemas y fórmulas cuyo significado el mundo ya ni siquiera conoce.

En las batallas medievales había un momento en que, superada la infantería, los arqueros y la caballería, el combate se concentraba en torno al rey. Ahí se decidía el resultado final del enfrentamiento. También para nosotros la batalla hoy se libra en torno al rey. Existen edificios o construcciones metálicas hechas de tal modo que si se toca cierto punto neurálgico, o se quita una piedra determinada, todo se derrumba. En el edificio de la fe cristiana esta piedra angular es la divinidad de Cristo. Si se quita esta piedra, todo se viene abajo y, antes que cualquier otra cosa, la fe en la Trinidad.

De ello se deduce que existen actualmente dos ecumenismos posibles: un ecumenismo de la fe y un ecumenismo de la incredulidad; uno que reúne a todos los que creen que Jesús es el Hijo de Dios, que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que Cristo murió para salvar a todos los hombres; y otro que reúne a cuantos, apoyándose en el símbolo de Nicea, siguen proclamando estas fórmulas, pero vaciándolas de su verdadero contenido. Un ecumenismo en el que, al límite, todos creen las mismas cosas, porque nadie cree ya en nada, en el sentido que la palabra «creer» tiene en el Nuevo Testamento.

«¿Quién es el que vence al mundo —escribe san Juan en su primera carta— sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5, 5). Siguiendo este criterio, el modo fundamentalmente de dividir a los cristianos no es entre católicos, ortodoxos y protestantes, sino entre quienes creen que Cristo es el Hijo de Dios y quienes no lo creen.

«El año segundo del rey Darío, el primer día del sexto mes, fue dirigida la palabra del Señor, por medio del profeta Ageo, a Zorobabel, hijo de Sealtiel, gobernador de Judá, y a Josué, hijo de Yehosadac, sumo sacerdote…: ¿Es acaso para vosotros el momento de habitar en vuestras casas artesonadas, mientras mi casa está en ruinas?» (Ag 1, 1-4).

Estas palabras del profeta Ageo se dirigen hoy a nosotros. ¿Es este el tiempo de seguir preocupándonos sólo de lo que afecta a nuestra orden religiosa, a nuestro movimiento, o a nuestra Iglesia? ¿No será precisamente esta la razón por la que también nosotros «sembramos mucho, pero cosechamos poco» (Ag 1, 6)? Predicamos y hacemos todo lo posible, pero el mundo se aleja de Cristo, en lugar de convertirse a él.

El pueblo de Israel escuchó la reprensión del profeta; cada uno dejó de embellecer su propia casa para reconstruir juntos el templo de Dios. Entonces Dios envió de nuevo a su profeta con un mensaje de consuelo y aliento, que es también para nosotros: «Mas ahora, ¡ten ánimo, Zorobabel!, oráculo del Seño. ¡Ten ánimo, Josué, hijo de Yehosadac, sumo sacerdote! ¡Ten ánimo, pueblo todo de la tierra!, oráculo del Señor. ¡A la obra!, que yo estoy con vosotros» (Ag 2, 4). ¡Ánimo, todos vosotros, a quienes tanto importa la causa de la unidad de los cristianos! ¡A la obra, que yo estoy con vosotros!, dice el Señor (cf. vatican.va).

NOTA: Las palabras en negrita han sido resaltadas por la web de Prado Nuevo.

 

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