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Hermanas Reparadoras: origen y misión

 

La historia de las apariciones de El Escorial ha seguido un orden inverso, cuanto menos original, si comparamos su devenir con el de muchas otras manifestaciones de este signo producidas en el seno de la Iglesia. En el caso de Prado Nuevo, con treinta y tres años ya de fenómenos religiosos de singular trascendencia, la jerarquía eclesiástica no ha querido pronunciarse aún de forma explícita sobre su realidad sobrenatural. Guarda silencio. En cambio, sí lo ha hecho con claridad y favorablemente con cada uno de los frutos que han surgido al calor de estas mismas apariciones. Es evidente que, abordarlos todos con detalle, no le es posible a los límites de este artículo. Así que vayamos por partes y comencemos por uno de ellos, acaso uno de los más entrañables y delicados: el nacimiento, desarrollo y espíritu de las Hermanas Reparadoras de la Virgen de los Dolores.

 

Fue en el verano de 1995 cuando mi hija Mariana, recién cumplidos los once años, quiso quedarse ya a vivir con las Hermanas Reparadoras de la Virgen de los Dolores para siempre.

Residencia Nuestra Señora del Carmen en la actualidad

Sucedió que, ese año, le entusiasmó la idea de pasar sus vacaciones estivales en un antiguo convento pasionista, donado a la Fundación de Prado Nuevo en 1988 por su último dueño, un anciano sacerdote, el Padre Alba S.I. cuyo nombre no puedo recordar en este instante. Recuerdo que, hacia la mitad de la década de los noventa, la casa, aún por reformar, ya estaba regentada por un pequeño grupo de jóvenes reparadoras consagradas a su misión, y de la que al final hablaremos. Por el momento diré que nuestra familia al completo visitaba con frecuencia aquel monasterio ex pasionista situado en la vieja Castilla de Peñaranda de Duero, en Burgos. Hoy sigue conservando el antiguo nombre que ya tenía ―Nuestra Señora del Carmen―, y en la actualidad se encuentra prácticamente reformado para lo que es su nuevo cometido. Pero entonces, como digo, no lo estaba. Su calefacción no funcionaba, muchas de sus baldosas de barro sonaban al paso, y solo era habitable una parte de su inmenso recinto, que pese a todo seguía conservando una atmósfera interior de sacral recogimiento. Allí pasó Mariana, con sus once cumplidos, el verano de 1995. Tras aquellos meses, al punto de comenzar el colegio, me acerqué en solitario desde El Escorial para recogerla. Y, al llegar, sus primeras palabras, su saludo fue: “Quiero quedarme aquí”. “Bien ―le respondí con tranquilidad―, si dentro de cuatro años sigues pensado igual, hablaremos.”

Pasó el tiempo e insistió voluntariosa. Ingresó Mariana en las Hermanas Reparadoras de la Virgen de los Dolores el 20 de septiembre de 1999. Con quince años de edad. Su primer destino fue, precisamente, aquel convento de Peñaranda, todavía con los símbolos en piedra de los padres pasionistas por todas partes. Y se le dio un nuevo nombre: Mariana de los Ángeles de Nuestra Señora de Fátima. Más tarde, cuando en Peñaranda ya habían comenzado las obras de adecuación, fue llevada a la nueva residencia de las Hermanas de Torralba del Moral, en Soria, donde la seguimos visitando.

Con posterioridad, en 2007, al publicarme La esfera de los libros-Palmyra mi libro Eremitas, sobre las incipientes enseñanzas de los monjes del desierto cristiano, puse esta dedicatoria en su honor: Mi hija Mariana ingresó con quince años en un convento de clausura; tiene ahora veintidós. Ahí ha cumplido su mayoría de edad. Renunció a seguir viviendo como todos nosotros: abandonó estudios, proyectos, agitación y diversiones; dejó el mundo tal y como seguimos conociéndolo aquí fuera, un tanto inseguro y peligroso. Ahora sólo sirve y ama, está siempre alegre y dice haber encontrado la paz.

 

Aquel 14 de junio fue el origen de todo

¿Dónde se hallaba el origen de esta actitud? ¿Cómo se había canalizado todo ese movimiento al que Mariana se había incorporado? ¿Qué lo había hecho posible? ¿Por qué, tras sus primeros pasos, fueron las Hermanas Reparadoras de la Virgen de los Dolores de Prado Nuevo reconocidas y erigidas canónicamente por la jerarquía de la Iglesia?

Foto del árbol al inicio de las apariciones

Para asombro de todos, es indudable que los acontecimientos partieron de aquel 14 de junio de 1981 en el que sobre un fresno de la pradera se le aparecía la Virgen Dolorosa a Luz Amparo Cuevas. Y en su primer mensaje le pidió algo muy breve y sencillo: la construcción en aquel mismo lugar de una capilla para la meditación de la olvidada Pasión de su Hijo. Justo tres años después, la misma aparición de Prado Nuevo, el 24 de junio de 1983, añadía a lo anterior esto otro: Fundad casas de amor y misericordia. Para los peregrinos de El Escorial y las prácticas de piedad que vigorosamente iban emergiendo y en aumento aquello era un programa de actuación en toda regla. Y fue así como todo se puso en marcha naturalmente. Sin embargo, y ante el cariz que iban tomando las cosas, pues por todas partes se comentaba el fenómeno de El Escorial, la autoridad eclesiástica de la Archidiócesis de Madrid, el Cardenal Suquía, emitió una nota oficial preventiva el 12 de abril de 1985 sobre la no constancia aún del carácter sobrenatural de las apariciones, que se iban sucediendo en ancho río de afluencia constante. La citada nota eclesiástica no era ni juicio, ni sentencia; simplemente se limitaba a adoptar ante los creyentes una práctica que venía siendo habitual en el decurso de la Iglesia moderna. Por lo que, si bien no aprobaba todavía el origen de la aparición, lo cual era evidente que tendría que esperar, tampoco la condenaba u obstruía y ni mucho menos sofocaba el movimiento religioso cristiano y católico que de ella había nacido y crecía y crecía sin pausa. Con lo que los fieles de la aparición prosiguieron con su acción entusiasta, seguros de no contradecir ni oponerse a su Cardenal, a quien en todo momento seguían rindiendo fiel obediencia y acatamiento, como lo habían hecho desde el principio. De ahí la razón por la que, el 13 de mayo de 1988, aquellos que comenzaban a ser identificados por los medios de información y por los adversarios de la aparición como “virginianos” constituyeran la Fundación Benéfica “Virgen de los Dolores”, conceptuada como obra benéfico-asistencial, inscrita quince días después en el Ministerio de Asuntos Sociales del Estado español. Su finalidad no era otra que la de iniciar las obras de amor y misericordia, que la aparición había solicitado (ahora ya con reiteración) en sus mensajes. Un propósito que iba a traducir su objeto en la atención, sin ánimo de lucro, de personas necesitadas, centrando sus cuidados sobre todo en los ancianos desamparados, abandonados por sus familias y sin medios, aunque, claro es, sin olvidar a los demás.

 

Y la Iglesia reconoce sus frutos

A partir de este momento se produce una serie de importantes acontecimientos en la línea de lo expuesto más arriba. Aunque el ordinario del lugar, el Cardenal Suquía, no se había movido un ápice respecto al “no consta el carácter sobrenatural de las apariciones y revelaciones que se dan en Prado Nuevo”, tal y como rezaba la nota arzobispal, sí, en cambio, la misma jerarquía eclesiástica iba reconociendo paulatina y oficialmente los frutos o consecuencias que afloraban directamente de la aparición, bien mediante decretos, bien mediante su presencia personal en el local de los hechos principales. Con decisión. De esta suerte, el 14 de mayo de 1993, el Cardenal-Arzobispo erige canónicamente en Asociación Privada de la Iglesia a las Hermanas Reparadoras, acrecentando a su nombre el apelativo “Amor, Unión y Paz”, lema que era ya una seña de identidad para ellas. Siete meses después, el 27 de diciembre de 1993, D. Ángel Suquía Goicoechea (†), acompañado por el Vicario de la Zona y por el Vicecanciller del Arzobispado, realiza una visita a la obra impulsada por Luz Amparo Cuevas en El Escorial durante algo más de cinco horas; amén de oficiar una Santa Misa en la capilla de la sede de la Fundación Benéfica Virgen de los Dolores, en  la calle de Carlos III, 12-14, de El Escorial (inaugurada el 3 de mayo de 1992).

 

La aprobación de la Asociación Pública de Fieles

Para continuar con esta encomiable tarea, ampliando el número de miembros con dos ramas, el mismo Cardenal Suquía aprueba, a renglón seguido (el 14 de junio de 1994), la Asociación Pública de Fieles “Reparadores de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores”, la cual acogía en su seno como primera de sus ramas a las Hermanas Reparadoras de la Virgen de los Dolores y, a continuación, a las otras dos secciones con las que quedó definitivamente constituida esta institución eclesial: la Comunidad Familiar (inspirada ésta por el mensaje del 7 de octubre de 1989: “…desprendeos de todos vuestros bienes y ponedlos todos en comunidad, como los primeros cristianos”) y la Comunidad Vocacional (consagrada a los tres votos de pobreza, castidad y obediencia). En el conjunto de este orden, las Hermanas Reparadoras serían las encargadas de situarse al frente de las casas que la Fundación ya disponía o vendría a disponer con el tiempo para la atención y servicio caritativo de ancianos, como la de Peñaranda de Duero y otras. Y para dotar a la Hermanas de los recursos fiscalizables necesarios, con el fin de dar vida a su labor, sería la Asociación Pública de Fieles Reparadores la entidad encargada de cubrir sus necesidades, bien a través de las aportaciones de sus miembros, o bien a través de los legados, herencias o donaciones que la Asociación ya tenía o iría recibiendo de una forma generosa, honrada e independiente.

Como se ve, todo ello al calor del espíritu que emanaba de la aparición virginal y en hilo directo con el contenido de sus mensajes.

 

«A la tarde te examinarán en el amor» (S. Juan de la Cruz)

¿Cómo no dar estos pasos por parte de la Iglesia si los Estatutos y el reglamento de régimen interno de la rama fundacional de las Hermanas Reparadoras, formada por mujeres en su mayoría jóvenes, célibes o viudas, dedicadas especialmente al cuidado de las personas necesitadas, se encuentran consagradas con votos privados de pobreza, castidad y obediencia, y viven en comunidad religiosa, y cuyo fin primordial es su propia santificación, mediante el servicio a los más desamparados, por mirar en ellos al propio Cristo Redentor? ¿Y cómo podría haber sido de otra manera si las Hermanas Reparadoras no ansiaban vivir, desde sus primeros días, sino conformes a los consejos evangélicos, dando a su existencia y conversión un sentido reparador cristiano?

En la actualidad, son cerca de ochenta las Hermanas que, gratis et amore, fieles al espíritu aquí descrito, se encuentran repartidas por las cinco casas o residencias, que esta Obra tiene diseminadas por la descreída España actual. Como taponando, curando y besando cinco llagas sufrientes. Ahí las localizaréis, en la Residencia de la Virgen de los Dolores, en el Escorial, Madrid; en la Residencia Jesús del Buen Amor, en Griñón, Madrid; en la Residencia de Nuestra Señora de la Luz, en Torralba del Moral, en Soria; en la Residencia Nuestra Señora del Carmen, en Peñaranda de Duero, en Burgos; y en la Casa María de los Dolores, en Pesebre, Albacete. Ahí las veréis y ahí las admiraréis, como lo hacen quienes, sin tener connivencia alguna con esta obra religiosa de El Escorial, desde su objetividad instructora y como inspectores de las administraciones del Estado en cumplimiento de sus normas, cumplen con su deber emitiendo sus informes veraces, cuando visitan por sorpresa a las Hermanas Reparadoras y observan y constatan la ejemplaridad sin tacha de sus cuidados a los desvalidos ancianos en el declinar de sus días.

Todas sus vocaciones y también sus conversiones nacieron en Prado Nuevo, un lugar de apariciones marianas. También a ellas, y conforme a la expresión de san Juan de la Cruz, en el atardecer de sus vidas y cuando mueran, las examinarán del amor.

 

Palabras de Luz Amparo a las Hermanas

Luz Amparo Cuevas, fundadora de las Hermanas Reparadoras

El día 31 de diciembre de 1990, aquel fin de año, Luz Amparo, a la sazón fundadora de las Hermanas Reparadoras, tomó la palabra como lo había hecho otras veces. Con su sencillez acostumbrada y sin papeles que leer entre las manos, como era frecuente en ella, delineó el programa de vida de aquellas que, en su mayoría jóvenes, habían respondido a la llamada a atender a los más necesitados. Dijo así:

«Jóvenes muchachas, que os habéis entregado a los necesitados: ved en ellos a Cristo y repetid con Él: “No hemos venido a ser servidos, sino a servir”.
Y para que vuestro amor sea verdadero, tiene que estar apoyado en Cristo. Sed bondadosas con ellos, pues la bondad eleva a la santidad.
Que vuestros corazones estén alegres para poder alegrar al triste. Pensemos que no son ellos los que tienen que estar agradecidos a nosotras por prestarles nuestros servicios; somos nosotras las que tenemos que estarles agradecidas, porque nos permiten que los cuidemos. Nunca pensemos que son desagradecidos; digamos: “¡Qué grandes son los pobres, porque nos dan la oportunidad de que les sirvamos!”.
Pongamos todo nuestro amor en cada acción.
Nuestra misión es amar a los necesitados sin esperar que ellos nos amen. Pensemos que son como niños, “mis niños mayores”. ¡Cuánto tenemos que aprender de ellos! Necesitan amor; necesitan recuperar la dignidad que les han quitado. No pensemos sólo en el plato de comida, sino en el amor que necesitan.
¿Queréis alcanzar méritos?: sed cariñosas y amables con todos los que sufren. ¿(Y) quiénes sufren?: (son) ellos, “mis pobres niños mayores”, que tienen las heridas del tiempo que nadie puede cicatrizar.
¡Jóvenes, que todo lo habéis dejado por los demás!: ¡conservad vuestra caridad y vuestra alegría para hacerlos felices!
Ésta tiene que ser vuestra empresa: la empresa del amor, que es la más grande y más cristiana».

Autor: Isidro-Juan Palacios

(Revista Prado Nuevo nº 5 y 6. Obras de amor y misericordia)

Más información: Hermanas Reparadoras 

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