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Jesús coronado de espinas y tratado como rey de teatro (S. Alfonso María de Ligorio)

 

CAPÍTULO X

En seguida los soldados del presidente, dice San Mateo, cogiendo a Jesús y poniéndole en el pórtico del pretorio, juntaron alrededor de Él a toda la cohorte; y desnudándole, le cubrieron con un manto de grana, y entretejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza, y una caña por cetro en su mano derecha[1].

Meditemos otros bárbaros tormentos que los verdugos añadieron a los que habían dado a nuestro Señor. La chusma de soldados lo rodea y a guisa de púrpura regia le echan sobre sus hombros una clámide de color encarnado, es decir, una como capa rota y usada, que acostumbraban a llevar los soldados sobre los hombros; en la mano le ponen una caña a manera de cetro, y un haz de espinas sobre la cabeza, en forma de imperial diadema. La corona, hecha en forma de yelmo o celada, le cubría toda la cabeza, y como la presión de las manos no era bastante poderosa para clavársela en la cabeza del Salvador, tan quebrantada ya por los azotes, toman la caña y a duros golpes le introducen las espinas en el cerebro, divirtiéndose a la vez en escupirle al rostro, como dice San Mateo: Y escupiéndole, tomaban la caña y le herían en la cabeza[2].

¡Oh espinas crueles!, ¡oh ingratas criaturas!, ¿qué hacéis?, ¿por qué atormentáis de esta suerte a vuestro Creador? Mas, ¿a qué acusar a las espinas, cuando los criminales pensamientos de los hombres fueron los que atravesaron la cabeza de mi Redentor? Sí, Jesús mío, nosotros, con nuestros detestables y voluntarios pensamientos, hemos forjado la corona de espinas que traspasó vuestra frente; pero hoy los aborrezco y los detesto más que la muerte, más que otro mayor mal. Contrito y humillado me acerco a vosotras, espinas santificadas con la sangre del Hijo de Dios; traspasad mi alma y trocadla en víctima perpetua de expiación por haber ofendido a un Dios tan bueno. Y Vos, amadísimo Jesús mío ya que habéis padecido tanto para desprenderme de las criaturas y de mí mismo, haced que pueda decir con verdad que ya no vivo para mí, sino exclusivamente consagrado a vuestro amor.

¡Oh afligido Salvador mío! ¡Oh Rey del mundo, a qué extremos de humillación os veo reducido, a servir de rey de dolor y befa, a ser el ludibrio y el juguete de la ciudad de Jerusalén! De vuestra cabeza traspasada corre a raudales la sangre, regando vuestro rostro y cayendo sobre vuestro pecho. ¡Oh Jesús mío!, ¿puede llegar a mayores extremos la crueldad de aquella bárbara gente, que, no contenta con haber destrozado vuestro cuerpo desde los pies hasta la cabeza, os somete ahora a nuevos escarnios y a nuevos ultrajes? Si esto me maravilla, admírome más todavía de vuestro amor y de vuestra mansedumbre, al considerar que con infinita paciencia sufrís y aceptáis tamañas ofensas. Cuando le maldecían, no retornaba maldiciones, dice San Pedro; cuando le atormentaban, no prorrumpía en amenazas antes se punta en manos de aquel que injustamente le sentenciaba[3] De esta suerte vino a cumplirse la palabra del Profeta, que atestiguó que nuestro Salvador presentará su mejilla al que le hiera y le hartarán de oprobios[4].

Con todo, la crueldad de los soldados no quedaba todavía satisfecha; por eso con la rodilla hincada en tierra, le escarnecían diciendo: Dios te salve, Rey de los judíos[5], y le daban de bofetadas, añade San Juan[6]. Después de haberle atormentado y burlándose de Él vistiéndole como rey de teatro, se arrodillaban delante de Él, y en son de burla le decían: «Yo te saludo, Rey de los judíos»; y levantándose después le daban bofetadas en el rostro, a la vez que proferían palabras de desprecio y prorrumpían en infernales risotadas.

La sagrada cabeza de Jesús, tan atormentada por las espinas, que penetraban hasta el cerebro, experimentaba dolores de muerte con el más leve movimiento, de manera que cada nuevo golpe o cada bofetada le causaba un dolor insoportable.

Tú, al menos, alma mía, reconoce a tu Redentor por lo que es en realidad: por el soberano Señor de todo lo creado. Y si además se manifiesta corno Rey de dolor y Rey de amor, justo es que te muestres agradecida y amante, ya que tanto padeció para conquistar tu corazón.

[1] Mt 27, 27, 29.

[2] Mt 27, 30.

[3] 1 P 2, 23.

[4] Lm 3, 30.

[5] Mt 27, 29.

[6] Jn 19, 3.

(Texto de San Alfonso María de Ligorio sobre la Pasión del Señor)

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