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«La ciencia más consumada es que el hombre bien acabe»

 

Mensaje del 20 de noviembre de 1981


 

En esta ocasión, el mensaje se centra en un punto clave, en «la ciencia más consumada» —en palabras del poeta—, que consiste en alcanzar la salvación eterna; tema, por otra parte, muy poco meditado en estos tiempos, en los que tan apegados andamos a la materia y a lo temporal.

Los profetas cristianos participan del profetismo de Jesús. Según san Pablo, en su primera epístola a los Corintios, «el que profetiza, habla a los hombres para su edificación, exhortación y consolación» (1 Co 14, 3), para llamarlos a la conversión (v. 24); y, a través de ellos, Dios revela sus misterios (cf. 1 Co 13, 12). Esto mismo le tocó realizar durante años a Luz Amparo por designio divino.

En las primeras líneas del presente mensaje, el Señor formula unos anuncios proféticos condicionados; es decir, que dependen, para su cumplimiento, de la respuesta humana a la petición realizada. En los primeros años de Prado Nuevo, son más frecuentes este tipo de revelaciones proféticas. Dice así:

«Como no cambien y sigan abusando de mi misericordia, el mundo se verá envuelto en una gran guerra, serán destruidas varias naciones, habrá muchas muertes, caerán nubes de fuego que abrasarán la Tierra; todo esto será lo más horrible que se ha conocido por la Humanidad».

Podríamos decir, parafraseando las palabras anteriores: «Si cambian y dejan de abusar de mi misericordia, el mundo evitará una gran guerra, no serán destruidas varias naciones, etc.». Transcurridos más de treinta años, desde que fueron comunicadas dichas palabras, ¿podemos afirmar que la situación se ha regenerado desde entonces? Lamentablemente, no. La Humanidad no ha cambiado a mejor, adentrándose, cada vez más, por caminos que se alejan de la Ley de Dios. El sentido del pecado se ha ido deteriorando progresivamente; la inmoralidad es cada vez más acentuada, y el tejido social se va, por decirlo así, gangrenando. Ciertos comportamientos, que hace tan sólo unos años eran considerados por la inmensa mayoría como negativos y denunciables, gozan hoy de aceptación social y son, incluso, amparados por la legalidad. Dios ha sido expulsado de la sociedad y estamos pagando las consecuencias.

A continuación, el Señor manifiesta, por una parte, alegría y, al mismo tiempo, dolor:

«Sí, hija mía, se están salvando muchas almas, pero hay muchos que están en pecado mortal; ofrece tus dolores por todos ellos; ayúdame a mí también a soportarlos, a consolarme; ayuda a mi Madre también (…); es preciso que se salve por lo menos una tercera parte de la Humanidad».

La salvación de las almas: ¡qué importante y trascendental tarea! Debe ser para nosotros, desde luego, una ocupación primordial: buscar la propia salvación y tener un celo constante por la salvación eterna de nuestros hermanos. ¡Qué bellamente lo dice la poesía clásica atribuida a Campoamor!:

«La ciencia más consumada
es que el hombre bien acabe,
porque al fin de la jornada,
aquél que se salva sabe,
y el que no, no sabe nada»

 

Otro poeta, éste santo, Francisco de Asís, al hablar de la «hermana muerte» en su sublime «Cántico de las criaturas» —citado desde el comienzo de Laudato Si’ por el papa Francisco—, escribe:

«Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!»

 

advirtiendo así del gran riesgo de no vivir en gracia. Por eso, él mismo recomienda: «Ruego a todos que aprendan el tenor y sentido de las cosas que están escritas en esta vida para la salvación de nuestra alma, y que las traigan frecuentemente a la memoria» (Regla no bulada, cap. XXIV).

«…una tercera parte de la Humanidad»: la «tercera parte» es una medida característica que aparece en la Biblia; así, en el libro de Zacarías «Y sucederá en toda esta tierra —oráculo de Yahveh— que dos tercios serán en ella exterminados (perecerán) y el otro tercio quedará en ella. Yo meteré en el fuego este tercio: los purgaré como se purga la plata y los probaré como se prueba el oro. Invocará él mi nombre y yo le responderé; diré: “¡Él es mi pueblo!” y él dirá: “¡Yahveh es mi Dios!”» (Za 13, 8-9). En este sentido, entendemos que lo utiliza el mensaje; parece tratarse aquí, más que de conseguir la salvación eterna, de salir salvos en una etapa de especial tribulación de la Humanidad. La idea se repite varias veces en el capítulo 8 del Apocalipsis, cuando los ángeles tocan las cuatro primeras trompetas: «Tocó el primero… Hubo entonces pedrisco y fuego mezclados con sangre, que fueron arrojados sobre la Tierra: la tercera parte de los árboles quedó abrasada, toda hierba verde quedó abrasada. Tocó el segundo Ángel… Entonces fue arrojado al mar algo como una enorme montaña ardiendo, y la tercera parte del mar se convirtió en sangre» (Ap 8, 7-12; cf. Ap 9, 15. 18).

Dirigiéndose a Luz Amparo, el Señor nos ofrece, en el mensaje, algunas pautas para caminar rectamente en este camino que conduce a la vida eterna:

«Díselo a todos, hija mía, que se arrepientan, que hagan mucho sacrificio, que hagan penitencia. Es muy importante rezar el santo Rosario todos los días. Sobre todo, diles que lo hagan con mucha devoción, hija mía, que el mundo está muy mal, que con su oración se están salvando muchas almas».

¿Queremos, en verdad, salvarnos? ¿Estamos haciendo todo lo posible por alcanzar gracia tan extraordinaria? ¿Vivimos en esta vida pensando en la eterna, que nunca se acaba? Recurriendo de nuevo a la poesía, citamos a santa Teresa de Jesús que, en unos conocidos versos suyos, exclama:

«Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero (…).
Mira que el amor es fuerte;
vida no me seas molesta,
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte;
venga ya la dulce muerte,
venga el morir muy ligero,
que muero porque no muero»

 

Las almas grandes experimentan esa ausencia de Dios que, en esta vida, no se puede poseer en plenitud; por ello, la vida temporal sólo adquiere su auténtico valor y dimensión desde la perspectiva de la eternidad. Ya lo dijo el Divino Maestro: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues quien quiera salvar su vida, la perderá, y quien pierda la vida por mí y el Evangelio, ése la salvará. ¿Y qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo y perder su alma?» (Mc 8, 34-36).

 

(Revista Prado Nuevo nº 19. Comentario a los mensajes) 

 

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