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Al enemigo se le vence con la humildad

 

Mensaje del 25 de noviembre de 1981

La humildad y la sencillez son dos virtudes semejantes que van unidas, son imprescindibles para alcanzar la santidad, y señaladas, en el mensaje que comentamos seguidamente, como antídoto contra «las astucias del demonio». Se aclara también en este comentario que la validez y eficacia de los sacramentos no dependen del estado de gracia del ministro, aunque éste deba en conciencia administrarlos con dignidad y limpieza: «¡…purificaos los que lleváis los vasos del culto!» (Is 52, 11).

Mientras se encuentra trabajando, Luz Amparo entra en éxtasis, sufre la Pasión de Cristo y le es comunicado el mensaje que esta vez comentamos. En el inicio, el Señor le aclara lo sucedido el día anterior: durante el rezo del Rosario en Prado Nuevo, había padecido igualmente los dolores de la Pasión, con las llagas, pero sin sangrar:

«Hija mía, ya sabes lo que te hice ayer; no creas que es una prueba; no es ninguna prueba, es como si hubieses pasado la Pasión. Lo que pasará de ahora en adelante será que sufrirás los dolores; yo también los pasaré contigo, pero yo derramaré mi Sangre, para que con esa Sangre mía te purifiques, hija mía, y te fortalezcas».

Le asegura el amor que le tienen Él y su Madre, aunque sea sometida a tantas pruebas y dolores:

«Hija mía, sé fuerte; no creas que mi Madre y yo no te amamos, siempre te tenemos presente en nuestro Corazón».

El Señor trata así a sus predilectos: les concede el misterioso privilegio de ser crucificados con Él; signo indudable de su amor, aunque tantas veces no se alcance a entender. Las almas elegidas lo aceptan, incluso con alegría, cuando se encuentran unidas íntimamente a Dios.

Una vez, santa Teresa de Jesús, ante una nueva adversidad que se presentaba, exclamó: «¡Señor, sólo me faltaba esto!». La respuesta fue: «Es así como trato a mis amigos». La santa doctora, con espontaneidad e ingenio, añadió: «¡Ahora comprendo cómo tenéis tan pocos!».

«Hija mía, busca la humillación; esto es lo que principalmente te encargo muchas veces. Busca tu sencillez; es lo único que te salvará de las astucias del demonio. Hija mía, sé humilde y sé sencilla».

Palabras exigentes las del Señor, pero muy apropiadas para el que busque la perfección evangélica; se refieren a la humildad y a la sencillez, virtudes que van unidas, imprescindibles para alcanzar la santidad y aquí señaladas como antídoto contra «las astucias del demonio»; justamente porque se oponen al estilo habitual del maligno, que destila soberbia, doblez, mentira, oscuridad y tinieblas (cf. Jn 8, 44).

Predicaba a la sazón san Juan María Vianney: «Refiérese en la vida de san Antonio que Dios le hizo ver el mundo sembrado de lazos que el demonio tenía preparados para hacer caer a los hombres en pecado. Quedo de ello tan sorprendido que su cuerpo temblaba como la hoja de un árbol, y dirigiéndose a Dios, le dijo: “Señor, ¿quién podrá escapar de tantos lazos?”. Y oyó una voz que le dijo: “Antonio, el que sea humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria para que puedan resistir a las tentaciones; mientras permite que el demonio se divierta con los orgullosos, los cuales caerán en pecado en cuanto sobrevenga la ocasión”» .

Después, la Virgen, en el mensaje, hace una aclaración al «padre espiritual» de Luz Amparo, doliéndose en la parte final del estado espiritual de aquellos sacerdotes que no viven conforme a su vocación:

«Alguna vez acaso no se consagre el Cuerpo de mi amado Jesús, porque el sacerdote, con sus manos manchadas por el pecado, ha perdido la fe en mi amadísimo Hijo y no hace intención de consagrar».

¿Qué podemos anotar sobre el texto anterior? Ciñéndonos a la doctrina de la Iglesia, hay que apuntar: es cierto que el ministro, como sacerdote y representante de Jesucristo, está obligado en conciencia a administrar los sacramentos dignamente, o sea, en estado de gracia. Proponemos unas citas de la Escritura, que confirman esta idea, salvando las distancias entre el sacerdocio del Nuevo Testamento y del Antiguo, ya que a este último se refieren: «Los sacerdotes que se acercan a Yahveh deben santificarse para que Yahveh no irrumpa contra ellos» (Ex 19, 22). «Los sacerdotes (…); santos han de ser para su Dios y no profanarán el nombre de su Dios» (Lv 21, 5-6). ¡Qué maravillas puede obrar en el corazón de los hombres el sacerdote virtuoso, cuando se deja llevar por el soplo del Espíritu Santo! ¡Así como es incalculable el daño provocado en las almas por un ministro infiel a sus compromisos sacerdotales!

Por tanto, es sacrilegio administrar los sagrados misterios en estado de pecado mortal. «Lo santo —no cesaremos de encarecerlo— hay que tratarlo con santidad y respeto» . No obstante, la validez y eficacia de los sacramentos no dependen del estado de gracia del ministro, pues Cristo es el ministro primario en su administración; por lo que el sacerdote obra por virtud de Jesucristo; así, la eficiencia del sacramento no dependerá de la situación moral del que lo realiza. Escuchemos la voz del Magisterio, que califica de este modo a los que afirman lo contrario: «Si alguno dijere que el ministro que está en pecado mortal, con sólo guardar todo lo esencial que atañe a la realización o colación del sacramento, no realiza o confiere el sacramento, sea anatema» .

Y sobre la «intención de consagrar» a la que alude la Virgen en el mensaje, ¿qué decir? La doctrina eclesial nos enseña también que para conferir válidamente los sacramentos es necesario que el ministro realice como conviene los signos sacramentales; además, ha de tener intención de hacer, cuando menos, lo que hace la Iglesia . Por eso no se producirá dicha consagración en la Misa en que el sacerdote no tenga intención de consagrar.

Oremos con insistencia por las almas consagradas, particularmente por los sacerdotes, para que se asemejen cada vez más al Corazón sacerdotal de Jesucristo, su Maestro y modelo. Con la oración propuesta por la Virgen en el mismo mensaje finalizamos:

«Jesús mío, por vuestro Corazón amantísimo, os suplico inflaméis en el celo de vuestro amor y de vuestra gloria a todos los sacerdotes del mundo, a todos los misioneros, a todas las personas encargadas de predicar tu divina palabra para que, encendidas en santo celo, conquisten las almas y las conduzcan al asilo de vuestro Corazón donde os glorifiquen sin cesar».

 

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