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IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

 

EVANGELIO

Les enseñaba con autoridad (cf. Mc 1, 21b-28)

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.

Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:

«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».

Jesús lo increpó:

«¡Cállate y sal de él!».

El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:

«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».

Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Palabra del Señor.

 

LECTURA ESPIRITUAL Y HOMILÍA

El hombre libertado del espíritu malo

  1. Nota la clemencia del Señor Salvador. No se ha llenado de indignación, ni ofendido por la injuria, ni afectado por la injusticia en el momento de dejar la Judea: al contrario, olvidando los oprobios, teniendo presente únicamente la clemencia, busca ablandar el corazón de este pueblo infiel, ya enseñando, ya libertando, ya curando. Ha hecho bien San Lucas en mencionar primero al hombre libertado del espíritu malo y contar luego la curación de una mujer; pues el Señor había venido a sanar a ambos sexos; antes debía curar al que había sido creado primero, y no debía dejar a un lado a la que había pecado más por inconstancia de ánimo que por perversidad.
  2. Es un sábado cuando el Señor comienza a realizar las curaciones, para significar que la nueva creación comienza cuando terminó la antigua, y mostrar desde el principio que el Hijo de Dios no está sometido a la Ley, sino que es superior a ella, y que no ha venido a destruir la Ley, sino a cumplirla. El mundo no ha sido hecho por la Ley, sino por la Palabra, según leemos: Por la palabra de Yahvé fueron hechos los cielos (Sal 32, 6). La Ley no es, pues, destruida, sino cumplida, a fin de renovar al hombre ya caído. Por eso dice el Apóstol: Despojaos del hombre viejo, y revestíos del hombre nuevo, que ha sido creado según Cristo (Col 3, 9ss). Con razón comienza en sábado, para mostrar que es el Creador, haciendo entrar las obras en la trama de las obras, continuando la obra que ya había comenzado El mismo; como el obrero que se dispone a reparar una casa: no comienza a destruir lo arruinado por los cimientos, sino por el tejado. De este modo, Él pone la mano primero allí donde antes había terminado.
  3. Comienza por lo de menos monta para venir a lo de mayor consideración: librar del demonio lo pueden hacer los hombres —pero, ciertamente, por la palabra de Dios—; resucitar a los muertos sólo es propio del poder de Dios.
  4. Y que nadie se inquiete si en este libro se nos muestra al demonio pronunciando el primero el nombre de Jesús de Nazaret. No quiere decir eso que Cristo haya recibido tal nombre de él, ya que del Cielo lo trajo un ángel a la Virgen. Es propio de su impudor pretender la primacía en cualquier cosa entre los hombres y presentar a los hombres una estudiada novedad, para inspirar terror a su poder. Más aún, en el Génesis,
  5. es el primero que pronuncia el nombre de Dios, según se lee: Dijo a la mujer: ¿Conque os ha mandado Dios que no comáis de los árboles todos del paraíso? (Gn 3, 1).
  6. Los dos, pues, fueron engañados por el diablo, sanados por Cristo. Continúa, prosigue, aprende los misterios del texto evangélico, y en las dos curaciones reconoce el misterio de la salvación común: Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados (1 Co 15, 22).
  7. (…) Con razón había en la sinagoga un hombre poseído del espíritu inmundo, porque había perdido el Espíritu Santo. El diablo había entrado en el lugar de donde había salido Cristo. Al mismo tiempo se nos muestra que la naturaleza del diablo no es mala y que sus obras son inicuas: pues al que en virtud de su naturaleza superior reconocía como Señor, por sus obras lo reniega (…).
  8. No obstante estas cosas, desde un punto de vista más profundo, debemos entender aquí la salud del alma y del cuerpo: en primer lugar es librarse el alma, que fue engañada por los errores de la serpiente; pues el alma no sería jamás vencida por el cuerpo si antes no fuese tentada por el diablo. Efectivamente, desde el momento que el alma mueve, vivifica y conduce al cuerpo, ¿cómo podría dejarse llevar de sus incentivos si no estuviese enredada con los lazos de un poder más elevado? Así Eva no experimentó el hambre hasta que no fue tentada por la astucia de la serpiente; por eso el remedio salvador debía obrar primero contra el autor mismo del pecado (S. Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L. 4, 57-64, BAC, Madrid, 1966).

 

Papa Francisco

Ángelus

Plaza de San Pedro

Domingo, 1 de febrero de 2015

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasaje evangélico de este domingo (cf. Mc 1, 21-28) presenta a Jesús que, con su pequeña comunidad de discípulos, entra en Cafarnaún, la ciudad donde vivía Pedro y que en esa época era la más grande de Galilea. Y Jesús entró en esa ciudad.

El evangelista san Marcos relata que Jesús, al ser sábado, fue inmediatamente a la sinagoga y comenzó a enseñar (cf. v. 21). Esto hace pensar en el primado de la Palabra de Dios, Palabra que se debe escuchar, Palabra que se debe acoger, Palabra que se debe anunciar. Al llegar a Cafarnaún, Jesús no posterga el anuncio del Evangelio, no piensa en primer lugar en la ubicación logística, ciertamente necesaria, de su pequeña comunidad, no se demora con la organización. Su preocupación principal es comunicar la Palabra de Dios con la fuerza del Espíritu Santo. Y la gente en la sinagoga queda admirada, porque Jesús «les enseñaba con autoridad y no como los escribas» (v. 22).

¿Qué significa «con autoridad»? Quiere decir que en las palabras humanas de Jesús se percibía toda la fuerza de la Palabra de Dios, se percibía la autoridad misma de Dios, inspirador de las Sagradas Escrituras. Y una de las características de la Palabra de Dios es que realiza lo que dice. Porque la Palabra de Dios corresponde a su voluntad. En cambio, nosotros, a menudo, pronunciamos palabras vacías, sin raíz o palabras superfluas, palabras que no corresponden con la verdad. En cambio, la Palabra de Dios corresponde a la verdad, está unida a su voluntad y realiza lo que dice. En efecto, Jesús, tras predicar, muestra inmediatamente su autoridad liberando a un hombre, presente en la sinagoga, que estaba poseído por el demonio (cf. Mc 1, 23-26). Precisamente la autoridad divina de Cristo había suscitado la reacción de Satanás, oculto en ese hombre; Jesús, a su vez, reconoció inmediatamente la voz del maligno y le «ordenó severamente: “Cállate y sal de él”» (v. 25). Con la sola fuerza de su palabra, Jesús libera a la persona del maligno. Y una vez más los presentes quedan asombrados: «Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen» (v. 27). La Palabra de Dios crea asombro en nosotros. Tiene el poder de asombrarnos.

El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a quienes son esclavos de muchos espíritus malignos de este mundo: el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad… El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. El Evangelio es capaz de cambiar a las personas. Por lo tanto, es tarea de los cristianos difundir por doquier la fuerza redentora, convirtiéndose en misioneros y heraldos de la Palabra de Dios. Nos lo sugiere también el pasaje de hoy que concluye con una apertura misionera y dice así: «Su fama —la fama de Jesús— se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea» (v. 28). La nueva doctrina enseñada con autoridad por Jesús es la que la Iglesia lleva al mundo, juntamente con los signos eficaces de su presencia: la enseñanza autorizada y la acción liberadora del Hijo de Dios se convierten en palabras de salvación y gestos de amor de la Iglesia misionera. Recordad siempre que el Evangelio tiene la fuerza de cambiar la vida. No os olvidéis de esto. Se trata de la Buena Noticia, que nos transforma sólo cuando nos dejamos transformar por ella. Por eso os pido siempre tener un contacto cotidiano con el Evangelio, leerlo cada día, un trozo, un pasaje, meditarlo y también llevarlo con vosotros adondequiera que vayáis: en el bolsillo, en la cartera… Es decir, nutrirse cada día en esta fuente inagotable de salvación. ¡No os olvidéis! Leed un pasaje del Evangelio cada día. Es la fuerza que nos cambia, que nos transforma: cambia la vida, cambia el corazón.

Invoquemos la maternal intercesión de la Virgen María, quien acogió la Palabra y la engendró para el mundo, para todos los hombres. Que Ella nos enseñe a ser oyentes asiduos y anunciadores autorizados del Evangelio de Jesús (cf. vatican.va).

NOTA: Las palabras en negrita han sido resaltadas por la web de Prado Nuevo.

 

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