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Muerte de Jesús

 

CAPÍTULO XVI

Nuestro amable Redentor se acerca al fin de su carrera. Contempla, alma mía, aquellos ojos que se obscurecen, aquel hermoso rostro que se torna pálido, aquel corazón que palpita con lentitud, aquel sagrado cuerpo que se abandona a la muerte. Después de haber gustado el vinagre, dijo Jesús: «Todo está consumado»[1]. Estando ya próximo a expirar, recorrió con la mente todos los trabajos de su vida; la pobreza, los sudores, las injurias y agravios que había recibido, y ofreciéndolo de nuevo al Eterno Padre, dijo: Todo está cumplido; se ha consumado todo lo que de mí escribieron los profetas, y está también terminado el sacrificio que Dios aguardaba para aplacar su cólera y para satisfacer su justicia irritada. Todo está cumplido, dijo Jesús vuelto a su Padre; y volviéndose a nosotros torna a repetir: «Todo está terminado». Como si dijera: «Mirad, ¡oh, hombres!, que de mi parte he hecho cuanto estaba de mi mano para salvaros y ganar vuestro amor; he hecho lo que podía; haced ahora de vuestra parte lo que os corresponde; amadme, y no rehuséis amar a un Dios que ha llegado hasta morir por conquistar vuestro corazón. ¡Oh Salvador mío!, ojalá que también yo en la hora de mi muerte pudiera decir, a lo menos en lo que me queda de vida: Señor, todo está consumado; he cumplido vuestra santísima voluntad, os he obedecido en todo. Dadme fuerza, Jesús mío, porque, ayudado de vuestra gracia, me propongo, y así lo espero, agradaros y complaceros en todas las cosas.

Entonces Jesús, dice San Lucas, clamando con una voz muy grande dijo. Padre mio, en tus manos encomiendo mi espíritu[2]. Éstas fueron las últimas palabras que Jesús pronunció en la cruz. Viendo que su bendita alma estaba ya para separarse de su lacerado cuerpo resignado a la voluntad divina y con filial confianza, dijo: Padre mío, te encomiendo mi alma. Como si dijera: Yo, Padre mío, no tengo voluntad propia ni quiero vivir ni morir; si es vuestro deseo que siga padeciendo en la cruz, dispuesto estoy a ello. En vuestra manos encomiendo mi espíritu, para que hagáis de mí lo que os agrade. ¡Ojalá que cuando nos hallamos en la cruz del sufrimiento habláramos de la misma suerte abandonándonos en las manos de Dios, para que obrara según su beneplácito! Este total abandono en las manos de Dios, dice San Francisco de Sales, es el fundamento de toda nuestra perfección. Éstas deben ser nuestra disposiciones, de modo especial en la hora de la muerte; mas para hacerlo bien en aquel trance supremo, debemos ejercitarnos con frecuencia en ello durante la vida. ¡Oh Jesús mío!, en vuestras manos deposito mi vida y mi muerte, a Vos me entrego en total abandono; desde ahora os recomiendo mi alma, para que cuando llegue al término de mi carrera os dignéis recibirla dentro de vuestras llagas, así como vuestro Padre recibió vuestro espíritu al expirar en la cruz.

Jesús, por fin, va a exhalar el postrer suspiro. Venid ángeles del cielo, venid a asistir a la muerte de vuestro Dios. Y Vos, ¡oh María!, Madre de los dolores, acercaos mas a la cruz, alzad los ojos para mirar con más atención a vuestro Hijo, porque está próximo a expirar. Ya el Redentor llama a la muerte y le da licencia para que se acerque a quitarle la vida. Ven, muerte, le dice, ven pronto, cumple tu oficio, quítame la vida y salva a mis amadas ovejas. En aquel momento supremo tiembla la tierra, se abren los sepulcros, se rasga el velo del templo. La violencia del dolor acaba finalmente con las débiles fuerzas del moribundo Señor, ya le falta el natural calor, se le apaga la respiracion  desfallece su cuerpo, inclina la cabeza sobre el pecho, abre la boca y expira[3].

Sal, alma hermosísima de mi Salvador, sal de su cuerpo y anda a abrirnos las puertas del Paraíso, hasta ahora cerrado para nosotros; entra y preséntate ante la majestad divina a impetrar para nosotros el perdón y la salvación.

La muchedumbre se vuelve hacia la cruz de Jesús al oír la fuerte voz que dio cuando pronunció las últimas palabras, lo mira con silencio y respetuosa atención, lo ve expirar, y al observar que ya no hace movimiento alguno exclama: Ha muerto, ha muerto. María oye que todos repiten las mismas palabras, y dice también: ¡Ay, mi Hijo ha muerto! Ha muerto, pero, Dios grande, ¿quién ha muerto? El autor de la vida, el Unigénito de Dios, el Señor del mundo.¡Oh muerte, que fuiste el espanto de la naturaleza! ¡Un Dios morir por sus criaturas! ¡Oh caridad infinita! Sacrificarse todo un Dios, sacrificar sus delicias, su honor, su sangre, su vida, y ¿por quién?; por sus ingratas criaturas; y muere en un mar de dolores y desprecios para pagar la deuda por nuestras culpas.

Almamía, levanta los ojos y mira a este Hombre crucificado; mira al Cordero divino sacrificado sobre el altar de la cruz; considera que es el Hijo predilecto del Padre eterno, y que ha muerto por el amor que te profesa. Mira cómo tienen los brazos abiertos para abrazarte, la cabeza inclinada para darte el beso de paz, el costado abierto para darte entrada en su corazón. ¿Merece ser amado un Dios tan bueno y tan amoroso? ¿Qué respondes a esto? -Hijo mío, te dice Jesús desde lo alto de la cruz, mira si ha habido en el mundo quien te haya amado mas que tu Dios.

¡Oh Dios mío, y Redentor mío!, ¿conque Vos habéis muerto por mí con la muerte del más infame y dolorosa para ganar mi amor? Pero ¿cuándo el amor de una pura criatura podrá corresponder al amor de un Dios muerto por ella?¡Oh adorado Jesús mío! ¡Oh amor de mi alma! ¿Cómo podré olvidarme de Vos?, ¿cómo podré negaros mi amor después de haberos visto morir de dolor sobre esa cruz para saldar la deuda de mis pecados y salvarme? ¿Cómo podré contemplaros muerto y colgado de este infame madero y no amaros con todas mis fuerzas? ¿Cómo podré pensar que mis culpas os han reducido a tal extremo de dolor y no llorar con lágrimas del corazón las ofensas que os he hecho?

Si el último de los hombres hubiese padecido por mí lo que sufrió Jesucristo; si vieses a un hombre desgarado a puros azotes, clavado en una cruz y afrentado por las gentes a fin de salvarme la vida, ¿podría acordarme de él sin derretirse de amor mi corazón? Y si me presentasen el retrato de aquel hombre muriendo en el afrentoso madero, ¿pudiera mirarlo con indiferencia, diciendo: este desventurado ha muerto en un mar de tormentos por que me amaba; si me hubiera amado menos, no hubiera muerto de esta suerte?¡Ah!, cuántos cristianos tienen en su aposento artístico Crucifijo, pero únicamente como mueble de lujo; ponderan su estructura, se detienen a contemplar la expresión de dolor que se dibuja en el rostro, pero en su corazón no tienen efecto alguno, como si no fuese la imagen del Verbo encarnado, sino la de un hombre extraño y para ellos desconocido.

¡Ah Jesús mío!, no permitáis que yo sea del número de estos desgraciados. Acordaos que habéis prometido atraer hacia Vos todos los corazones cuando fueseis clavado en lo alto de la cruz. Aquí tenéis mi corazón, que, ablandado en presencia de vuestra muerte, no quiere resistir por más tiempo a vuestra voz: atraedlo, pues, a Vos con los lazos de vuestro amor. Vos habéis muerto por mí, y yo no quiero vivir más que para Vos. Dolores de Jesús, ignominias de Jesús, muerte de Jesús, amor de Jesús, tomad posesión de mi corazón, y vuestro dulce recuerdo sirva para herirme de continuo e inflamarme en el amor de Jesús.

¡Oh Padre Eterno!, mirad a Jesús, vuestro Hijo, muerto por mi amor, y por sus méritos, tened misericordia de mí. Alma mía, no desconfíes por los pecados que has cometido, porque Dios es el que ha enviado su Hijo a la tierra para salvarnos; y Jesús es el que voluntariamente se ha ofrecido a pagar las deudas de nuestros pecados. ¡Ah Jesús mío!, ya que para perdonarme no os habéis a Vos mismo perdonado, miradme con la misma compasión que me tuvisteis un día cuando estabais agonizando en la cruz; miradme, pues, iluminadme y perdonadme sobre todo la ingratitud con que os he correspondido, pensando tan poco durante mi vida en vuestra Pasión y en el amor que me habéis manifestado. Gracias os doy por las luces que hoy me comunicáis, dándome a conocer, a través de vuestra llagas y desgarrados miembros, el grande y tierno afecto que me conserváis en el fondo de vuestro corazón.¡ Desventurado de mí!, si después de tantas luces no os amase o amase a las criaturas más que a Vos. «Muera yo, os diré con el enamorado San Francisco de Asís, por vuestro amor, Jesús mío ya que por mi amor os habéis dignado morir.» ¡Oh corazón abierto de mi Redentor!, mansión dichosa donde descansan las almas amantes, no os desdeñéis de recibir también a mi pobre alma:¡Oh María, Madre de los dolores!, encomendadme a vuestro Hijo, que tenéis muerto en vuestros brazos. Mirad sus laceradas carnes, mirad su sangre divina por mí derramada, y por aquí llegaréis a comprender cuán agradable le será que le encomendéis mi salvación. Mi salvación está cifrada en amar a Jesús; alcanzadme Vos este amor, pero amor grande y eterno.

Hablando San Francisco de Sales de aquellas palabras de San Pablo: la caridad de Cristo nos estrecha, se expresa de esta manera: «Saber que Jesucristo, nuestro verdadero Dios nos amó hasta sufrir la muerte afrentosa de la cruz, ¿no es sentir como aprensados nuestros corazones y apretados con fuerza para exprimir de allos el amor con una violencia que cuanto es más fuerte es tanto más deleitosa?». En otro lugar dice el Santo que «el monte Calvaio es el monte de los amantes». Y luego añade: «Y ¿por qué no nos abrazamos a Jesús crucificado para morir con Él en la cruz, ya que por nuestro amor quiso en ella morir? Sí, yo le abrazaré, debiéramos decir, y no le soltaré jamás; moriré con Él y con Él me abrasare en las llamas de su amor. Un mismo fuego consumirá a este divino Creador y a su miserable creatura; mi Jesús es todo mio, y yo quiero ser todo suyo. viviré y moriré sobre su pecho, y ni la muerte ni la vida serán poderosos para separarme de Él»[4].

«¡Oh amor eterno!, mi alma os busca y os elige por eterno dueño y señor. ¡Venid Espíritu divino, e inflamad nuestros corazones con el fuego de vuestro amor! O amar, o morir. Morir a todo otro amor, para vivir en el de Jesús. ¡Oh Salvador de nuestras almas!, haced que cantemos eternamente: ¡Viva Jesus mi amor, viva Jesús a quien amo; amo a jesús que vive por los siglos de los siglos!»[5].

Concluyamos diciendo: ¡Oh Cordero de Dios, que os habéis sacrificado por nuestra salvación!; ¡oh víctima de amor inmolada sobre la cruz entre inmensos dolores, ojalá que supiera amaros como Vos lo merecéis!; ¡quién pudiera morir por Vos, como Vos habéis muerto por mí! Ya que mis pecados han sido para Vos una fuente de dolores durante toda vuestra vida, haced que mientras viva me esfuerce en agradaros y complaceros a Vos solo, que sois mi amor y mi todo.

¡Oh María, Madre mía! Vos sois mi esperanza, alcanzadme la gracia de amar a Jesús.

[1] Jn 19, 30

[2] Lc 23, 46

[3] Jn 19, 30

[4] Amor de Dios, Lib. 7, c. 8

[5] Ibid., Lib. 12, c. 13

(Texto de San Alfonso María de Ligorio sobre la Pasión del Señor)

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