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I DOMINGO DE CUARESMA (B)

 

EVANGELIO

Era tentado por Satanás, y los ángeles lo servían (cf. Mc 1, 12-15)

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían. Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:

«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».

 

Palabra del Señor.

 

LECTURA ESPIRITUAL Y HOMILÍA

Dificultad exegética sobre san Lucas. Las tentaciones capitales

    1. ¿Y cómo dice Lucas que consumó el diablo toda tentación? A mi parecer, porque, habiendo hablado de las principales tentaciones, a éstas dio nombre de todas, como quiera que las demás están incluidas en ellas. A la verdad, ser esclavo del vientre, obrar por vanagloria y sufrir la locura del dinero, son cosas que comprenden en sí infinitos males. Muy bien se lo sabía aquel maldito, y por eso pone al fin la pasión más fuerte de todas: la codicia de tener cada vez más. De muy arriba, desde el principio, sentía él como dolor de parto por llegar ahí, pero lo guardaba para lo último, como el más fuerte golpe que le pensaba asestar al Señor. Es ésta vieja ley suya de lucha: dejar para lo postrero lo que mejor puede derribar a su víctima.

Así lo hizo con Job. Y así también aquí: empezando por lo que parecía más despreciable y débil, fue avanzando hacia lo más fuerte. ¿Cómo hay, pues, que vencerlo? Del modo que Cristo nos ha enseñado: refugiándonos en Dios, sin abatirnos por el hambre, pues tenemos fe en el que puede alimentarnos con sola su palabra, y sin tentar, en los bienes mismos que hemos recibido, al mismo que nos los ha dado. Contentémonos con la gloria del Cielo y no hagamos caso alguno de la humana. Despreciemos en todo momento lo superfluo a nuestra necesidad. Nada, en efecto, nos somete tanto al diablo como el ansia de poseer siempre más y más; nada tanto como la pasión de la avaricia. Fácil es verlo por lo que ahora mismo está sucediendo. Porque también ahora hay quienes dicen: «Todo esto te daremos si, postrado en tierra, nos adoras». Cierto que éstos son hombres por naturaleza, pero se han convertido en instrumentos del demonio. Porque tampoco a Cristo en su vida mortal le atacó sólo por sí mismo, sino también por medio de ministros suyos. Es lo que declaró Lucas cuando dijo que se retiró de Él hasta otra ocasión, dando a entender que, después de esto, le atacó también por medio de instrumentos suyos.

Imitemos a Jesús en nuestra lucha contra el diablo

Y he aquí que ángeles se le acercaron y le servían. Mientras duró la batalla, no dejó que aparecieran los ángeles, con el fin de no espantar la caza; mas, una vez que confundió en todo al enemigo y le obligó a emprender la fuga, entonces aparecieron aquéllos. Aprended de ahí que también a vosotros, después que hayáis vencido al diablo, os recibirán los ángeles entre aplausos y os acompañarán por dondequiera como una guardia de honor. De este modo, en efecto, se llevaron los ángeles a Lázaro, salido que hubo de aquel horno ardiente de la pobreza, del hambre y de la estrechez más extrema. Ya os lo he dicho antes: muchas son las cosas que aquí muestra Cristo de que hemos de aprovecharnos nosotros.

Como quiera, pues, que todo esto ha sucedido por nosotros, emulemos e imitemos también su victoria. Si se nos acerca uno de esos servidores que tiene el demonio, y que piensan como él, para provocarnos y decirnos: «Si eres hombre admirable y grande, traslada de sitio esta montaña», no nos turbemos ni escandalicemos. Respondamos con moderación y con las mismas palabras que oímos pronunciar al Señor: No tentarás al Señor, Dios tuyo. Si nos pone delante la gloria y el poder, si nos ofrece muchedumbre sin término de riqueza a condición de que le adoremos, mantengámonos firmes valerosamente. Porque no se contentó el diablo con tentar al común Señor nuestro. Cada día emplea sus mismas artes con cada uno de sus siervos, no sólo en los montes y soledades, sino también en las ciudades, en las públicas plazas, en los tribunales; y no sólo nos ataca por sí mismo, sino valiéndose también de hombres de nuestro mismo linaje.

¿Qué tenemos, pues, qué hacer? Negarle absolutamente fe, taparnos los oídos, aborrecer sus adulaciones y volverle tanto más resueltamente las espaldas cuanto mayores promesas nos haga. A Eva, cuanto más la levantó con locas esperanzas, más profundamente la derribó y mayores males le acarreó. Es enemigo implacable y nos tiene declarada guerra sin tregua. No es tanto el empeño que nosotros tenemos por nuestra salvación, como el que pone él por nuestra perdición. Rechacémosle, pues, no sólo con palabras, sino también con obras; no sólo con la intención, sino también con la acción. No hagamos nada de lo que el diablo quiere, y así haremos todo lo que quiere Dios.

Mucho, en efecto, nos promete; pero no para dar, sino para quitar. Promete del robo para arrebatarnos el reino de los cielos y su justicia. Promete en la tierra tesoros, como lazos y redes, a fin de privarnos de esos y de los cielos. Quiere que seamos ricos aquí, para que no lo seamos después (S. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 13, 4 [BAC, Madrid, 1955]).

Las tentaciones del Señor

(Alfredo Sáenz, S. J.)

Comenzamos hoy el tiempo de Cuaresma, escuchando el Evangelio de las tentaciones de Jesús. El Señor, después de su Bautismo, como un atleta que se prepara para la vida apostólica, se dirigió al desierto, o mejor, “el Espíritu lo llevó al desierto”.

  1. EL DESIERTO

El llamado del desierto resuena en todas las etapas de la historia de la salvación. En la Sagrada Escritura el desierto se nos muestra, ante todo, como el lugar donde se encuentra a Dios. Fue allí donde Israel halló por vez primera a su Señor, hacia allí se dirigió Moisés conduciendo sus rebaños, y en una zarza ardiente se le apareció Yavé. En el desierto habitaba el Señor, y en el Sinaí reveló su Alianza. Tras la infidelidad del pueblo al compromiso contraído, el profeta Oseas anunciaría que, como lo había hecho antaño, el Señor conduciría allí una vez más a su pueblo, personificado bajo los rasgos de una esposa infiel: “La seduciré y la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”.

Pero el desierto no es sólo el lugar donde se encuentra a Dios. Es también el teatro de las tentaciones más terribles y la morada del demonio. El primer castigo de Dios por la desobediencia del Paraíso fue precisamente la maldición del suelo, que en adelante no produciría sino espinas y abrojos: la aridez del desierto es, pues, una consecuencia del pecado del hombre. Por eso no resulta extraño que la misma travesía del Pueblo elegido por el desierto fuese descrita en términos patéticos: “Yavé te ha conducido a través de vasto y horrible desierto de serpientes de fuego y escorpiones, tierra árida y sin aguas”.

Los profetas, por su parte, amenazaron al pueblo traidor con la vuelta al desierto. Y para Isaías el juicio de las naciones sería como una recaída en lo desértico: los palacios se llenarán entonces de gatos monteses y de víboras. También en el Nuevo Testamento el desierto conserva este significado siniestro de habitáculo del demonio: “Cuando el espíritu impuro sale de un hombre —enseñó Jesús—, discurre por lugares áridos, buscando reposo, y no lo halla”. ¿Cómo conciliar estas dos significaciones tan diversas del desierto: tierra de los esponsales divinos con el hombre y suelo de maldición, Dios y demonio? ¿Cómo es posible que el pueblo elegido encontrara a Dios en el desierto y allí lo conociera por su nombre, en ese mismo desierto que seguía siendo a sus ojos un abrigo de bestias feroces, y cuyo suelo desnudo ofrecía el espectáculo de una tierra de maldición? Lo que pasa es que el desierto, por designio del Altísimo, era la palestra de una lucha, el lugar del combate que libran Dios y Satanás. Por eso en el desierto fue tentado Cristo. Y por eso en los primeros siglos del cristianismo, los anacoretas se encaminaron al desierto: para participar en el combate apocalíptico contra las fuerzas del mal.

  1. EL HECHO

En este escenario el demonio se acerca al Señor. El Evangelio es simple: “Estuvo cuarenta días [en el desierto] y fue tentado por Satanás”. Sabemos por lo demás evangelistas cuáles fueron las tres tentaciones: convierte estas piedras en pan, tírate de las alturas porque los ángeles te sostendrán, te daré todo el mundo si postrándote me adorares. Bien advierte el P. Castellani que el diablo promete las cosas de Dios. Su caída fue precisamente por querer “ser como Dios”. Cristo podía procurarse pan con esperar un poco (“y los ángeles se lo sirvieron”). El diablo empuja, precipita, es la espuela del mundo, invita a anticipar, a llegar antes. A los primeros hombres les dijo: “Seréis como dioses”, que era, efectivamente, lo que Dios se proponía hacer con ellos por la gracia y la visión beatífica: “Entonces seremos como él, porque lo veremos como él es”, dice San Juan. Así, pues, a Jesús el demonio lo tentó de acuerdo a lo que habría de lograr un día: Cristo habría de convertir las piedras de la gentilidad en el pan de su Cuerpo Místico haciendo de esas piedras hijos de Abraham (y cuando quiso, cambió en Caná el agua en vino, anticipando allí su manifestación). Cristo habría de ascender visiblemente rodeado de ángeles hacia el cielo delante de sus Apóstoles y de quinientos discípulos. Finalmente algún día Cristo será reconocido como Rey universal del mundo entero, como lo es desde ya en derecho y esperanza. Por eso, a las intrigas del demonio, Cristo responde siempre con la Palabra de Dios. Este Evangelio es un gran encomio de la Escritura: Jesús venció “de palabra”, con la eficacia de la Palabra de Dios. Dice el Evangelio que el demonio lo dejó por un tiempo. Era el primer episodio de la lucha cósmica entre Cristo y Satanás. Este lo seguiría molestando en su vida pública, hasta el Huerto, hasta la Cruz, incluso, cuando dijera por la boca miserable de aquellos circunstantes: Si eres Hijo de Dios, baja y creeremos en Ti.

  1. EL MISTERIO

Tal es el hecho. Pasemos ahora a considerar el “misterio”, es decir, lo que se esconde tras el hecho. Cristo se dirigió al desierto para luchar contra el demonio y librar así del destierro a Adán, que había sido expulsado del Paraíso al páramo de abrojos. La tentación del Desierto constituye una réplica exacta de la tentación del Paraíso. Sólo que aquí el tentado resulta triunfador. Mas observemos que Cristo no sólo quiso vencer al demonio, sino también derrotarlo de la misma forma como nuestro primer padre hubiera debido hacerlo.

Cristo es acá un hombre que, como Adán, nos representa a todos. Entonces el demonio se acercó con la mentira, y acá es derrotado con la verdad de Dios. Allí indujo al orgullo, y acá es vencido con la humildad. Allí excitó a la soberbia, y aquí ve cómo se desprecia el vano dominio del mundo. Allí intentó desmentir a Dios, y acá es rechazado con la Palabra de Dios. Allí consiguió que el hombre fuera arrojado del Paraíso, acá fue él quien resultó expulsado. Allí la desobediencia, aquí la obediencia. Allí un ángel flamígero custodiando la puerta del Paraíso, acá los ángeles sirviendo al tentado vencedor. Y así como hemos visto a Cristo retomando la tentación de origen y llevándola a feliz término, podríamos considerar cómo retorna también y corrige la historia del pueblo elegido, que caducó frente a tentaciones muy semejantes a las del Señor, especialmente durante su larga peregrinación por el desierto.

  1. NUESTRA PARTICIPACIÓN

Cristo, como hombre, luchó en nuestro nombre, y como cabeza nuestra. Si el demonio no dejó al Señor después de su bautismo en el Jordán, tampoco nos deja a nosotros después de nuestro bautismo en el que hemos renunciado al demonio y a nuestra primera naturaleza. Y ahora se encarniza más al ver con cuánto empeño nos estamos preparando para celebrar los misterios pascuales. Por eso debemos mirar a Jesús: “No es un Pontífice tal que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas —dice la epístola a los Hebreos—, antes fue tentado en todo a semejanza nuestra…, a fin de hacerse Pontífice misericordioso. Porque en cuanto Él mismo padeció siendo tentado, es capaz de ayudar a los tentados”. Por nosotros vence el que por nosotros se dignó pasar hambre. Sufrió las tentaciones para darnos su victoria. “Cristo fue tentado para que el cristiano no sea vencido”, enseña San Agustín. Mirémonos a nosotros tentados en Él, y reconozcámonos a nosotros vencedores en Él, de modo que podamos exclamar con San Pablo: “Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo”.

Amados hermanos: Si Cristo se ha hecho nuestra esperanza, debemos ver en Él nuestro trabajo penoso y nuestra recompensa gloriosa; el trabajo en su Pasión, y la recompensa en su Resurrección. Tenemos dos vidas: una la de ahora, período de tentación, y otra la que esperamos, época de gozo. Necesariamente habremos de pasar por la tentación para desembocar en el triunfo de la Resurrección. Ahora vemos al Señor tentado por el demonio y ayunando rigurosamente durante cuarenta días. Luego lo veremos también otros cuarenta días, gloriosamente resucitado, comiendo y bebiendo con sus apóstoles.

Jesús en el desierto (Autor: R. Di Cianni)

Jesús en el desierto (Autor: R. Di Cianni)

Son las dos épocas que representan nuestra vida. Vida de tentación y de penitencia la primera, que, si se parece a la de Cristo, nos llevará a la segunda vida, la vida gloriosa, para comer con Él en su misma mesa del Cielo. Mientras quedamos a la espera de la victoria final, podemos ya desde hoy tomar parte en el banquete del Señor, el cual nos invita a su doble mesa: “No sólo de Pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”, la mesa del Pan y la mesa de la Palabra. La Palabra de Dios debe ser uno de nuestros alimentos durante la presente Cuaresma: para significar esto nos abstenemos un poco en las comidas. Pero al mismo tiempo Cristo ha dicho que Él es el Pan bajado del Cielo, el Pan de los vencedores, el maná que sale de la boca de Dios. Pidámosle hoy, cuando entre en nuestros corazones por la Eucaristía, que aniquile en nosotros todo lo que en nuestro interior quede del hombre viejo, que desbarate las complicidades que todavía podamos mantener con el Tentador. Que sea el Más Fuerte que entra en nuestra casa para expulsar al Fuerte, de manera que, expeliendo al demonio de nuestras almas, nos prepare mejor para gozar de las alegrías pascuales. (Sáenz, A., Palabra y vida, Gladius, Buenos Aires, 1993, pp. 81-86).

NOTA: Las palabras en negrita han sido resaltadas por la web de Prado Nuevo.

 

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