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Las consecuencias del pecado

 

Mensaje del 11 de Diciembre de 1981

Ante el sufrimiento que padece Luz Amparo, le dice el Señor en las primeras líneas de este mensaje: «Recibe esta cruz con todo respeto, hija mía, con todo respeto y amor por la salvación de tantas almas que están en pecado mortal». ¡Qué terrible es el pecado y qué fatales son sus consecuencias!: todo el dolor físico y moral, las enfermedades, la muerte, el odio, las guerras, las catástrofes de toda índole, etc., son la triste herencia del pecado original y de los pecados que el ser humano ha cometido a lo largo de la Historia. Refiriéndose a Jesucristo y a su conocimiento íntimo del hombre, explica san Juan Pablo II: «Era también plenamente consciente de las consecuencias del pecado, de aquel “misterio de iniquidad” que actúa en los corazones humanos como fruto amargo del ofuscamiento de la imagen divina» .

Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, mas el pecado desfigura nuestras almas en tal grado que no alcanzamos a imaginar. Escuchemos la voz de los santos; sus fervorosas palabras nos moverán a aborrecer el pecado:

  • «En las llagas de Cristo leeremos la malicia del pecado» (S. Alfonso María de Ligorio).
  • «Si los ángeles pudieran llorar, llorarían al ver la ruina que causa al alma quien comete un pecado mortal» (S. Francisco de Sales).
  • «Tened esta cuenta y aviso —que importa mucho— que no os descuidéis hasta que os veáis con tan gran determinación de no ofender al Señor, que perderíais mil vidas antes que hacer un pecado mortal, y de los veniales estéis con mucho cuidado de no hacerlos»[1] (Sta. Teresa de Jesús).
  • «Si tuviésemos fe y si viésemos un alma en estado de pecado mortal, nos moriríamos de terror»[2] (Santo Cura de Ars).
  • «Si estamos atentos, comprenderemos que hay muertes más temibles que la de Lázaro: todo hombre que peca muere. Todo hombre teme la muerte corporal; pero hay pocos que teman la muerte del alma (…). El hombre mortal se esfuerza por no morir, y el hombre destinado a vivir eternamente, ¿no se ha de esforzar en no pecar?»[3] (S. Agustín).

Cuando pecamos gravemente ofendemos a Dios, nos dañamos a nosotros mismos y perjudicamos al prójimo por las repercusiones que tiene el pecado en los demás, al ser todos miembros de un mismo Cuerpo. El pecado hace perder el rumbo y sentido de la vida, oscurece la conciencia y obnubila la razón, dejando el alma desamparada y a merced de sus enemigos; es, sin duda alguna, la mayor tragedia que puede acaecerle a un cristiano.

El mundo, «esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado» (Gaudium et spes, 2).

El Concilio Vaticano II, en su constitución Gaudium et spes, enseña: «Tiene, pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación» (nº 2).

Durante el mensaje, el Señor transmite a Luz Amparo una oración de gran belleza, que reúne, al mismo tiempo, ofrecimiento, aceptación, invita a rogar por la conversión de las almas, mueve a la penitencia como virtud y anima a recibir el sacramento de la Reconciliación, pidiendo por los sacerdotes y todas las almas… La reproducimos, pues se trata de la oración más extensa y completa enseñada por el Cielo en Prado Nuevo:

 

«Padre Eterno, por la Pasión de tu Hijo, por lo que Él sufrió, por esos dolores tan inmensos, yo me uno a esa cruz. ¡Oh Padre mío!, ¡oh Padre Celestial!, mira las llagas de vuestro Hijo, y dígnate recibirlas, para que las almas se abran a los toques de la gracia. Que los clavos que taladraron sus manos y sus pies traspasen los corazones endurecidos por el pecado. Que su Sangre los ablande y los mueva a hacer penitencia. Que el peso de la Cruz sobre los hombros de vuestro Divino Hijo mueva a las almas a descargar el peso de sus delitos en el tribunal de la Penitencia. Te pido, Padre Eterno, por todas esas almas.

Por la Pasión de tu Hijo te ofrezco todos mis dolores. También te ofrezco, ¡oh Padre Celestial!, esta corona de espinas de vuestro amado Hijo; por estos dolores os pido por los sacerdotes: que su vocación sea más grande, que sean puros, que sean buenos hijos de Dios, dignos de consagrar los santos misterios de la Santa Misa. También te ofrezco lo que padeció tu Hijo amarrado a esa cruz, su ardiente sed y todos los demás tormentos de su agonía por todos los pecadores, para que se arrepientan de sus culpas y para que por esa perseverancia que vuestro Hijo os rogó por los mismos que le estaban crucificando y con esa humildad os pedía: “Perdonadlos, que no saben lo que se hacen”, os ruego concedáis a todas las almas que tengan un gran amor al prójimo y que sean fieles a vuestro Hijo. Sí, Jesús mío, os lo ruego porque Jesús me lo pide».

En otro fragmento del mensaje le enseña, además, una nueva oración para cuando se sienta afligida:

«Haz un acto de desagravio y repite en cada momento: ¡Oh Dios, infinitamente santo! Me postro humildemente delante de vuestra Divina Majestad; os adoro, os pido por vuestro Divino Hijo, os pido por el Papa; también os pido que perdonéis a tantos pecadores que os ofenden». (Continuará).

 

[1] Mulieris dignitatem, 12.

[2] Camino de perfección, c. 41, 3 (Códice de Valladolid).

[3] Cit. por Juan XXIII, Sacerdotii nostri primordia.

[4] Trat. Evang. S. Juan, 49.

(Revista Prado Nuevo nº 22. Comentario a los mensajes) 

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