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Marta Nogueria (reparadora)

 

««En el camino de Cristo, tenemos que aprender a coger espinas y dejar rosas, siempre sonreír aunque duela el corazón».

El día 1 de septiembre de 2012, cuando estaba de peregrinación en Prado Nuevo (El Escorial), Dios vino a mi encuentro de una forma inexplicable, pero muy clara. Me llamó a seguirle como su esposa de inmediato. Mas, ¿cómo dejar una vida —familia, amigos, profesión, país, bienes, sueños…— de un día para otro? Por otro lado, ¿cómo decir no a un Dios que me creó y me (nos) ama hasta el punto de dar su vida por mí (nosotros)?

En la oración, conseguí reunir fuerzas para confiar en el Señor y dar mi «sí», entrando como Reparadora de la Virgen de los Dolores, al día siguiente.

No volví a casa, no me despedí ni siquiera de los pocos familiares que iban conmigo en la peregrinación, a excepción de mi padre. No tenía fuerzas para tanto.

En estos años de vida religiosa, he aprendido a seguir a Jesús, negándome a mí misma y dedicándome a los demás, en particular a los enfermos. Como dice nuestra Fundadora, Luz Amparo: en el camino de Cristo, tenemos que aprender a coger espinas y dejar rosas, siempre sonreír aunque duela el corazón.

Pero cargar la cruz también trae alegría. Y es que cuanto más me entrego a Dios, Él me toma como suya y comparte con mi corazón su amor y grandeza. Además de derramar más gracias en mí y en los demás que están próximos a mí.

No dejé de amar a los seres queridos que dejé —más bien al contrario—, pero tuve que seguir mi fe y los principios que siempre me caracterizaron, abandonándome en Dios y confiando que estaremos eternamente juntos.

En la vida de Reparadora está Dios presente en las más pequeñas cosas, como en una sonrisa a un abuelo impaciente. Es un testimonio de presencia de Cristo entre nosotros, transmitido a una persona necesitada de cariño. Y qué bonito es ver cómo el amor que vamos practicando día a día da sus frutos enseguida, como en la expresión alegre de una persona enferma y con depresión, o en mejorías significativas, como volver a andar o a cantar en personas mayores, que ya habían perdido el gusto por la vida.

Vale la pena seguir a Dios por el camino que Él deseó en exclusividad para nosotros. No hay que tener miedo de subir al Calvario, pues el mismo Cristo nos muestra que en seguirle está la felicidad eterna. Por eso, estemos siempre atentos a oír la voz del Señor, y preparados para seguir sus pasos.

 

 

(Revista Prado Nuevo nº 22. Testimonios)

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