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La generosidad de los pobres

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 3)

El P. Arturo Martín Menoyo, quien fuera delegado de la Santa Sede para el Óbolo de san Pedro, ofreció hace años una charla en Lima, en la que contó una edificante anécdota. El Óbolo de San Pedro es una ayuda económica que los fieles ofrecen al Papa, como expresión de apoyo a la solicitud del Sucesor de Pedro por las muchas necesidades de la Iglesia Católica y las obras de caridad en favor de los más necesitados:

«Parte de nuestro trabajo en el Vaticano es abrir la correspondencia del Papa; todos los días llegan centenares, miles de cartas, sobre todo cuando se acerca el día del Papa, cuando se acerca la Navidad o cuando el Santo Padre sufre alguna intervención quirúrgica (…).
Hace bastantes años, cuando estaba en el Japón, yo me carteaba con gente del mundo entero. Tenía una señora del norte de México, de Tijuana, que estaba pagando ya la tercera beca a un misionero. Yo la tenía considerada como persona pudiente.
Recuerdo que tuve que hacer un viaje a México y regresar a Estados Unidos, y esas cosas que se presentan todos los días en los viajes. Nuestro avión tuvo una avería y aterrizamos en Tijuana a media noche. Pasé la noche como pude y a la mañana siguiente, viendo que todavía no podía continuar mi viaje y que estaba incomunicado, recordé a esta señora que vivía en Tijuana. Tomé un taxi y le dije al taxista: “Quiero que me lleve a tal dirección”. El taxista me miró y me volvió a mirar; yo lo miré…
“¿Conoce usted esta dirección?”. Me respondió que era en las afueras de la ciudad y que el servicio de taxi me saldría muy caro. Yo le dije que para el caso no importaba… “Estaría en el mejor barrio de Tijuana y tendrá una casa preciosa”, pensé dentro de mí.
Y empezamos a salir de un suburbio y a entrar en un barrio donde la gente vivía en unos agujeros, en la ladera del monte; agujeros con puertas de latón. Yo empecé a dudar y le dije al taxista que se había equivocado: “La persona que busco no puede vivir aquí”. Él me respondió con una frase muy típica de México: “Ándale, Padre, usted no sabe lo que puede pasar aquí”.
Pasado un momento, se detiene y dice: “La dirección que usted busca es aquí”, le pedí que me esperara, porque no estaba seguro: “No me vaya a dejar aquí colgado, y después, ¿cómo salgo de aquí?”…
Bajé; había un costal (saco) colgado en la puerta; yo lo levanté un poco y pregunté: “¿Hay alguien aquí?”. Y de adentro, contestó una señora: “Sí”. “¿Cómo se llama usted?”, y me dio su nombre… ¡Era ella! Entonces, me dijo: “Y usted, ¿quién es?”. “Padre Martín, misionero de Japón, y vengo a hacerle una visita”. La mujer se me echó en los brazos llorando, expresando la alegría que sentía por el regalo de Dios de tener el placer inmenso de recibir a un misionero de Japón en su casa.
La pobre no tenía nada. Recuerdo que agarró un vaso roto, partido por la mitad, y me echó un líquido de una botella sucia y me dijo que era «rompope». Yo creo que fue la bebida más rica que he tomado en toda mi vida.
Empezamos a conversar y le pregunté cómo era posible que ella hubiera podido pagar todos estos años tres becas.
“Vea, padre, muy fácil: yo, desde chica, cuando iba al colegio de las monjitas de la Parroquia, me decían que el que “crea” un misionero, salva su alma. Yo tuve siempre la ilusión de tener un misionero. Entonces, le dije a mi “Diosito”: “Que me conserve muy joven para que pueda tener un misionero””. Abrió entonces una puerta y me dijo: “¿Ve usted este carro?” era un coche muy viejo con una puerta rota. Con él voy recogiendo todo lo que encuentro, como lo hace el basurero, y la gente ponen cosas que, después, las voy vendiendo. También lo que me regalan es para las misiones, y con eso, ¿ve?, he pagado las tres becas”.
Éstas son las gentes que salvan a la Iglesia y salvan nuestra fe (Aura, mayo-1999).

¡Qué ejemplo nos dan tantas veces los pobres, lo predilectos del Señor! ¿No nos recuerda esta anécdota a la viuda pobre del Evangelio?: «Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante. Llamando a sus discípulos, les dijo: “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”» (Mc 12, 41-44).

 

(Revista Prado Nuevo nº 14. Anécdotas para el alma)

 

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