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«Dios, ¿por qué a mí?»

Una reflexión a propósito de Arthur Ashe

Ésta es una historia verídica que tuvo como protagonista Arthur Ashe, un gran tenista afroamericano nacido en 1943, en Virginia, Estados Unidos.
Ashe se convirtió en una leyenda del tenis profesional: en 1963 fue el primer jugador afroamericano en formar parte de un equipo estadounidense de Copa Davis; en 1968 ganó el Abierto de los Estados Unidos, su primer Grand Slam, y llevó al equipo de los Estados Unidos a consagrarse campeón de Copa Davis; en 1970 obtuvo su segundo Grand Slam, al ganar el Abierto de Australia; y en 1975 ganó el título en Wimbledon. Además de estos y otros éxitos en el tenis, Arthur Ashe fue un gran  luchador contra las políticas del apartheid en Sudáfrica, debido a que en 1969 le fue denegada una visa de parte del gobierno sudafricano por ser negro. Pero su prueba más dura todavía estaba por venir…

 

Arthur Ashe con el presidente Ronald Reagan (19-7-1982).

Dos grandes lacras

Arthur Ashe tuvo que lidiar con dos de las grandes lacras del pasado siglo. Nació como afroamericano en la Virginia de los 40 —con todo lo que eso suponía— y murió de sida a principios de los 90. No se le recuerda tanto por lo que sufrió, sino por haber sido el único hombre de color que ha ganado el torneo de Wimbledon (además de otros títulos importantes que hemos citado más arriba), si exceptuamos a dos mujeres: las hermanas Williams. A pesar de las dificultades, siempre supo ingeniárselas para salir airoso. Siendo un chico negro de Virginia compitiendo en un deporte tan excluyente como el tenis, donde en ese tiempo las pistas solo eran para blancos, consiguió competir y destacar.
Se vio obligado a retirarse por problemas cardíacos que venían de familia. En 1980 un ataque al corazón le hizo someterse a un cuádruple bypass que casi acaba con su vida. Tuvo complicaciones coronarias y una segunda operación en 1983, que en teoría era para corregirlas, acabó siendo su perdición. En la transfusión de sangre lo infectaron de sida (VIH). En 1988 se le diagnosticó la enfermedad.

 

«…el regocijo puro de la vida viene al tratar de ayudar a otros» (Arthur Ashe)

Una carta y la conmovedora respuesta

Como era una importante figura pública del deporte norteamericano, recibió numerosas cartas de todos los rincones de su país. En una de las misivas, uno de sus fans le cuestionó: —¿Por qué Dios tuvo que seleccionarte a ti para tan fea enfermedad? La respuesta de Arthur Ashe invita a una bella reflexión: —En el mundo hay 50 millones de niños que comienzan a jugar al tenis, 5 millones aprenden a jugarlo, 500.000 alcanzan un nivel profesional, 50.000 entran al circuito profesional, 5.000 logran jugar en torneos importantes, 50 llegan a Wimbledon, 4 a las semifinales y 2 a la final. Cuando yo estaba levantando la copa, nunca pregunté: «Dios, ¿por qué a mí?».

Y hoy con mi enfermedad y mi dolor, tampoco preguntaré: «Dios, ¿por qué a mí?».El 6 de febrero de 1993, a las 9:30 h., debido a complicaciones en su enfermedad, fallece en un hospital local. Su muerte significa un gran golpe para el mundo del tenis, y hasta hoy en día se le recuerda como uno de los más grandes de la historia, aunque él decía: «No quiero ser recordado por mis logros tenísticos, eso no es ninguna contribución para la sociedad.

Eso fue puramente egoísta; eso fue para mí». También es recordado por sus esfuerzos en acciones sociales a favor de los demás. Alguna vez manifestó: «Sé que nunca me hubiera perdonado si hubiera elegido vivir sin un propósito humano, sin tratar de ayudar a los pobres y desafortunados, sin reconocer que, quizás, el regocijo puro de la vida viene al tratar de ayudar a otros».

 

Una reflexión


¿Por qué nos acordamos de Dios sólo en los malos momentos?

¿Por qué culpamos a Dios de nuestras desgracias?

¿Por qué, cuando nos va bien, el mérito es nuestro y no de Dios?

¿Por qué, cuando la muerte se acerca, lo vemos como un castigo de Dios?

¿Por qué las cosas malas no deberían ocurrirnos a nosotros sino a los demás?

Solo con la fe y el acercamiento a Dios encontrarás las respuestas correctas.

 

Revista Prado Nuevo nº 31. Anécdotas para el alma

 

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