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«Teresa, así trato yo a mis amigos»

Los verdaderos amigos de Jesús

Va la Madre Teresa camino de Burgos a fundar. Es enero, y el frío de Castilla es intenso. Llueve torrencialmente; los caminos están anegados. Todos coinciden en que emprender el camino desde Ávila es una locura, pero ella va decidida, pues el Señor
la anima: «No hagas caso de los fríos, que soy yo la verdadera calor. El demonio pone todas sus fuerzas por impedir aquella fundación; ponlas tú de mi parte por que se haga, y no dejes de ir en persona, que se hará gran provecho».

Sería mucho alargarse narrar las peripecias y peligros del camino. Llegados ante el Arlanzón, los de la comitiva sólo divisan unas pasarelas provisionales (los puentes los ha destruido la riada). Hay que pasar con los carros por ahí. Las descalzas pedían la absolución a los frailes descalzos, y éstos, la bendición a la Madre. Ella se la dio alegremente.

—¡Ea, mis hijas! ¿Qué más bien queréis que ser aquí mártires por amor de Nuestro Señor?

Su carro se aventuró el primero y obligó a sus compañeros y compañeras a que le prometiesen volver a la cercana posada en caso de que ella se ahogase. Pero el Señor ya le había dicho: «¿Cuándo te he faltado?». Allá iba.

En la aventura del paso del Arlanzón lo pasó mal y llegó a lastimarse. Como siempre, su lamento fue una invocación a Dios y se quejó:

—Señor, entre tantos daños y me viene esto.

La Voz respondió:

—Teresa, así trato yo a mis amigos.

—¡Ah, Señor!, por eso tenéis tan pocos.

No era falta de respeto, sino confianza filial. Ella podía decirle al Señor cosas de este estilo.

Al contemplar un Cristo muy llagado

La primera vez que el Señor la advirtió del perjuicio de las amistades que la visitaban en el locutorio, fue así: «Representóseme Cristo delante con mucho rigor; dándome a entender lo que aquello le pesaba…; yo quedé muy espantada y turbada, y no quería ver más a con quien estaba». Pero el demonio le hizo creer que aquella visión era obra de su imaginación.

Un día de 1553, atravesando el oratorio, Teresa de Ahumada vio un busto del Ecce Homo que acababan de dejar allí. «Era de Cristo muy llagado, y tan devota (la imagen), que en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle».

De esta visión de Cristo arranca su definitiva conversión

La espiritualidad Teresiana según Benedicto XVI

No es fácil resumir en pocas palabras la profunda y articulada espiritualidad teresiana. Quiero mencionar algunos puntos esenciales. En primer lugar, santa Teresa propone las virtudes evangélicas como base de toda la vida cristiana y humana: en particular, el desapego de los bienes o pobreza evangélica, y esto nos atañe a todos; el amor mutuo como elemento esencial de la vida comunitaria y social; la humildad como amor a la verdad; la determinación como fruto de la audacia cristiana; la esperanza teologal, que describe como sed de agua viva. Sin olvidar las virtudes humanas:
afabilidad, veracidad, modestia, amabilidad, alegría, cultura. En segundo lugar, santa Teresa propone una profunda sintonía con los grandes personajes bíblicos y la escucha viva de la Palabra de Dios. Ella se siente en consonancia sobre todo con la esposa del Cantar de los cantares y con el apóstol san Pablo, además del Cristo de la Pasión y del Jesús eucarístico.

Asimismo, la santa subraya cuán esencial es la oración; rezar, dice, significa «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Vida 8, 5). La idea de santa Teresa coincide con la definición que santo Tomás de Aquino da de la caridad teologal, como «amicitia quaedam hominis ad Deum», un tipo de amistad del hombre con Dios, que fue el primero en ofrecer su amistad al hombre; la iniciativa viene de Dios (cf. Summa Theologiae II-II, 23, 1). La oración es vida y se desarrolla gradualmente a la vez que crece la vida cristiana: comienza con la oración vocal, pasa por la interiorización a través de la meditación y el recogimiento, hasta alcanzar la unión de amor con Cristo y con la Santísima Trinidad(…). Más que una pedagogía de la oración, la de Teresa es una verdadera «mistagogia»: al lector de sus obras le enseña a orar rezando ella misma con él; en efecto, con frecuencia interrumpe el relato o la exposición para prorrumpir en una oración.

Otro tema importante para la santa es la centralidad de la humanidad de Cristo. Para Teresa, de hecho, la vida cristiana es relación personal con Jesús, que culmina en la unión con Él por gracia, por amor y por imitación. De aquí la importancia que ella atribuye a la meditación de la Pasión y a la Eucaristía, como presencia de Cristo, en la Iglesia, para la vida de cada creyente y como corazón de la liturgia. Santa Teresa vive un amor incondicional a la Iglesia: manifiesta un vivo «sensus Ecclesiae» frente a los episodios de división y conflicto en la Iglesia de su tiempo. Reforma la Orden carmelita con la intención de servir y defender mejor a la «santa Iglesia católica romana», y está dispuesta a dar la vida por ella (cf. Vida 33, 5).

Un último aspecto esencial de la doctrina teresiana, que quiero subrayar, es la perfección, como aspiración de toda la vida cristiana y meta final de la misma. La santa tiene una idea muy clara de la «plenitud» de Cristo, que el cristiano revive. Al final del recorrido del Castillo interior, en la última «morada» Teresa describe esa plenitud, realizada en la inhabitación de la Trinidad, en la unión con Cristo a través del misterio de su humanidad.

 

Queridos hermanos y hermanas, santa Teresa de Jesús es verdadera maestra de vida cristiana para los fieles de todos los tiempos. En nuestra sociedad, a menudo carente de valores espirituales, santa Teresa nos enseña a ser testigos incansables de Dios, de su presencia y de su acción; nos enseña a sentir realmente esta sed de Dios que existe en lo más hondo de nuestro corazón, este deseo de ver a Dios, de buscar a Dios, de estar en diálogo con Él y de ser sus amigos. Ésta es la amistad que todos necesitamos y que debemos buscar de nuevo, día tras día. Que el ejemplo de esta santa, profundamente contemplativa y eficazmente activa, nos impulse también a nosotros a dedicar cada día el tiempo adecuado a la oración, a esta apertura hacia Dios, a este camino para buscar a  Dios, para verlo, para encontrar su amistad y así la verdadera vida (…). Por esto, el tiempo de la oración no es tiempo perdido; es tiempo en el que se abre el camino de la vida, se abre el camino para aprender de Dios un amor ardiente a Él, a su Iglesia, y una caridad concreta para con nuestros hermanos.

(Revista Prado Nuevo nº 13. Artículos)

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