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XVI Domingo del Tiempo Ordinario (C)

 

EVANGELIO

Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor (cf. Lc 10, 38-42)

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.

Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».

Respondiendo, le dijo el Señor:

«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

Palabra del Señor.

 

LECTURA ESPIRITUAL Y HOMILÍA

Marta y María

«85. Hemos hablado de la misericordia, pero es un hecho que no se da una forma aislada de ser virtuoso. Por el ejemplo de Marta y María, es decir, la entrega activa de aquélla a los quehaceres domésticos, y la atención religiosa del alma a la palabra de Dios de María, se nos enseña que esta segunda actitud, si va acompañada de la fe, ciertamente está por encima en valor de las ocupaciones, según lo que está escrito: María escogió la mejor parte, que no le será arrebatada. Procuremos nosotros también tener eso que nadie nos puede quitar, disponiendo todos nuestros sentidos, no distraídamente, sino con atención, pues aun la semilla de la palabra divina puede malograrse si es sembrada al lado del camino (cf. Lc 8, 5. 12). Que tu hambre de sabiduría te haga semejante a María; ya que la suya es una obra mayor y más perfecta, y que el trajín del magisterio no te sea obstáculo al conocimiento de la palabra celestial, ni creas o pienses que cuantos se dedican con entusiasmo a la sabiduría son gente ociosa; cuando precisamente Salomón, el pacífico, la quiso tener como compañera en su casa (cf. Sb 9, 10; Pr 8, 12).

86. Sin embargo, no es que se reprenda a Marta por sus buenos oficios, sino que es antepuesta María porque escogió para sí la mejor parte; en efecto, Jesús lo tiene todo en abundancia y a todos reparte sus mercedes: así la más sabia ha escogido lo que ha reconocido ser lo principal. Y así los apóstoles no juzgaron como lo mejor dejar su deber de predicar la palabra de Dios para servir a las mesas (Hch 6, 2), aunque las dos son obras de sabiduría; ya que, precisamente por estar lleno de sabiduría, fue elegido Esteban como diácono. Y, por tanto, en cuanto servidor debe someterse a los doctores, y en cuanto doctor debe exhortar y animar al que sirve, pues el cuerpo de la Iglesia es uno, aunque haya muchos miembros, y unos necesitan de otros. No puede decir el ojo a la mano: no tengo necesidad de ti; ni tampoco la cabeza a los pies (cf. 1 Co 12, 21), como tampoco la oreja negará que es del cuerpo; porque aun admitiendo que unos son más importantes, otros resultan más necesarios. La sabiduría tiene su asiento en la cabeza, la actividad en las manos; en verdad, “los ojos del sabio están en la cabeza” (Si 2, 14), porque el verdadero sabio es aquel en cuya alma está Cristo y cuya mirada interior está siempre dirigida hacia las cosas de arriba. Por eso los ojos del sabio están en la cabeza y los del necio en su calcañar (S. Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L. 7, 85-86, BAC, Madrid, 1966, pp. 385-86).

 

San Juan Pablo II

Misa a los empleados de las villas pontificias en Castelgandolfo (17-7-1983)

San Juan Pablo II en oración

San Juan Pablo II en oración

«Si San Pablo exhorta a los cristianos a hacerlo “todo para gloria de Dios” (1 Co 10, 31), esto vale también para vosotros. El cristiano debe comportarse como tal siempre, en cualquier ocasión, en cualquier trabajo, cualquiera que sea la actividad que desempeñe. A todas partes debe llevar el fermento y el estímulo de la propia fe. Por este motivo, también vuestra vida debe ser guiada por la Palabra de Dios, y a su luz debe desarrollarse, crecer y madurar.

Hemos escuchado en la lectura del Evangelio según San Lucas el conocido e instructivo episodio de las dos hermanas, Marta y María, que un día acogieron a Jesús en su casa. Una de ellas, Marta, “se multiplicaba para dar abasto con el servicio” (Lc 10,40), hasta el punto de desentenderse casi de la presencia tan cercana del Maestro: un ejemplo de excesiva generosidad, que se preocupa más de las actividades externas que de sensibilizarse ante el significado transformador de Aquél que está presente para hacerse escuchar y para interrogarnos a cada uno de nosotros. María, en cambio, “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (ib., 10, 39). Y es precisamente esta actitud, contrapuesta ante todo a la anterior, la que recibe el elogio de Jesús.

En María está personificado, en efecto, el discípulo atento y vigilante: no tanto el que se vigila a sí mismo, lo que sería aun un modo de replegarse sobre la propia personalidad, cuanto el que se siente captado por la presencia y la Palabra del Señor, hasta el punto de olvidarse de sí mismo. Porque el verdadero discípulo no piensa en sí mismo, sino que enseguida y ante todo se vuelve a su Maestro y se siente como transportado hacia Él, según un movimiento que le hace como salir de sí mismo; subyugado con su palabra, forma parte de aquellos que Jesús proclama “dichosos”, porque “oyen la Palabra de Dios y la guardan” (ib., 11, 28).

Por ello Jesús advierte amorosamente a Marta: “Sólo una cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán” (ib., 10,42). Esta frase debe ser entendida en un doble nivel: por una parte, alude a la exigencia de una sobriedad en la mesa, que Jesús en aquella ocasión no quería excesivamente abastecida; por otra, verifica el tránsito o un significado más profundo, referido a la vida espiritual: también en este ámbito es innecesario y puede ser incluso peligroso, perderse en diversas tentativas y buscar por demasiados caminos la inspiración que unifique la propia vida interior.

“Sólo una cosa es necesaria”, y es la actitud de María, hecha a base de escuchar la Palabra de Jesús, teniendo sus ojos y su corazón, vueltos hacia Él, no sólo atentos, sino disponibles para cuanto Él dice. Como ora el Salmista: “Señor, mis ojos están vueltos a Ti; en Ti me refugio, no me dejes indefenso” (Sal 141,8).

Tratemos de llevar a nuestra vida diaria esta lección del Evangelio de San Lucas. Que ninguna otra palabra, venga de donde venga, nos distraiga de nuestra adhesión de fe y de amor al Señor Jesús. Extraigamos de su voz la fuerza necesaria para afrontar y superar todas las dificultades que se interponen en nuestro camino. Para hacerlo así, acojámoslo en nuestra casa, como lo hicieron Marta y María, y reconozcámosle el puesto de honor que le corresponde. De su presencia y de su disponibilidad nace y se consolida el sentido de nuestra existencia, y dimana la alegría que siempre necesitamos para hacer más llevadero el camino de la vida».

 

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