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Iniciamos la Cuaresma con San José

«Todos pueden encontrar en San José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad», escribió el Papa Francisco en la carta apostólica Patris corde.

Cuarenta días

Cuarenta días de preparación para la fiesta más importante de nuestra fe. Son seis semanas de espiritualidad: de oración, de ayuno, de penitencia, de limosnas y de misericordia. Son días para acercarnos a Dios, como el Hijo Pródigo, y pedirle perdón por nuestros pecados.

Como los domingos no son días de mortificación o ayuno, se agregaron cuatro días más, a partir del Miércoles de Ceniza, para completar el número de cuarenta días. A lo largo del año iremos celebrando cada domingo un recuerdo actualizado de la Pascua.

La reconciliación con Dios, que obtenemos en nuestro retorno a Él, consiste en transformarnos en criaturas nuevas (2ª Co 5, 17), que cantan el cántico nuevo (Sal 96, 1; 98, 1), practican el mandamiento nuevo (Jn 13, 34; 15, 12; 1ª Jn 4, 21), celebran la alianza nueva (Mt 26, 27; Mc 14, 24; Lc 22, 20; 1ª Co 11, 25), viven la alianza nueva (Jer 31, 31-34; Eze 36, 24-28), mientras esperamos los cielos nuevos y la tierra nueva (Is 65, 17- 66, 2; 2ª Ptr 3, 13) en que habite la justicia. Todo es nuevo porque Cristo hace nuevas todas las cosas (Ap 21, 5).

Vivir la Cuaresma

Intensificar la oración durante esos días es regar la fe bautismal, expuesta a quedar agostada y seca por las debilidades personales y por los actuales comportamientos sociales. Con la oración conectamos con Dios y vivimos la fe. Los sacramentos, fuentes de gracia, son encuentros con Cristo en la fe y desde la fe.

La vivencia cuaresmal por parte de los cristianos es muy variada. Hay personas que se privan del postre, de bebidas alcohólicas, del café, de fumar, de dulces, de ir a espectáculos; son días de preparación espiritual, y la oración es el medio insustituible para dialogar con Cristo y conocerle mejor.

El ayuno consiste en hacer una sola comida al día, disminuyendo las cantidades en el desayuno y en la cena. Solamente se ayuna, por mandato de la Iglesia, dos días en el año: Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma y Viernes Santo, día de la muerte del Señor.

La abstinencia consiste en privarnos de comer carne los viernes de todo el año. Se puede cambiar por una obra de piedad o caridad, como lectura de la Palabra, limosna, visita a los enfermos, o cualquier obra de misericordia.

Sin embargo, los viernes de Cuaresma, no se puede cambiar la abstinencia de carne por otra obra de piedad o caridad.

Hoy ayunamos menos que antaño. San Juan Crisóstomo nos dice que debemos abstenernos de cometer pecados o faltas, aunque sean veniales. Para él, esta práctica es quemar a Dios un grano de incienso. Silenciar una palabra que puede herir, cumplir mejor con el deber, tener mayor celo profesional, perdonar una injuria. Es matar el hombre viejo que hay en nosotros para revestirnos del hombre nuevo, que es Cristo (Ef 4, 22; Col 3, 5).

Es tiempo de salvación y de misericordia

San Pablo, escribiendo a los Corintios, les dice que ahora es tiempo de salvación y de misericordia (2ª Cor 6, 1-2). Estos días son los de la paciencia de Dios para con los hombres, porque no quiere que nadie perezca, sino que a todos llegue la redención realizada por Cristo(2ª Ptr 3, 9). Así la paciencia del Señor para con nosotros es una oportunidad para nuestra salvación (2ª Ptr 3, 15).

En tiempo de Cuaresma, la Iglesia hace una oración más intensa y nos invita a compartir nuestros bienes con los necesitados. Unirnos a esa oración y participar en la caridad son dos metas a conseguir. Las grandes fiestas profanas y los acontecimientos políticos o sociales se preparan largamente para que todo resulte bien. La Pascua es el núcleo de nuestra fe. Debemos prepararnos durante cuarenta días, para celebrar la resurrección y muerte de Cristo.

La humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.»