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V Domingo del Tiempo Ordinario (A)

 

EVANGELIO

Vosotros sois la luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16)

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?

No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

 
 

LECTURA ESPIRITUAL Y HOMILÍA

Sal de la tierra y luz del mundo

 

«Vosotros sois la sal de la tierra»

Habiéndolos, pues, exhortado como convenía, ahora los anima dirigiéndoles una alabanza. Y es que, como les había dado tan sublimes preceptos, de mucha mayor perfección que los de la Antigua Ley; porque no se turbaran ni alteraran y pudieran acaso objetarle: —¿Cómo podemos practicar eso?, oíd lo que ahora les dice: Vosotros sois la sal de la tierra. Con lo que les pone delante la necesidad de lo que les ha mandado. Porque vosotros —viene a decirles— no habéis de tener cuenta solamente con vuestra propia vida, sino con la de toda la tierra. A vosotros no os envío, como hice con los profetas, a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte, ni siquiera a una sola nación. No. Vuestra misión se extenderá a la tierra y el mar, sin más límites que los del mundo mismo. Y a una tierra que hallaréis mal dispuesta. En efecto, por el hecho mismo de decir: Vosotros sois la sal de la tierra, el Señor les hizo ver que toda la humana naturaleza estaba insípida y totalmente podrida por sus pecados. De ahí justamente que de ellos exija aquellas virtudes que señaladamente son necesarias y útiles para el aprovechamiento de los otros. En efecto, el que es manso, modesto, misericordioso y justo, no encierra para sí solo estas virtudes, sino que hace que estas bellas fuentes se derramen también copiosamente para provecho de los demás. Del mismo modo, el limpio de corazón, y el pacífico, y el que es perseguido por causa de la verdad, para común utilidad dispone también su vida, No penséis —dice el Señor a sus discípulos— que os lanzo a combates sin importancia y que os encomiendo negocios de poco más o menos. No. Vosotros sois la sal de la tierra. ¿Pues qué? ¿Curaron los apóstoles lo ya podrido? De ninguna manera. Lo ya corrompido no podemos recuperarlo por más sal que esparzamos encima. Tampoco hicieron eso los apóstoles. Lo que el Señor renovaba y a ellos entregaba; lo que Él libraba del mal olor de la podredumbre, eso salaban ellos, conservándolo y manteniéndolo en la novedad que del Señor había recibido. Porque librar de la podredumbre de los pecados fue hazaña exclusiva de Cristo; hacer, empero, que los hombres no volvieran a pecar fue ya obra del celo y trabajo de sus apóstoles. ¿Veis cómo poco a poco les va el Señor haciendo ver que ellos son superiores a los profetas? Porque no los llama maestros de sola la Palestina, sino de la tierra entera; y no sólo los hace maestros, sino temibles. Porque ahí está la maravilla: los apóstoles no se hicieron amables a todo el mundo porque adularan y halagaran a todos, sino picando vivamente como la sal. No os sorprendáis, pues —les dice—, si, dejando por un momento a los demás, hablo ahora con vosotros y os convido a tamaños peligros. Considerad, en efecto, a cuántas ciudades, y pueblos, y naciones os quiero enviar como maestros. Por eso no quiero que seáis prudentes vosotros solos, sino que hagáis también prudentes a los otros. ¡Y qué prudencia no habrán menester aquellos en quienes periclita la salvación de los demás! ¡Y qué abundancia de virtud los que han de ser de provecho para los otros! Porque, si no sois tales que podáis aprovechar a los demás, tampoco os bastaréis para vosotros mismos.

 

El peligro del apostolado: la sal insípida

No os irritéis, pues, como si lo que os digo fuera cosa molesta. Si los otros se tornan insípidos, vosotros les podáis volver su sabor; más, si eso os pasara a vosotros, con vuestra pérdida arrastraríais también a los demás. Así, cuantos mayores negocios lleváis entre manos, de mayor fervor y celo necesitáis. De ahí que les diga: Mas si la sal se torna insípida, ¿con qué se la salará? Ya no vale para nada, sino para ser arrojada a la calle y que la gente la pisotee. Los otros, en efecto, aun cuando mil veces caigan, mil veces pueden obtener perdón; pero, si cae el maestro, no tiene defensa posible y habrá de sufrir el último suplicio. Había el Señor dicho a sus discípulos: Cuando os insulten y persigan y digan toda palabra mala contra vosotros… Pues bien, porque no se acobardaran al oír esto y rehusaran salir al campo, parece ahora decirles: “Si para todo eso no estáis apercibidos, vana ha sido vuestra elección. Porque lo que hay que temer no es que se os maldiga, sino que aparecierais envueltos en la común hipocresía. En ese caso os habríais vuelto insípidos y seríais pisoteados por la gente. Más si vosotros seguís frotando con sal y por ello os maldicen, alegraos entonces. Ésa es efectivamente la función de la sal: picar y molestar a los corrompidos. La maledicencia habrá de seguiros forzosamente, pero ningún daño os hará; más bien dará testimonio de vuestra firmeza. Mas, si por miedo a la maledicencia abandonáis la vehemencia que os conviene, sufriréis más graves daños. Primero, que se os maldecirá lo mismo, y luego, que seréis la irrisión de todo el mundo. Porque eso quiere decir ser pisoteado.

 

«Vosotros sois la luz del mundo»

El Señor pasa ahora a otra comparación más alta: Vosotros sois la luz del mundo. Nuevamente se nos habla del mundo; no de una sola nación, ni de veinte ciudades, sino de la tierra entera; se nos habla de una luz inteligible, mucho más preciosa que los rayos del sol, como también la sal había que entenderla en sentido espiritual. Y pone el Señor primero la sal, luego la luz, porque te des cuenta de la utilidad de las palabras enérgicas y el provecho de una enseñanza seria. Ella nos ata fuertemente y no nos permite disolvernos. Ella nos hace abrir los ojos, llevándonos como de la mano hacia la virtud.

 

La ciudad sobre el monte

No puede ocultarse una ciudad situada sobre un monte ni enciende nadie una luz para ponerla debajo del celemín. Por estas comparaciones incita nuevamente el Señor a sus discípulos a la perfección de vida y a que estén siempre apercibidos para el combate, como quienes están puestos ante los ojos de todos y luchan en el palenque mismo de toda la Tierra. No miréis, no, les dice, que estamos ahora sentados aquí ocupando una porción mínima de un rincón de la Tierra: Vosotros habéis de estar un día tan patentes a todos, como si fuerais una ciudad situada en la cima de un monte, como una luz que brilla en casa sobre el candelero. ¿Dónde están ahora los que niegan fe al poder de Cristo? Oigan esto y, maravillados de la fuerza de esta profecía, póstrense y adoren el poder de quien la hizo. Considerad, en efecto, qué promesas hizo el Señor a quienes no eran conocidos ni en su propia tierra: La tierra y el mar habían de saber de ellos, su fama había de llegar a los confines del orbe, y no sólo su fama, sino también el beneficio de su acción. Porque no fue sólo la fama la que, volando por dondequiera, los hizo notorios, sino señaladamente las obras que ellos realizaron. Pues fue así que, como si estuvieran dotados de alas, con más celeridad que los rayos del Sol, recorrieron la Tierra entera, esparciendo la luz de la religión. Aquí, empero, a mi entender, de lo que trata el Señor es de infundirles confianza. Porque decirles: No puede estar oculta una ciudad situada sobre un monte, era como manifestarles su propio poder: Como no hay manera de que tal ciudad esté oculta, así tampoco es posible que se calle y oculte mi predicación. Como les había antes hablado de persecuciones, de maledicencias, de insidias y de guerras, porque no pensaran que todo eso había de poder hacerlos callar, los anima diciendo que su doctrina no sólo no quedará oculta, sino que ella iluminará toda la Tierra. Y eso justamente los haría a ellos famosos y conocidos.

 

«Brille vuestra luz ante los hombres»

Ahora bien, si con lo anteriormente dicho les hace ver el Señor su propio poder, con lo que sigue les exige de su parte franqueza y libertad, diciéndoles: Nadie enciende una lámpara y la pone debajo del celemín, sino sobre el candelero, y brilla para todos los de la casa. Así brille vuestra luz delante de los hombres, a fin de que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos. Como si dijera: La luz, yo la he encendido; pero que siga ardiendo, depende ya de vuestro celo. Y eso no sólo por motivos de vuestra propia salvación, sino también por la de aquellos que han de gozar de su resplandor y ser así conducidos de la mano hacia la verdad. Las calumnias, ciertamente, no han de poder echar una sombra sobre vuestro resplandor, como vosotros viváis con perfección y cual conviene a quienes tienen misión de convertir a todo el mundo. Llevad, pues, una vida digna de la gracia, a fin de que, así como la gracia se predica en todas partes, pareja con la gracia corra vuestra vida. Luego, a par de la salvación de los hombres, señálales el Señor otro provecho bastante por sí solo para incitarlos al combate y llevarlos al más intenso fervor. Porque, viviendo rectamente —les viene a decir—, no sólo corregiréis a toda la Tierra, sino que glorificaréis a Dios; así como, si no vivís con perfección, no sólo perderéis a los hombres, sino que haréis que sea blasfemado el nombre de Dios (…).

 

Seamos irreprochables en nuestra vida

Conscientes, pues, del bien que se nos sigue de una vida fervorosa y del peligro a que nos exponemos con nuestra desidia —no sólo nuestra propia perdición, sino, lo que es más grave, que el que es Señor nuestro sea blasfemado por causa nuestra—, seamos irreprochables para judíos y gentiles y para la Iglesia de Dios. Sea nuestra vida más brillante que el Sol, y, si hay quien tenga ganas de maldecirnos, no tanto sintamos que se hable mal de nosotros cuanto que pudiera hablarse mal y con razón. Y es así que, si vivimos en la maldad, aun cuando nadie hable mal de nosotros, somos los más desgraciados del mundo; mas, si trabajamos por la virtud, aun cuando el mundo entero nos calumnie, siempre seremos dignos de «envidia» y acabaremos por atraer a nosotros a cuantos de verdad quieren salvarse. Pues no atenderán tanto a las calumnias de los malvados como a la virtud de nuestra vida. Porque la demostración fundada en las obras es más clara que la voz de la trompeta, y una vida pura, por más que haya infinitos que intenten calumniarla, es más brillante que la luz misma. Si poseemos las virtudes antedichas: si somos mansos, humildes, y misericordiosos, y limpios de corazón, y pacíficos; si, al ser injuriados, no contestamos injuria con injuria, sino que nos alegramos, atraeremos no menos que con milagros a los que nos contemplen, y, aun cuando fueran fieras, aun cuando fueran demonios u otra cualquiera cosa, todos acudirán a nosotros. Mas, si aún hubiere alguno que habla mal de ti, aun cuando públicamente te insulten, no te turbes por ello. Penetra un poco en tu conciencia, y verás cómo allí te aplauden, y te admiran, y te tributan infinitas alabanzas. Mirad, si no, cómo Nabucodonosor terminó alabando a los jóvenes a quienes él mismo mandara arrojar al horno. Era su enemigo y les había declarado la guerra; mas, después que los vio resistir valerosamente, los proclama triunfadores y él mismo los corona, no por otro motivo sino porque le habían desobedecido a él, a trueque de mantenerse obedientes a Dios. Porque cuando el diablo ve que no consigue nada, termina por retirarse definitivamente, pues teme ser él mismo la causa de más espléndida corona nuestra. Y una vez retirado el diablo, disipada aquella niebla, el hombre más perverso y corrompido reconocerá nuestra virtud. Mas, en fin, aun suponiendo que los hombres se engañen, la alabanza y admiración que Dios nos rendirá será mayor todavía.

 

La fuerza irresistible del ejemplo

No os apenéis, pues, ni os abatáis. También los apóstoles eran para unos olor de muerte, y para otros olor de vida. No demos nosotros asidero alguno a la maledicencia, y estaremos libres de toda culpa, o, por decir mejor, nuestra felicidad será mayor. Brille, pues, nuestra vida y no hagamos caso alguno de los maldicientes. No es posible, no, que el hombre que de verdad se ocupa en la virtud, deje de tener muchos enemigos. Mas al hombre virtuoso nada ha de importársele de ello, pues eso ha de abrillantar más la corona de su gloria. Considerando todo esto, sólo en una cosa hemos de poner nuestra mira: en ordenar con perfección nuestra propia vida. Si esto hay, conduciremos a la vida celeste a los que están sentados en las tinieblas. Porque la virtud de esta luz no está sólo en brillar, sino en conducir allá a los que la siguen. Porque, si nos ven que despreciamos todo lo presente y nos preparamos para lo eterno, mejor que a cualquier discurso, creerán a nuestras obras. ¿Quién será, en efecto, tan insensato que, viendo a un hombre que ayer nadaba en delicias y riquezas y que hoy se despoja de todo y, como si tuviera alas, vuela al hambre, y a la pobreza, y a todo género de asperezas, y a los peligros, y a la sangre, y al degüello, y todo lo que parece ser más espantoso; ¿quién, digo, será tan insensato que no vea ahí una prueba patente de los bienes futuros? Mas, si nos ven enredados en las cosas presentes y que nos hundimos más y más en ellas, ¿cómo podrá nadie persuadirse que vamos de viaje hacia otra patria? (S. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 15, 6-9, BAC, Madrid 1955).

 
 

San Juan Pablo II

Homilía

Domingo, 8 de febrero de 1981

1. «Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13-14). Repito gustosamente las palabras de la perícopa evangélica de este domingo, y con estas palabras deseo saludar a la parroquia de San Carlos y San Blas «ai Catinari». ¿Por qué con estas palabras? Porque las ha pronunciado Cristo ante sus discípulos, y la parroquia es precisamente la comunidad de los discípulos de Cristo. Con estas palabras Cristo definió a sus discípulos y, al mismo tiempo, les asignó una tarea, explicó cómo deben ser, puesto que se trata de sus discípulos (…).

2. ¿Por qué el Señor Jesús ha llamado a sus discípulos «la sal de la tierra»? Él mismo nos da la respuesta si consideramos, por una parte, las circunstancias en las que pronuncia estas palabras y, por otra, el significado inmediato de la imagen de la sal. Como sabéis, la afirmación de Jesús se inserta en el sermón de la montaña, cuya lectura comenzó el domingo pasado con el texto de las ocho bienaventuranzas: Jesús, rodeado de una gran muchedumbre, está enseñando a sus discípulos (cf. Mt 5, 1), y precisamente a ellos, como de improviso, les dice no que «deben ser», sino que «son» la sal de la tierra. En una palabra, se diría que Él, sin excluir obviamente el concepto de deber, designa una condición normal y estable del discipulado: no se es verdadero discípulo suyo, si no se es sal de la tierra. Por otra parte, resulta fácil la interpretación de la imagen: la sal es la sustancia que se usa para dar sabor a las comidas y para preservarlas, además, de la corrupción. El discípulo de Cristo, pues, es sal en la medida en que ofrece realmente a los otros hombres, más aún, a toda la sociedad humana, algo que sirva como un saludable fermento moral, algo que dé sabor y que tonifique. Dejando a un lado la metáfora, este fermento sólo puede ser la virtud o, más exactamente, el conjunto de las virtudes tan estupendamente indicadas en la serie precedente de las bienaventuranzas. Se comprende, pues, cómo estas palabras de Jesús valen para todos sus discípulos. Por tanto, es necesario que cada uno de nosotros, queridos hermanos e hijos, las entienda como referidas a sí mismo. Cuando en mi saludo inicial he citado estas palabras programáticas, pensaba precisamente en vosotros, y ahora, después de la explicación que de ellas he hecho, debéis de sentiros comprendidos en ellas todos los feligreses. No me refiero sólo a los que llamamos «comprometidos», sino a todos, a cada uno de vosotros, sin excepción. ¡Porque todos sois discípulos de Cristo!

 

San Juan Pablo II en su viaje a Puebla (México), 1979

Y ahora la segunda pregunta: ¿Por qué el Señor Jesús llamó a sus discípulos «la luz del mundo»? Él mismo nos da la respuesta, basándonos siempre en las circunstancias a que hemos aludido y en el valor peculiar de la imagen. Efectivamente, la imagen de la luz se presenta inmediatamente como complementaria e integrante respecto a la imagen de la sal: si la sal sugiere la idea de la penetración en profundidad, la de la luz sugiere la idea de la difusión en el sentido de extensión y de. amplitud, porque —diré con las palabras del gran poeta italiano y cristiano— «la luz rápida cae como lluvia de cosa en cosa, y suscita varios colores, dondequiera que se posa» (A Manzoni, La Pentecoste, vs. 41-44). El cristiano, pues, para «ser» fiel discípulo de Cristo Maestro, debe iluminar con su ejemplo, con sus virtudes, con esas «bellas obras» (Kala Erga), de las que habla el texto evangélico de hoy (Mt 5, 16), y las cuales puedan ser vistas por los hombres. Debe iluminar, precisamente porque es seguidor de Aquél que es «la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), y que se autodefine «luz del mundo» (Jn 8, 12).

El lunes pasado hemos celebrado la fiesta de «La Candelaria», cuyo nombre exacto es el de «Presentación del Señor». Al llevar al Niño al templo, fue saludado proféticamente por el anciano Simeón como «luz para alumbrar a las naciones» (Lc 2, 32). Ahora bien, ¿no nos dice nada esta «persistencia de imagen» en la óptica de los evangelistas? Si Cristo es luz, el esfuerzo de la imitación y la coherencia de nuestra profesión cristiana jamás podrán prescindir de un ideal y, al mismo tiempo, de la semejanza real con Él. También esta segunda imagen configura una situación normal y universal, válida para la vida cristiana: se presenta y se impone como una obligación de estado y debe tener, por tanto, una realización práctica y detallada, de modo que en ella se encuentren los sacerdotes, las religiosas, los padres, los jóvenes, los ancianos, los niños y, sobre todo, los enfermos, los que están solos, los que sufren. Igual que todos están invitados a hacerse discípulos de Cristo, así también todos pueden y deben hacerse, en sus obras concretas, sal y luz para los demás hombres.

3. Y ahora escuchemos la confesión del auténtico discípulo de Cristo. He aquí que habla San Pablo con las palabras de su Carta a los Corintios. Lo vemos, mientras se presenta a sus destinatarios, y oímos que lo ha hecho «débil y temeroso» (1 Co 2, 3). ¿Por qué? Esta actitud de «debilidad y temor» nace del hecho de que él sabe que choca con la mentalidad corriente, la sabiduría puramente humana y terrena, que sólo se satisface con las cosas materiales y mundanas. Él, en cambio, anuncia a Cristo y a Cristo crucificado, esto es, predica una sabiduría que viene de lo alto. Para hacer esto, para ser auténtico discípulo de Cristo, vive interiormente todo el misterio de Cristo, toda la realidad de su cruz y de su resurrección. Además, es preciso notar que así también la intensa vida interior se convierte, casi de modo natural, en lo que el Apóstol llama «el testimonio de Dios» (1 Co 2, 1). Así, pues, en la vida práctica, un auténtico discípulo debe siempre ser tal en el sentido de la aceptación interior del misterio de Cristo, que es algo totalmente «original», no mezclado con la ciencia «humana» y con la «sabiduría» de este mundo. Viviendo de este modo tendremos, ciertamente, el «conocimiento» de Él y también la capacidad de actuar según Él. Pero es necesario que en relación con los compromisos de naturaleza laical, nuestra fe no se funde en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios (1 Co 2, 5).4. La parroquia —como he dicho al comienzo— es la comunidad de los discípulos de Cristo. ¿Qué consecuencias prácticas nos conviene sacar de las lecturas litúrgicas de hoy? Me parece que deben ser éstas: ante todo, la profundización en la fe y en la vida interior; en segundo lugar, un empeño serio en la actividad apostólica: «para que (los hombres) vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el Cielo» (Mt 5, 16); y finalmente, la disponibilidad en ayudar a los otros, como bien dice la primera lectura con las palabras de Isaías: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, enseguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor y te responderá. Gritarás y te dirá: Aquí estoy» (Is 58, 7-9).

5. Permitid ahora que de la palabra divina de este domingo, palabra que hemos meditado juntos, saque las últimas conclusiones y, al mismo tiempo, formule mis votos tanto para vuestra comunidad cristiana, como para cada uno de vosotros. Ante todo, deseo que renovéis en vosotros la conciencia personal y comunitaria: soy discípulo, quiero ser discípulo de Cristo. Ésta es una cosa maravillosa: ¡ser discípulo de Cristo! ¡Seguir su llamada y su Evangelio! Os deseo que podáis sentir esto más profundamente, y que la vida de cada uno de vosotros y de todos adquiera, gracias a esta conciencia, su pleno significado. En las palabras de Isaías se contiene una promesa particular: el Señor escucha a los que le obedecen. Él responde «Aquí estoy» a los que se hallan ante Él con la misma disponibilidad y dicen con su conducta el mismo «aquí estoy». Os deseo que vuestra relación con Jesucristo nuestro Señor, Redentor y Maestro, se regule de este modo. Deseo que Cristo esté con vosotros, y que, mediante vosotros esté con los demás: y que se realice así la vocación de sus verdaderos discípulos, los cuales deben ser «la sal de la tierra» y «la luz del mundo». Así sea (cf. vatican.va).

NOTA: Las palabras en negrita han sido resaltadas por la web de Prado Nuevo.

 

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