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San José, esposo de la Virgen María (siglo I)

Su fiesta se celebra el 19 de marzo y el 1 de mayo (San José Obrero)  

San José es una figura sencilla y humilde, silenciosa y pobre en apariencia, pero Dios le ha encomendado una misión única y maravillosa. Este hombre del silencio es un hombre aparte, aun en medio de los bienaventurados. Era de estirpe real, de la familia de David. Dios le muestra un amor preferencial, y él responde sereno, fiel y agradecido.

José, «varón justo», era un verdadero israelita en el que no había engaño. Era también un varón apuesto, no un anciano con barbas, como a veces se le ha pintado. «Por verosímil se ha de tener —comenta Bernardo de Bastos— que cuando se desposó con la Virgen era un apuesto mancebo, cual convenía a una esposa joven y bellísima».

José va conociendo que María es la obra maestra de Dios, que reúne todas las maravillas de la creación, la hija de las complacencias del Padre, el paraíso del Espíritu Santo, la Madre Virgen del Verbo hecho carne. Y él es el esposo de María, esposo virgen como ella, con derecho a una santa e inefable ternura, que era para él una gloria celeste. Pero esta dignidad José la acepta y ejerce desde la discreción y el silencio.

Con ser esto mucho, la gloria del humilde José es todavía más alta. Además de esposo de María, y por serlo, José es padre legal de Jesús. No es su padre biológico, pero es padre real y verdadero, pues la biología no es la única realidad. Por ejemplo, la ley del levirato ordenaba que, si un hombre moría sin descendencia, su hermano se casase con la viuda, y el primer hijo sería legalmente hijo del difunto con todas las consecuencias.

José es, pues, padre verdadero de Jesús… Una paloma, con un dátil en el pico, sobrevolaba un huerto. Dejó caer el dátil. Arraigó en aquella buena tierra, creció y se convirtió en una hermosa palmera. El hortelano no había sembrado la palmera, pero ha crecido en su huerto, y por tanto le pertenece. Cuando crezca la palmera, la admirarán las gentes y bendecirán la buena tierra. Nadie quizá se acordará del hortelano que la cuidó con amor. San Francisco de Sales explica el símil: el hortelano es san José; el huerto es María, su esposa; la paloma es el Espíritu Santo; la palmera es Jesús, palmera que pertenece a José, esposo de María y dueño del huerto.

Un momento difícil y clave en la vida de José fue el descubrir la maternidad de María. Son las llamadas «dudas de san José». Sufrió mucho este santo varón entonces, pero misteriosamente la Virgen esperó a que interviniese Dios; así tenía que ser. Y en efecto, un ángel del Señor se le aparece en sueños y le aclara el misterio. Le dice que no debe marcharse y que acoja a María, su mujer, «porque la criatura que hay en Ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús» (Mt 1, 20-21); lo que equivale a decirle que será su padre jurídico, y así Jesús será jurídicamente hijo de David.

José cumplió fielmente su misión como esposo de María y padre de Jesús. Ya no tiene vida propia ni propia voluntad. Fue digno de custodiar los más ricos tesoros del Cielo y de la Tierra. Hoy sigue protegiendo a la Iglesia como Patrono Universal. Entre sus más grandes devotos se encuentran santa Teresa de Jesús, quien afirmaba de él: «No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer» (Libro de la Vida, VI, 6).

José, feliz entre todos los hombres, murió en brazos de la Madre de Dios, y Dios mismo cerró sus ojos. Es patrono de la buena muerte: «José, cuando la agonía de la muerte me llegare, tu patrocino me ampare y el de tu esposa María». «Jesús, José y María asistidme en mi última agonía».

 

(Revista Prado Nuevo nº 16. Testigos del Evangelio)

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