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«Diles que se humillen, que sólo los humildes pueden agradarme, hija mía»

 

Mensaje del 13 de noviembre de 1981 (II)


 

Se resalta en el comentario a este mensaje la fundamental virtud de la humildad, base de todas las virtudes cristianas, añadiendo citas de otros mensajes que la recomiendan vivamente.

En la parte final del mensaje que venimos comentando desde números anteriores, interviene la santísima Virgen. En primer lugar, conforta con su presencia a Luz Amparo y la invita a que aleje toda sombra de duda sobre sus manifestaciones (recordemos que son los comienzos de estas revelaciones privadas):

«Hija mía, hija mía, aquí me tienes, hija mía, ¿cómo iba yo a faltar, tu Madre gloriosa? No dudes que yo me apareceré, hija mía, me seguirás viendo».

Dios enseña como buen pedagogo -el mejor- y se adapta a las capacidades de los hombres; sabe esperar, aguarda los tiempos oportunos y actúa sabiamente con las almas con el fin de sacar el mejor fruto de cada una. A Luz Amparo la iba puliendo mediante el cincel del sufrimiento, al mismo tiempo que la enseñaba pacientemente. En ella encontró, es cierto, un instrumento dócil a su acción santificadora y salvífica.

En el mismo mensaje, la Virgen le recuerda la gracia singular que acaba de concederle: poder contemplar en visión celestial a su madre, quien falleció cuando Luz Amparo no alcanzaba los tres años, y que ahora ve gloriosa:

«Soy tu Madre, estarás contenta, hija mía, del premio que te he dado de ver a tu madre terrena; está gloriosa en el Cielo gracias a tus oraciones».

Resalta en las siguientes líneas la virtud de la humildad, que le pide a ella y a todos en general:

«Sí, hija mía, sigue con humildad, sigue obedeciendo para que llegue ese día glorioso y te juntes con ella, hija mía (…); que todos los que te rodean igualmente sean humildes (…); diles que se humillen, que sólo los humildes pueden agradarme, hija mía. Que todas las almas sean humildes, que todas necesitan ser humildes para que sus servicios me sean agradables».

 


 

Con frecuencia se destaca esta virtud en los mensajes de Prado Nuevo; extraemos algunas entre muchas citas:

La Virgen la une al amor y al sacrificio: «El sacrificio es muy importante, con la humildad y la caridad» (30-4-1983). En términos semejantes le habla otra vez: «Sacrificio y penitencia, hijos míos, acompañado de la humildad y de la caridad» (14-7-1984). Le dice también: «Humildad es lo que pido y amor al prójimo; el que no ame al prójimo, no ama a Dios» (17-3-1983).
– La propone como base de las restantes virtudes: «Humildad pido; sin humildad, hija mía, no se consiguen las demás virtudes» (6-7-1991).
Como requisito para ser discípulo de Jesús: «Todos unidos en el mismo espíritu del Evangelio y con espíritu de pobreza, de humildad, de obediencia a la santa Madre Iglesia, os llamaréis discípulos de Cristo» (6-4-1991). Supone, además, tenerle como modelo: «Seguir a Cristo no es sólo hablar de Cristo; es imitarle en la pobreza, en la castidad y en la humildad» (23-6-1984).
Es igualmente una de las virtudes exigidas si se quiere pertenecer a la Obra pedida por Ella y su Hijo: «Quiero que todos aquellos que quieran pertenecer a esta Obra, guarden estas reglas, hijos míos: silencio, obediencia, humildad, caridad (…). Quiero, hijos míos, que ninguno os creáis superior al otro; que el que se crea mayor, que se haga el más pequeño (…). En esta Obra tiene que ser espíritu de humildad; el orgulloso, el soberbio está incapacitado para recibir la gracia» (5-9-1987).
Necesaria para alcanzar las moradas celestiales: «Tú, hija mía, sé humilde; sin humildad no se consigue el Cielo» (27-3-1983).
La contrapone a la soberbia, que es el vicio opuesto: «Humildad os pido; también el Infierno está lleno de pecados de soberbia» (1-5-1983).
Se pide constantemente en los mensajes actos de humildad, especialmente al besar el suelo: «Besa el suelo, hija mía, por mis almas consagradas; es un acto de humildad en reparación por todos los pecados del mundo» (5-3-1983).
Es, por tanto, una virtud muy importante: «Os voy a pedir humildad desde el principio, y voy a terminar pidiéndoos humildad. Todos aquellos que queráis estar los primeros, poneos siempre los últimos, hijos míos (10-6-1984).

En esencia, la humildad es adquirir conciencia del lugar que ocupamos ante Dios y los hombres, moderando nuestros deseos de gloria vana, buscando -eso sí- la gloria de Dios y alcanzar la gloria eterna o bienaventuranza. En definición de san Juan Pablo II, se trata del «rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza»[1]. Porque, en realidad, el ser humano se dignifica cuando inclina su cabeza ante Dios y es capaz de servir al prójimo. Las palabras del Evangelio siguen teniendo un valor permanente: «Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 18, 14).

Por eso, al despedirse de Luz Amparo, al final del mensaje que estamos comentando, le pide: «Adiós, hija mía, sé humilde hasta el último instante». Pidamos nosotros a Dios practicar la humildad; la Virgen sencilla y humilde, que se declaró «esclava del Señor», nos mostrará el camino.

[1] Ángelus, 4-3-1979.

 

(Revista Prado Nuevo nº 18. Comentario a los mensajes) 

 

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