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Últimas palabras de Jesús en la cruz

 

CAPÍTULO XV

 

¿Cómo responde Jesús a tantas ofensas y a tantos ultrajes? Ruega por los que le maltratan; Padre, dice, perdónalos, que no saben lo que hacen [1], y ruega también por nosotros, miserables pecadores. Vueltos, pues, al Eterno Padre, digámosle con confianza: ¡Oh Padre Eterno!, oíd los clamores de vuestro Hijo amadísimo que pide perdón para nosotros; este perdón que os pide, considerado de parte nuestra, es pura misericordia, porque no lo merecemos, pero atendidos los meritos de Jesucristo, es estricta justicia, porque sobradamente ha satisfecho por nuestros pecados. Merced a sus méritos estáis obligado a perdonar y a devolver vuestra gracia al que se arrepiente de las ofensas que os ha hecho. Yo, Padre mío, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido, y en nombre de Jesucristo os pido perdón de mis pecados; perdonadme, pues, y recibidme en vuestra gracia.

Señor, acordaos de mi cuando entréis en vuestro reino. De esta manera habló el buen ladrón al moribundo Jesús y Jesús le respondió: En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso [2]. Aquí se cumplió la profecía de Ezequiel que dice: Si el impío hiciere penitencia, no haré memoria de todas sus iniquidades [3].

¡Oh bondad inmensa e infinita de mi Dios!, ¿quien no os amara? Si, Jesús mío, olvidaos de las injurias que os he hecho y acordaos de la amarguísima muerte que por mi habéis padecido; por sus meritos dadme parte en vuestro reino celestial, y, entre tanto, haced que reine en mi vuestro santo amor. Que vuestro divino amor reine en mi corazón y sea mi único señor, mi único deseo y mi único amor. ¡Dichosísimo ladrón, que mereciste unir tus dolores y tu paciencia a la muerte de Jesús! También yo seré dichoso, Jesús mío, si tengo la suerte de morir amándoos, uniendo mi muerte a vuestra santa muerte.

Estaba junto a la cruz de Jesús su Madre [4]. Considera, alma mía, a María de pie junto a la cruz, con el corazón transido de dolor y fijos los ojos en su amado e inocente Jesús, contemplando las penas interiores y exteriores que padece al morir. Resignada y tranquila ofrece al Eterno Padre la muerte del Hijo por nuestra salvación; pero, esto no obstante, la compasión y el amor traen su corazón traspasado. ¿Quien no tendrá compasión de una madre que ve con sus propios ojos padecer y morir al hijo de sus entrañas en un patíbulo infame? Añádase a esto la consideración de quien sea este Hijo y quien esta Madre; María amaba a Jesús inmensamente mas que todas las Madres aman a sus hijos; Jesús era para ella, a la vez, su Hijo y su Dios; Hijo infinitamente amable, hermoso y santo; Hijo siempre respetuoso con Ella, siempre obediente; Hijo que le había manifestado tanto amor, que desde toda la eternidad le había escogido para ser su Madre. Y esta Madre fue la que tuvo que presenciar la muerte dolorosa de Jesús en el afrentoso madero de la cruz, sin poder aliviarle en nada; antes con el contrario, aumentaba con su presencia la pena del Hijo, el cual la veía padecer tanto por su amor.

¡Oh María!, por los dolores que padecisteis en la muerte de Jesús, tened piedad de mi y encomendadme a vuestro Hijo. Oíd como desde lo alto de la cruz, en la persona de Juan, me recomienda a Vos diciendo: Mujer, ahí tienes a tu Hijo [5]. Y cerca de la hora nona, exclamo Jesús con una gran voz, diciendo: Dios mío, ¿por que me has desamparado? [6]. Jesús agonizaba en la cruz acabado de trabajos en el cuerpo y agotado en el alma por mortal tristeza, puesto que la tristeza que le asalto en el huerto de Getsemani no le abandono hasta exhalar el postrer suspiro. En tan grande aprieto busca quien le consuele y no la halla, como lo había predicho por David: Espere que alguno se condoliese de mi, mas nadie lo hizo [7]. Mira a la Madre, y como lo hemos visto no le pudo consolar, sino que le aflige mas con su presencia; mira en torno suyo y advierte que todos son enemigos suyos. Viéndose, pues, privado de todo consuelo, se dirige al Eterno Padre en demanda de auxilio; mas al verle el Padre cubierto con los pecados de todos los hombres, satisfaciendo por todos ellos a la justicia divina, El también le abandona a morir de puro dolor. Entonces fue cuando Jesús dejo escapar de su pecho aquel grande grito, que expresaba la vehemencia de su gran dolor: «Dios mío, Dios mío, ¿por que Tu también me has abandonado?». Que por esto la muerte de Jesús fue mas amarga que la de todos los mártires, pues murió privado de todo alivio y de todo consuelo.

¡Amado Jesús mío!, ¿por que os lamentáis de sufrir muerte tan espantosa, cuando Vos espontáneamente la habéis buscado? Ya lo comprendo; os lamentáis para hacerme comprender la infinita angustia que rodea vuestra muerte y enseñarme a vivir tranquilo y confiado cuando me vea en desolación y privado de la asistencia sensible de la divina gracia.

¡Dulcísimo Redentor mío!, este vuestro abandono me da fundadas esperanzas de que Dios no me abandonara en castigo de las muchas veces que le hice traición. ¡Oh Jesús Mio!, ¿como he podido yo vivir tanto tiempo olvidado de Vos? Gracias os doy porque Vos no me habéis echado en olvido, y a la vez os ruego que de continuo me traigáis a la memoria la muerte amarguísima que habéis sufrido por mi amor, a fin de que jamás me olvide de Vos y del amor que me habéis tenido.

Después de esto, sabiendo Jesús que todas las cosas estaban a punto de ser cumplidas, para que se cumpliese la Escritura dijo: «Tengo sed». Los soldados, empapando en vinagre una esponja, aplicáronsela a la boca[8]. La profecía que debía cumplirse era aquella de David que dice: Y en mi sed me dieron a beber vinagre[9].

Pero, Señor, ¿calláis los inmensos dolores que os están quitando la vida, y solo os lamentáis de la sed? ¡Ah!, que la sed que experimenta Jesús es muy distinta de lo que pensamos, pues consiste en el gran deseo que tiene de que le amen las almas por las cuales muere. ¡Oh Jesús mío!, Vos tenéis sed de que os ame este gusanillo de la tierra, y yo, ¿no tendré ansias de amar a un Dios, bien infinito? Si, mi gran deseo es amaros y complaceros en todo. Ayudadme, Señor, a desterrar de mi corazón todos los afectos terrenos, para que en el reine únicamente el deseo de agradaros y cumplir vuestra voluntad. ¡Oh voluntad santísima de Dios!; tu eres la fuente dichosa donde se sacian las almas enamoradas del divino amor; calma también mis ardores de amor a fin de que seas el único blanco a que tienden todos mis pensamientos y todos mis afectos.

[1] Lc 23,34

[2] Lc 23,43

[3] Ez 18, 21, 22

[4] Jn 19, 25

[5] Jn, 19, 26

[6] Mt 27, 46

[7] Sal 68, 21

[8] Jn 19, 28, 29

[9] Sal 68, 22

(Texto de San Alfonso María de Ligorio sobre la Pasión del Señor)

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