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Amor, unión y paz

 

Mensaje del 1 de Enero de 1982

Este mensaje es exclusivo de la Virgen y comienza diciendo así:

«Hijos míos, yo traigo paz a la Tierra, quiero que haya paz en la Tierra. Quiero que os améis unos a otros; de esa manera, podéis conseguir el Reino de los Cielos. Rezad mucho por la salvación del mundo».

Precioso don el de la paz, que nuestra Madre, la Reina de la Paz, desea para la Humanidad, pero que los hombres no la buscan conforme al plan de Dios. Ya lo había dicho Jesús: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14, 27). Es decir, que la paz verdadera, de la que aquí se habla, no es únicamente externa, sino que se trata de la paz mesiánica que viene con la Redención obrada por Cristo. Por ello, el Evangelio es “la Buena Nueva de la paz” (Hch 10, 36), y quienes portan la paz en el corazón y la comunican a los demás —los pacíficos— son llamados en las bienaventuranzas «hijos de Dios» (Mt 5, 9). «La paz sea con vosotros» (Lc 24, 36), les dirá también el Señor a los apóstoles una vez resucitado.

San Beda, en una homilía suya, explica con claridad el auténtico sentido de este don del Cielo: «La verdadera, la única paz de las almas en este mundo consiste en estar llenos de amor de Dios y animados de la esperanza del Cielo, hasta el punto de considerar poca cosa los éxitos o reveses de este mundo (…). Se equivoca quien se fi gura que podrá encontrar la paz en el disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas».

Esa paz tan anhelada por todos sólo se obtiene en la unión con Jesucristo, en la aceptación de la voluntad divina y en la práctica de la caridad. Acabamos de citar tres conceptos que aparecen varias veces unidos en los mensajes de Prado Nuevo, y que conforman, por decirlo así, el lema de los que tratamos de vivir el espíritu emanado de este lugar de gracias y bendiciones: AMOR, UNIÓN Y PAZ. Esta vinculación tan estrecha se refl eja igualmente, por cierto, en algunas citas de san Pablo; por ejemplo, en su Carta a los Efesios escribe «Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda hu
mildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz»2. Citemos varios mensajes donde se reúnen las tres palabras mencionadas:

«Por eso os pido: amor, unión y paz entre vosotros» (El Señor, 5-101985).

Orad vosotros, hijos míos; formad grandes comunidades donde reine el amor, la unión y la paz» (La Virgen, 3-21990).

« Son tiempos de amor, de unión y de paz, hijos míos. Cumplid con mis mandamientos» (El Señor, 2-2-1991).

« Humildad pido, y que vuestra Obra sea el nombre de “unión, amor y paz”» (La Virgen, 6-6-1992).

Insiste más abajo en el concepto ya explicado: «Hija mía, di a mis hijos que he bajado a traer la paz», y pide una vez más la Capilla —esa capilla que es ya una realidad, aunque sea en su edifi cación provisional—, indicando una de sus fi nalidades: «Quiero que hagan una capilla en honor a mi nombre, para hacer retiros y ejercicios espirituales». ¡Qué poderosa ayuda para el crecimiento espiritual son estos dos medios señalados! La Iglesia los ha recomendado con frecuencia, tanto para las almas consagradas como para los laicos. San Ignacio de Loyola escribió con gran inspiración el famoso libro de los “Ejercicios Espirituales”, cuyas enseñanzas se vienen aplicando desde entonces con gran provecho para las almas. El mismo santo,
al invitar a un sacerdote a practicar dichos ejercicios, lo hace con frases muy encarecidas, «siendo todo lo mejor que yo —dice san Ignacio— en esta vida puedo pensar, sentir y entender, así para el hombre poderse aprovechar a sí mismo, como para poder fructifi car, ayudar y aprovechar a otros muchos».

De lo que han escrito sobre el tema los papas, incluido san Juan Pablo II, se podrían mostrar abundantes testimonios; baste lo que expresaba León XIII en una de sus cartas: «Los cuales Ejercicios gozan de maravillosa efi cacia para la enmienda de la vida, para obtener la perseverancia en el bien y para dar al alma nueva fuerza en medio de los peligros y de tantas causas de distracción como el mundo ofrece». Si añadimos, a esa eficacia propia de los ejercicios y retiros, la fuerza emanada de Prado Nuevo como fuente de espiritualidad auténtica, se pueden aventurar unos excelentes resultados, cuando se puedan llevar a cabo dichas experiencias en la solicitada Capilla y su privilegiado entorno. A día de hoy, ya se imparte en Prado Nuevo un retiro mensual los terceros sábados de mes.

La Virgen refi ere en los demás párrafos contenidos habituales en otros mensajes, que ya han tenido o tendrán su explicación correspondiente en otros comentarios. «Hija mía —le dice para terminar a Luz Amparo—, para llegar al Cielo, tiene que ser por el camino del dolor. Vale la pena sufrir aquí en la Tierra, para recibir la recompensa en el Cielo». ¡Cuánto ánimo se obtiene al pensar en la otra vida!, no para eludir las obligaciones de ésta temporal, sino para afrontar con entusiasmo los trabajos cotidianos. El verdadero cristiano asume con alegría y decisión lo que ha de cumplir según su vocación dentro de la Iglesia y en la sociedad en que vive. Está en el mundo pero sin pertenecer al mundo; por eso, le alienta la esperanza de alcanzar el Cielo, como destino defi nitivo del alma creada a imagen y semejanza de Dios.

En este camino de salvación es fundamental la presencia de la Virgen, nuestra Madre. «Esta maternidad de María en la economía de la gracia —tal como se expresa el Concilio Vaticano II— perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fi elmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la Cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida a los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada».

 

 

(Revista Prado Nuevo nº 24. Comentario a los mensajes)

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