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Condiciones para el pecado mortal y frutos del Rosario

 

Mensaje del 5 de Marzo de 1982

 

En el inicio del mensaje, el Señor conforta a Luz Amparo al ver cómo sufre. Le da ánimos y le expone los motivos y frutos ligados a esos sufrimientos que ella padece al unirse a la Pasión de Cristo. Le recuerda también que otras almas como la suya han sido elegidas para compartir con Jesús la ofrenda del dolor. Manifiesta cómo le hieren especialmente los desprecios de las almas consagradas:

«Sí, hija, muchas almas como tú sufren para dar fuerzas a otras almas, para evitar que caigan en el pecado. Sigue ofreciendo tus dolores por esas dos almas que están cambiando.

Hija mía, sigue pidiendo por ellas. Por las almas, mis almas escogidas, mis almas consagradas; las quiero tanto, que ardo en deseos de unirme con ellas. Cuanto más ardo en deseos por ellas más me desprecian».

Con frases encarecidas, continúa declarando su pena y amor, que espera verse correspondido, sobre todo, por dichas almas:

«Deseo que me reciban en la Comunión todos los días con humildad, con amor; me ofrezco como un viajero devorado por la sed, al que se le ofrece una gota de agua y, después de haberla recibido en sus labios, queda mucho más sediento que antes. Así, hija mía, suspiro yo constantemente por esas almas que me desprecian. Así sufro yo por todas mis almas. ¡Qué pena me dan! ¡Sufro tanto por ellas!…».

Seguidamente, interviene la Virgen, que confirma su misión de evangelizadora por todo el mundo mediante sus apariciones:

«Me he aparecido en varios lugares del mundo, pero no hacen caso de mis apariciones. La Humanidad corre un gran peligro. No se corrigen de sus pecados. No vuelven sus ojos a Dios. Rezad el Rosario diariamente, hija mía, para la conversión de los pecadores, por la paz del mundo, porque si no se arrepienten, el Padre Eterno va a descargar su ira sobre toda la Humanidad».

Estas palabras de María Santísima no nos han de hacer olvidar otras que nos previenen contra falsas apariciones marianas, donde interviene el demonio revestido de ángel de luz. El mismo apóstol san Pablo alerta contra este peligro, cuando escribe en su segunda carta a los de Corinto:

«Porque esos tales son unos falsos apóstoles, unos trabajadores engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y nada tiene de extraño: que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11, 13-14). «Como a ti —le aclaraba el Señor a Luz Amparo en un mensaje ya meditado en estos comentarios—, a muchas almas he revelado todo esto, he dado mis mensajes para el mundo, para que les dé tiempo a arrepentirse; pero se hacen los sordos, porque Satanás se muestra bajo fi ngidas apariciones; apariencias para seducir a muchos; y a él sí le creen» (22-1-1982).

Continúa la Virgen abriendo su Corazón pleno de amor y de dolor:

«¡Qué ingratos son! Profanan el Cuerpo de mi Hijo; desprecian la Sangre redentora de Cristo. Viven en pecado mortal sin miedo».

El pecado original fue el primer pecado mortal.

¡Qué poca importancia se da al pecado! ¡Cuántas almas permanecen en pecado mortal sin considerar la gravedad de su estado! Enseña el Catecismo de la Iglesia: «El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior»1. «Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: “Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento”».

¿Por qué advierte la Virgen, con profunda pena, a las almas que viven en pecado mortal sin temor alguno? El mismo Catecismo apunta las tristes consecuencias que conlleva permanecer en ese estado: «El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del Infierno»3.

«También diles a todos que me agrada mucho que vayan de pueblo en pueblo rezando el santo Rosario. El santo Rosario es lo que más poder tiene. Con el santo Rosario, hija mía, se puede salvar toda la Humanidad».

«El Rosario, como ejercicio de devoción cristiana, sigue en importancia a la Santa Misa y al Breviario; y sigue para los laicos a la participación en los sacramentos» (S. Juan XXIII).

¡Qué profunda y sencilla a la vez la oración del Rosario! ¡Qué eficaz en todos los órdenes! ¡Cuánto alegra el Corazón de María esta plegaria tan maravillosa! Hace, por ello, la Virgen una más de sus promesas, que es confirmación de la que ya realizara en Tuy (Pontevedra) a través de Sor Lucía y que anunció antes en Fátima a los tres pastorcitos: «Vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora en los primeros sábados» (13-7-1917):

«Yo prometo a todo el que rece el santo Rosario diariamente y comulgue los primeros sábados de mes, asistirle en la hora de su muerte».

En cuanto al valor del Rosario, al decir que «es lo que más poder tiene», se entiende en cuanto a devoción, ya que es considerada la más valiosa entre todas. Acerca de esto, ofrecemos el criterio siempre actual de san Juan XXIII, que señaló en su momento: «El Rosario, como ejercicio de devoción cristiana, sigue en importancia a la Santa Misa y al Breviario; y sigue para los laicos a la participación en los sacramentos»4. Ciertamente, el Rosario posee una virtud especial para obtener gracias del Cielo por intercesión de María, y tiene un poder extraordinario cuando se trata de combatir contra las fuerzas del mal. Admirables frutos los de la plegaria mariana por excelencia, algunos de los cuales se apuntan en el mismo mensaje:

«Es una ayuda preciosa para cumplir los mandamientos, recibir con eficacia los sacramentos, buscar la perfección, hacer la voluntad divina, contribuir a la salvación de las almas, obtener la conversión de los pecadores…» (La Virgen).

 

 

(Revista Prado Nuevo nº 34. Comentario a los mensajes)

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