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III DOMINGO DE CUARESMA (C)

 

EVANGELIO

Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera (cf. Lc 13, 1-9)

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.

Jesús respondió:

«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».

Y les dijo esta parábola:

«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

“Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?”.

Pero el viñador respondió:

“Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”».

Palabra del Señor.

 

LECTURA ESPIRITUAL Y HOMILÍA

San Ambrosio

Tratado sobre el Evangelio de San Lucas

Un hombre tenía plantada en su viña una higuera. ¿Qué querrá significar el Señor al usar con tanta frecuencia en su Evangelio la parábola de la higuera? En otro lugar ya has visto cómo al mandato del Señor se secó todo el verdor de este árbol (Mt 21,19). De aquí has de concluir que el Creador de todas las cosas puede mandar que las distintas especies de árboles se sequen o tomen verdor en un instante. En otro pasaje, Él recuerda que la llegada del estío suele conocerse porque surgen en el árbol retoños nuevos y brotan las hojas (Mt 24,32). En estos dos textos se halla figurada la vanagloria que perseguía el pueblo judío y que desapareció, como una flor, cuando vino el Señor, porque permanecía infructuosa en obras, y lo mismo que, con la venida del estío, se recolectan los frutos maduros de la tierra toda, así también, en el día del juicio, se podrá contemplar la plenitud de la Iglesia, en la que creerán aun los mismos judíos.

Tratemos de encontrar también aquí el misterio de un sentido más profundo. La higuera está en la viña; y esta viña era del Señor de los ejércitos, a la que entregó después a las naciones como un botín (Is 5,7). Y así, el que hizo devastar la viña fue el mismo también que mandó que la higuera se secara. La comparación de este árbol es muy aplicable a la Sinagoga, porque igual que este árbol, con la exuberancia de abundantes hojas, hizo perder toda esperanza a ese su dueño, que aguardaba, en vano, la cosecha ansiada, así también en la Sinagoga, mientras los doctores, infecundos en obras, se enorgullecían por sus palabras, semejando una floración exuberante, se extendió la sombra de una ley vana, con lo cual, la esperanza y la expectación de una recolección quimérica destruyó los anhelos del pueblo creyente (…).

Examina ahora las costumbres y disposiciones de los judíos, los cuales son como los primeros frutos de la mala fertilidad de la Sinagoga, que cayeron, como cayeron en esta figura los brotes de la higuera, para dar lugar a los frutos de nuestra raza que permanecerán para siempre. Porque el primer pueblo de la Sinagoga, como radicalmente enfermo en su actuar malvado, no ha podido absorber la savia de la sabiduría natural, y por ello cayó como un fruto inútil, con objeto de que de las mismas ramas del árbol, fecundado por la savia de la religión, naciese el nuevo pueblo de la Iglesia (…).

Y esto no es algo distinto de lo que aconteció a Adán y a Eva, primeros padres nuestros tanto en cuanto a la raza como en lo referente a la caída, los cuales se vistieron con las hojas de este árbol y merecieron ser arrojados del paraíso cuando, dándose cuenta de su transgresión, huyeron de la presencia del Señor, que paseaba con ellos, queriéndonos indicar con eso que, al fin del mundo, cuando llegue el Señor de la salvación, que también a ellos vino a llamar, los judíos se darán cuenta que las tentaciones del demonio fueron quienes les despojaron de las virtudes y, arrepentidos de la desnudez vergonzosa de su conciencia y viéndose apartados de la religión, sentirán una profunda vergüenza de su prevaricación y se apartarán del Señor, tratando de cubrir la ignominia de su conducta con una abundancia de palabras, que semejarán un velo tejido con hojas.

Por eso, todos aquellos que recogieron de la higuera hojas y no frutos, serán excluidos del reino de Dios; pues tenían un alma viviente. Y, por el contrario, vino el segundo Adán, que buscaba, no las hojas, sino los frutos, porque tenía un espíritu vivificante (1 Cor 15,45). A la verdad, el fruto de la virtud se obtiene mediante el espíritu, así como, por medio de él, es como dignamente es adorado el Señor. En realidad, el Señor buscaba, no porque no supiera que la higuera no tenía fruto, sino para enseñarnos, con este ejemplo, que la Sinagoga, ya a esta altura, debía tener fruto. También con lo siguiente nos quiere enseñar que Él, que estuvo entre ellos durante tres años, no había venido antes del tiempo señalado; y si no, lee lo que sigue: Hace ya tres años que vengo en busca del fruto de esta higuera y no lo hallo; córtala, pues ¿para qué va a ocupar la tierra en balde?

El vino a Abrahán, a Moisés, vino a María, es decir, apareció como una señal (cf. Rom 4,11), apareció en la Ley y apareció con su cuerpo. Su venida la reconocemos por sus beneficios: unas veces nos purifica, otras satisface por nosotros y otras, finalmente, nos santifica y nos justifica. La circuncisión ha purificado, la Ley ha santificado, la gracia ha justificado. Él es todo en todos y hace una unidad de la multiplicidad. En verdad, nadie sin el temor de Dios se ha podido justificar. Y nadie merece la Ley si no está purificado de sus culpas, como nadie que desconozca la Ley poseerá la gracia. Y por esa razón el pueblo judío no pudo purificarse, puesto que su circuncisión no había sido espiritual, sino algo exclusivamente corporal, ni pudo santificarse porque ignoró la virtud de la Ley, ya que seguía los deseos carnales más que los espirituales —y, sin embargo, la Ley es espiritual (Rom 7,14) —, ni pudo justificarse, porque no hacía penitencia de sus pecados y, por consiguiente, no conocía la gracia.

Por no haberse encontrado ningún fruto en la Sinagoga, se llevó a cabo la orden de que pereciera. Pero el buen jardinero, Aquel, sin duda, en el que descansa la Iglesia, presagiando que había sido enviado otro a los gentiles, ya que Él lo había sido a los circuncisos, intervino con afecto para que ese pueblo judío no fuera proscrito, con el fin de que también él, por medio de la llamada, pudiese ser salvado por la Iglesia, y por eso dijo: Déjala aún por este año que la cabe y la abone.

¡Qué pronto conoció que la causa de la esterilidad de los judíos era su dureza de corazón y su soberbia! En verdad, Él sabe tratar los vicios tan bien como descubrirlos. El promete trabajar para ablandar la dureza del corazón con una lluvia incesante de apóstoles, para que «la palabra de dos filos» (Hebr 4, 12) devuelva la vida al alma durante tanto tiempo abandonada y, ablandado su corazón, reanime su sentido haciéndolo atento al soplo del Espíritu, con el fin de que una abundancia excesiva no se convierta en un obstáculo ni esconda la raíz de la sabiduría. Pero, además, dice que le va a echar una carga de abono. Es cierto que la fuerza del abono es grande, y lo es hasta tal punto, que gracias a él la misma infecundidad se vuelve fecunda, la aridez reverdece y la esterilidad fructifica. Sobre él se sentó Job cuando estaba tentado, y no pudo ser vencido; y Pablo considera que todo es estiércol en comparación con ganar a Cristo (cf. Phil 3,8). Y cuando Job comenzó a perderlo todo y se hubo sentado sobre el estiércol, ya nada tuvo el diablo que poder quitarle. No hay duda de que la tierra que se cava resulta fecunda, y el estiércol que se entierra contribuye a la fecundidad. Como es cierto también que el Señor levanta del polvo al pobre y alza del estiércol al desvalido (Ps 112,7) (…).

Por lo cual, a través de la naturaleza de este árbol, se nos representa el carácter de la Sinagoga, fructuosa gracias a un segundo impulso —ya que nosotros somos de la raza de los patriarcas—, y, efectivamente, con toda razón, son comparados los judíos a los frutos caducos, puesto que, al tener un corazón necio y una cabeza dura, no pueden llegar a un estado duradero. Los que mueran y, por así decir, se oculten a este mundo, con el fin de que renazca en ellos el hombre interior por medio del agua del bautismo, éstos sí darán fruto. Pero la perfidia de los hombres de dura cerviz ha convertido a la Sinagoga en algo inútil, y por eso, al ser estéril, se da la orden de que se la corte.

Lo que se ha dicho de los judíos es algo que, creo, debemos tener todos nosotros muy presente, no sea que ocupemos un lugar fecundo de la Iglesia desprovistos de méritos, precisamente nosotros que, por estar benditos, como la granada (Ag 2,12ss), debemos dar frutos internos, frutos de pudor, de unión, de mutua caridad y de amor, encerrados en el único seno de la Iglesia, nuestra madre, para que no nos dañe el viento, no nos abata el granizo, ni nos agoste el ardor de la avaricia, ni seamos atacados por la humedad y la lluvia.

Algunos, sin embargo, creen que el ejemplo de la higuera no es una figura de la Sinagoga, sino de la maldad y perversidad. Con todo, éstos piensan así porque confunden el género con la especie, y se dicen que hay que temer lo que el Señor dijo a la higuera: ¡Que nunca jamás nazca de ti fruto!; a pesar de todo, sabemos que muchos judíos creyeron, como también muchos otros lo van a hacer. Pero todo aquel que crea ya no será un fruto de la Sinagoga, sino de la Iglesia, pues el que renace de la Iglesia ya no nace de la Sinagoga. Y del mismo modo que han salido de nosotros, pero que no eran de los nuestros, pues, si fueran de los nuestros, hubieran permanecido con nosotros (1 Jn 2,19), así también nosotros sostenemos que algunos judíos no hay duda que creen, puesto que, si fueran de la Sinagoga, se hubieran quedado en ella; pero si han salido de la Sinagoga, justo es creer que no eran de ella. Además, haciendo otra interpretación, la malicia es el obstáculo que interviene, tratando de impedir que se produzca fruto alguno, y por eso, cuando venga el Señor, destruirá todo germen de maldad (S. Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.7, 160-168. 170-172 [BAC, Madrid, 1966] pp. 427-34).

 

P. Alfredo Sáenz, S. J.

Paciencia de Dios y urgencia de la conversión del hombre

Guiados por la liturgia de la Iglesia, nos vamos aproximando al momento culminante de la obra redentora de Jesucristo, su Pasión y Resurrección, culmen de la lucha entre las tinieblas y la luz, centro de la historia, que a partir del triunfo de Jesucristo verá reencauzado esencialmente su curso. Poco a poco, nos vamos introduciendo en la inteligencia del único hecho que ha verdaderamente modificado todo el orden creado, llamando a la dignidad de hijos adoptivos de Dios a todos aquellos, nosotros, que éramos hijos de ira por naturaleza.

Las dos primeras lecturas que la Iglesia nos propone en este domingo nos introducen en el drama que se pone luego plenamente de manifiesto en la parábola evangélica. El libro del Éxodo nos habla de la Alianza de Dios con su pueblo en el Antiguo Testamento, de las maravillas de su amor, destacando la misericordia con que el Señor se compadeció de su pueblo, al liberarlo de la esclavitud, y al intervenir repetidamente en su historia para colmarlo de sus beneficios. San Pablo nos recuerda dichos beneficios, que son imagen de la única verdadera Redención plena, la que aporta Jesucristo, haciéndonos ver que Él es la verdadera misericordia de Dios, la imagen visible del Dios Invisible, la faz de Dios, Padre amoroso y preocupado por la salvación de todos sus hijos. El Apóstol nos advierte también acerca de las consecuencias que acarreó para el pueblo judío en el desierto su dureza de corazón, su desprecio de las gracias divinas, el abuso de la misericordia que Dios le había deparado. Por ello termina amonestando a sus fieles de Corinto: «Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!».

Como muchas veces lo hizo en el curso de su predicación terrena, el Señor gusta de expresar los misterios más recónditos de su obra redentora mediante signos tomados de la vida cotidiana del pueblo judío. A través de imágenes, aparentemente banales, nos descubre los secretos más profundos del Reino de Dios.

Comienza el Señor por corregir la falsa idea que de la justicia divina se hacían los judíos de su tiempo. Como los amigos de Job, y como muchas veces nos sucede a nosotros mismos, tenían tendencia a pensar que los que reciben grandes pruebas son los más culpables. Jesús rectifica esta presunción de penetrar los juicios divinos mostrando, una vez más, como lo hizo desde el principio de su predicación, que nadie puede creerse exento de pecado, y por consiguiente que a todos es indispensable el arrepentimiento y la actitud de un corazón contrito delante de Dios. No se pueden, pues, identificar las pruebas que se nos presentan a lo largo de la vida con castigos divinos, ni pensar que el éxito en nuestros proyectos materiales sea necesariamente un signo de aprobación divina de todo aquello que obramos.

Muy por el contrario, a lo largo de su predicación el Señor pondrá de manifiesto cómo la persecución, la burla, el rechazo de los hombres, las pruebas de todo tipo, serán un signo distintivo de sus discípulos, de su colaboración con la obra redentora a la que el Señor mismo los llama. Medio de purificación de los propios pecados, participación en la misión salvadora de Cristo.

La parábola que el Señor propone a continuación da una dimensión cósmica a la necesidad de conversión de la que el Señor acaba de hablarles a sus oyentes. Esta higuera a la que el dueño había plantado y cuidado con la esperanza de recabar de ella abundantes frutos es ante todo Israel, el pueblo elegido del Antiguo Testamento, al que Dios había cuidado y colmado de sus dones en orden a que fuera instrumento de salvación para las naciones. Por tres años el Mesías esperado predicó el mensaje de salvación a su pueblo, pero ellos desoyeron su enseñanza, porque sus corazones eran de piedra, cerrados a la Palabra de Dios para seguir sus tradiciones humanas. Sin embargo Dios, incansablemente fiel y generoso, les concedió todavía un año de misericordia, es decir que les renovó las promesas de bendición por medio de la predicación de la Iglesia, muy especialmente de San Pedro y San Pablo. Sin embargo, ellos volvieron a endurecer su corazón y trataron a los discípulos como habían tratado al Maestro. Pocos entraron en la Iglesia, como pocos habían sido los que entraron en la tierra prometida luego del largo camino en el desierto. Los dones de Dios requieren de la respuesta libre y amorosa del hombre; de otro modo, Dios puede cortar la higuera estéril.

Sin embargo, queridos hermanos, no caigamos nosotros en el error de los oyentes de Jesús, a los que el Señor reprendió por su insensatez. «Todo esto les sucedió simbólicamente —nos dijo San Pablo en la segunda lectura de hoy—, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final». De hecho, en la historia misma de la Iglesia, hubo higueras que dieron mucho fruto, pero que luego, como el hijo pródigo, dilapidaron el tesoro que Dios les había donado. Pensemos en aquella Europa cristiana, que recibió la primera semilla de la Fe por boca de los Apóstoles mismos, regada con la sangre de innumerables mártires, protegida por santos pastores, civilizada por multitud de monjes, enriquecida con toda clase de dones. Beneficiaria, ella también, de un amor de gran predilección por parte del Señor. Pero hace ya tiempo que el dueño del campo va a buscar frutos de redención en aquella higuera y no encuentra sino esterilidad. ¿Dónde están las virtudes cristianas que hicieron posible la edificación de las magníficas catedrales, la creación de las escuelas y universidades, la construcción de una sociedad que tenía por ley el Evangelio, los tesoros del arte, las obras maestras de la literatura cristiana, el gobierno de príncipes santos? Como los oyentes de Jesús, gran parte de los hodiernos habitantes de aquellas regiones desprecian a los que viven en el dolor, en la miseria y el hambre, poniendo como signo de su superioridad la edificación de un paraíso en la tierra. A ellos, también, Jesús les pregunta si se creen menos culpables. «Os aseguro que no —agregaría ahora, como lo hizo entonces—, y si vosotros no os convertís, todos acabaréis de la misma manera». Quien desprecia los mismos fundamentos espirituales que fueron base de su grandeza, termina por dilapidar el tesoro y caer en la indigencia.

Oremos, hermanos, por aquellos cristianos fieles que en la vieja Europa, madre de nuestra cultura y de nuestra fe, siguen combatiendo el buen combate, y pidamos con ellos al dueño del campo que le dé a aquella bendita tierra «un año más», y la gracia de que sus corazones se abran a la penitencia que da frutos de vida eterna.

Oremos también por nuestra querida Patria, que parece igualmente querer olvidar sus orígenes cristianos, aquellos que la hicieron grande, para seguir en pos de un utópico nuevo orden mundial donde el Salvador no parece estar presente. Oremos, en fin, por todos nosotros, para que ninguno crea que no puede caer, y así, llenos de humildad, pero también de espíritu magnánimo, nos volvamos instrumentos aptos para que Cristo reine en los individuos y sociedades. Que cuando el dueño del campo nos visite no nos encuentre sin fruto. Amén (Sáenz, A., Palabra y Vida, Ciclo C [Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994] pp. 103-106).

NOTA: Las palabras en negrita han sido resaltadas por la web de Prado Nuevo.

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