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XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (C)

 

EVANGELIO

¡Si tuvierais fe…! (cf. Lc 17, 5-10)

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor:

«Auméntanos la fe».

El Señor dijo:

«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera:

“Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería.

¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”?

¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?

¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

Palabra del Señor.

 

LECTURA ESPIRITUAL Y HOMILÍA

El perdón de las ofensas (cf. Lc 17, 3-4)

1. El mismo Jesucristo, nuestro Señor, que nos hizo cuando permanecía junto al Padre y que nos rehízo aceptando ser hecho él también en beneficio nuestro; el mismo Dios nuestro Señor nos dice, según acabamos de oír: Si tu hermano pecare contra ti, corrígele; y si hiciera penitencia, perdónale. Y aunque pecare siete veces al día contra ti y acercándose te dijera «Me arrepiento», perdónale. Al decir «siete veces al día» quiso que se entendiese «cuantas veces»; no sea que peque ocho veces y no quieras perdonarle. ¿Qué significa, pues, siete veces? Siempre, cuantas veces pecare y se arrepintiere. Del mismo modo, la frase «Te alabaré siete veces al día» equivale a ésta de otro salmo: «Su alabanza está siempre en mi boca». La razón por la que se expresa «siete veces» en lugar de «siempre» es clarísima: la totalidad del tiempo se completa con el ir y venir de siete días.

2. Quienquiera que seas tú que tienes tu mente puesta en Cristo y deseas alcanzar lo que prometió, no sientas pereza en cumplir lo que ordenó. ¿Qué prometió? La vida eterna. ¿Y qué ordenó? «Concede el perdón a tu hermano». Como si te dijera: «Tú, hombre, concede el perdón a otro hombre, para que también yo, Dios, vaya hacia ti» (…).

¿Qué significa esto sino que perdones a quien te lo pide, si tú mismo pides que se te perdone? O también, me atrevo a decir, si no tienes nada que te deba ser perdonado, no perdones. Aunque reconozco que no debí haber dicho esto. Aunque nada tengas de que ser perdonado, debes perdonar, porque también perdona Dios, que nada tiene que haya de serle perdonado.

3. Dirás: «Pero yo no soy Dios, soy un hombre pecador». ¡Gracias al Señor, que confiesas tener pecados! Perdona, pues, para que se te perdone. Nuestro mismo Dios nos exhorta a que le imitemos. En primer lugar, el mismo Cristo, de quien dijo el apóstol Pedro: Cristo sufrió por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. El que ciertamente no tenía pecado alguno, murió por los nuestros y derramó su sangre para el perdón de los mismos. Recibió por nosotros lo que no le era debido, para librarnos de la deuda. Ni Él debía morir, ni nosotros vivir. ¿Por qué? Porque éramos pecadores. Ni a Él le correspondía la muerte, ni a nosotros la vida. Tomó para sí lo que no le correspondía; lo que no se nos debía nos lo dio. Más, puesto que se habla del perdón de los pecados, para que no juzguéis que es mucho para vosotros imitar a Cristo, escuchad lo que dice el Apóstol: Perdonándoos mutuamente, como también Dios os perdonó en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios. Son palabras del Apóstol, no mías. ¿Es acaso de soberbios imitar a Dios? Imitadores de Dios. Ciertamente, es algo soberbio. Como hijos amadísimos. Tú te llamas hijo; si rechazas la imitación, ¿cómo aspiras a obtener la herencia?

4. Esto es lo que te diría, si no tuvieras ningún pecado para el cual deseases el perdón. Más he aquí que, seas quien seas, eres hombre; aunque seas justo, eres hombre; aunque seas seglar, o monje, o clérigo, u obispo, o apóstol, hombre eres. Escucha la voz de un apóstol: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. ¿Quién dijo esto? Aquel, aquel, aquel Juan, el evangelista, a quien el Señor amaba más que a los otros, el que reposaba en su pecho; aquél se expresa así: Si dijéramos. No escribió: «Si dijerais que no tenéis pecado», sino: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no existe en nosotros la verdad. Se asoció en la culpa, para hallarse asociado también en el perdón. Si dijéramos. Considerad de quién son estas palabras. Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no existe en nosotros verdad. Si, por el contrario, confesamos nuestros pecados, él es justo y fiel para perdonárnoslos y purificarnos de toda iniquidad. ¿Cómo «purificarnos»? Mediante el perdón; no se trata de que no halle qué perdonar, sino que, hallándolo, lo perdona. Por tanto, hermanos, si tenemos pecados, perdonemos a quienes nos lo piden, perdonemos a quienes se arrepienten. Que las enemistades no permanezcan en nuestro corazón. Cuanto más las retengamos, más viciarán nuestro mismo corazón.

5. Quiero, pues, que perdones tú, porque mi perdón lo exige. Te suplican perdón, concédelo. Te lo suplican y lo suplicarás. Te lo suplican, perdona; también tú suplicas que se te perdone. Mira que llegará el momento del Padrenuestro. Te cogeré en las palabras que irás a decir. Son éstas: Padre nuestro, que estás en los cielos. No te contarás en el número de los hijos si no dices Padre nuestro. Por tanto has de decirlo. Sigue: Santificado sea tu nombre. Di todavía: Venga tu reino. Continúa aún: Hágase tu voluntad, así en la Tierra como en el Cielo. Pon atención a lo que añades: Danos hoy nuestro pan de cada día. ¿Dónde están tus riquezas? Advierte que estás mendigando. Con todo, y a esto quería llegar, di todavía lo que sigue después de «Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdónanos nuestras deudas». Llegaste a las palabras en que pensaba: Perdónanos, dice, nuestras deudas. Haz, por tanto, lo que sigue. Perdónanos nuestras deudas. ¿Con qué derecho? ¿Por qué pacto? ¿En virtud de qué acuerdo? ¿Qué autógrafo presentas? Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Por si fuera poco el hecho de no perdonar, todavía mientes a Dios. Se ha establecido la condición; se trata de una determinación fija. «Perdóname, como yo perdono». En consecuencia, no te perdona si tú no perdonas. Perdóname, como yo perdono. Quieres que se te conceda el perdón cuando lo pides, concédelo cuando se te pide. Estas súplicas las ha dictado el jurisperito celeste. No te engaña. Pide en conformidad con el derecho celeste; di: Perdónanos, así como nosotros perdonamos. Y haz lo que dices. Quien miente en las súplicas, carecerá del beneficio. Quien miente en las súplicas, además de perder la propia causa, hallará un castigo. Y si alguien miente al emperador, cuando se haga presente será declarado culpable por mentir. Cuando tú mientes en la oración, con tu misma oración te declaras culpable. Dios no necesita testigos a tu lado para convencerte de ello. Quien te redactó las súplicas, ése es tu abogado; si mientes, Él es tu testigo; si no te corriges, Él será tu juez. Por tanto, dilo y hazlo; porque si no lo dices, no consigues nada pidiendo en forma contraria a como marca la ley; si lo dices y no lo haces, serás además reo de haber dicho una mentira. No hay forma de salvar esta petición sino cumpliendo lo que se dice. ¿Acaso podemos eliminar este versillo de nuestra oración? ¿O queréis que permanezca lo primero: Perdónanos nuestras deudas, y que se borre la segunda parte: Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores? No lo borrarás, no sea que seas borrado tú antes. En la oración dices, pues: «Da»; dices: «Perdona», para recibir lo que no tienes, para que se te perdone aquello en que pecaste. ¿Quieres recibir? Da. ¿Quieres que se te perdone? Perdona. El dilema es sencillo. Escucha lo que dice el mismo Cristo en otro lugar: Perdonad y se os perdonará; dad y se os dará. Perdonad y se os perdonará. ¿Qué habéis de perdonar? Las ofensas que otros os hicieron. ¿Qué se os perdonará? Vuestros pecados. Y vosotros dad y se os dará. Los que deseáis la vida eterna, servid de apoyo para los pobres en la vida temporal; dadles sustento en esta vida y, en recompensa, de semilla tan pequeña y terrena recibiréis como cosecha la vida eterna. Amén (San Agustín, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 114, 1-5, BAC, Madrid, 1983).

 

HOMILÍA

Papa Francisco

(Ángelus, 6 de octubre de 2013)

Granos de mostaza

Granos de mostaza

Hoy, el pasaje del Evangelio comienza así: «Los apóstoles le dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”» (Lc 17, 5). Me parece que todos nosotros podemos hacer nuestra esta invocación. También nosotros, como los Apóstoles, digamos al Señor Jesús: «Auméntanos la fe». Sí, Señor, nuestra fe es pequeña, nuestra fe es débil, frágil, pero te la ofrecemos así como es, para que Tú la hagas crecer.

Y, ¿qué nos responde el Señor? Responde: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería» (v. 6). La semilla de la mostaza es pequeñísima, pero Jesús dice que basta tener una fe así, pequeña, pero auténtica, sincera, para hacer cosas humanamente imposibles, impensables. ¡Y es verdad! Todos conocemos a personas sencillas, humildes, pero con una fe muy firme, que de verdad mueven montañas. Pensemos, por ejemplo, en algunas mamás y papás que afrontan situaciones muy difíciles; o en algunos enfermos, incluso gravísimos, que transmiten serenidad a quien va a visitarles. Estas personas, precisamente por su fe, no presumen de lo que hacen, es más, como pide Jesús en el Evangelio, dicen: «Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17, 10). Cuánta gente entre nosotros tiene esta fe fuerte, humilde, que hace tanto bien.

En este mes de octubre, dedicado en especial a las misiones, pensemos en los numerosos misioneros, hombres y mujeres, que para llevar el Evangelio han superado todo tipo de obstáculos, han entregado verdaderamente la vida; como dice san Pablo a Timoteo: «No te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios» (2 Tm 1, 8). Esto, sin embargo, nos atañe a todos: cada uno de nosotros, en la propia vida de cada día, puede dar testimonio de Cristo, con la fuerza de Dios, la fuerza de la fe. Con la pequeñísima fe que tenemos, pero que es fuerte. Con esta fuerza dar testimonio de Jesucristo, ser cristianos con la vida, con nuestro testimonio.

¿Cómo conseguimos esta fuerza? La tomamos de Dios en la oración. La oración es el respiro de la fe: en una relación de confianza, en una relación de amor, no puede faltar el diálogo, y la oración es el diálogo del alma con Dios. Octubre es también el mes del Rosario, y en este primer domingo es tradición recitar la Súplica a la Virgen de Pompeya, la Bienaventurada Virgen María del Santo Rosario. Nos unimos espiritualmente a este acto de confianza en nuestra Madre, y recibamos de sus manos el Rosario: el Rosario es una escuela de oración, el Rosario es una escuela de fe (cf. vatican.va).

 

Nota: Las palabras en negrita han sido resaltadas por la web de Prado Nuevo.

 

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