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La Capilla y la salvación

 

Mensaje del 6 de noviembre de 1981

 

En este mensaje, la Virgen centra su interés y petición en la Capilla que, no pocas veces, pide a lo largo de los mensajes. Y supedita determinadas gracias a que se lleve a cabo dicha petición; las gracias vendrán cuando se haya cumplido su deseo.

«Diles a todos que no vendrán las gracias que necesitan sino cuando se haya satisfecho el deseo mío de hacer una capilla en el lugar que te he indicado» (La Virgen).

Cuando escribimos este comentario, la Capilla de «Nuestra Señora de los Dolores» es una hermosa realidad desde agosto de 2012, aunque de momento sea una construcción provisional, que es lo que permiten las actuales condiciones del suelo. En esta bella capilla, por gracia de Dios y concesión del anterior Arzobispo de Madrid, D. Antonio María Rouco, se celebra cada día la Misa y se tienen otros actos del culto, como la exposición de la Eucaristía, retiros, etc.

El mensaje sólo dedica un párrafo al tema diferente, que enseguida comentamos.

«Diles a todos mis hijos que se arrepientan y dejen de escuchar doctrinas que no sean las de mi Hijo; que escuchen la ley del Evangelio de mi Hijo, de los Evangelios de Jesús; que escuchen la palabra de Dios; que la ley del Evangelio es la ley que ha dado mi Hijo a su Iglesia Santa, porque fuera de su Iglesia no habrá salvación» (La Virgen).

¡Cuántas doctrinas cautivan al hombre contemporáneo! ¡Son tantos los medios, además, para atraer la atención!: televisión, cine, internet, revistas, etc. Todos ellos instrumentos que, pudiendo servir para el bien, son muchas veces utilizados para perjudicar moralmente a las almas. Modos de pensar y formas de vida contrarias a la ley evangélica se imponen y, ante ello, la mayoría se sienten indefensos. Una de las realidades más engañosa, ya presente en el pasado siglo XX, ante la cual ya alertó san Juan Pablo II[1], es la denominada “New Age” o “Nueva Era”, que es un movimiento seudo-espiritual que abraza ideas, conceptos y prácticas incompatibles con el cristianismo y con la fe católica. Se presenta de muchas formas; por lo cual, conviene estar muy firmes en la oración y en la escucha atenta de la palabra de Dios, como indica el mensaje, para no ser confundidos y engañados.

 

«No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno»

En un mundo como el que vivimos, secularizado y materialista, hemos de estar siempre alerta para no dejarnos arrastrar por sus seducciones, por sus halagos y atractivos, que se contraponen al Evangelio. San Juan deja bien claro, en palabras de Jesús, que los verdaderos cristianos han de batirse contra los estilos mundanos de cada época: «Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo» (Jn 17, 14-16). «No ser del mundo» significa no dejarse arrastrar por lo mundano, es decir, por los vicios y maldades de los que viven en la Tierra y no quieren saber nada de Dios, dominados por sus pasiones. La mayoría hemos de vivir en medio del mundo por razones de trabajo, familiares, sociales, etc., pero el discípulo de Cristo vive en el mundo intentando impregnar las realidades temporales de un perfume sobrenatural, el que emana de Jesucristo: «Pues nosotros —escribe san Pablo— somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden» (2 Co 2, 15), con una vida íntegra en la búsqueda de la perfección cristiana, sea cual fuere nuestro estado de vida y profesión.

 

¿Hay salvación fuera de la Iglesia?

La última frase del párrafo necesita explicarse para evitar una interpretación errónea. Coincide con la expresión clásica repetida por los Padres de la Iglesia: «Fuera de la Iglesia no hay salvación» y que da título, precisamente, a varios números del Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Cómo hay que entender estas palabras? Significan que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia, que es su Cuerpo; cualquiera que se salva, pues, es por los méritos infinitos de Jesucristo. El n. 847 del Catecismo dice exactamente: «Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia: “Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” [LG 16]». Sabemos que Dios, en su infinita misericordia, quiere que todos los hombres se salven. El mismo Catecismo enseña: «Debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien» al misterio pascual de Cristo muerto y resucitado, por cuyos méritos se pueden salvar (n. 1260).

 

«…creer solamente lo que la Iglesia siempre y universalmente ha creído»

¡Qué agradecidos hemos de estar por vivir en el seno de la Iglesia! Por desgracia hay quienes no profesan el respeto y amor debido a la Iglesia y, fácilmente, la critican, impugnando sus enseñanzas y mandatos. ¡Qué diferentes las palabras de san Vicente de Lerins!: «El verdadero y auténtico católico es el que ama la verdad de Dios y a la Iglesia, cuerpo de Cristo; aquel que no antepone nada a la religión divina y a la fe católica; ni la autoridad de un hombre, ni el amor, ni el genio, ni la elocuencia, ni la filosofía; sino que, despreciando todas estas cosas y permaneciendo sólidamente firme en la fe, está dispuesto a admitir y a creer solamente lo que la Iglesia siempre y universalmente ha creído»[2]. Repitamos con el Credo que creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica; amemos a la Iglesia, sigamos sus enseñanzas; amemos igualmente al Romano Pontífice, escuchando con atención sus palabras y siguiendo su magisterio; precisamente, el papa Francisco dedicó sus catequesis del año 2013 a explicar el Credo. Invoquemos a María como Madre de la Iglesia, conforme la proclamó el beato Pablo VI: «Para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima “Madre de la Iglesia”, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, así de todos los fieles como de los Pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título»[3].

[1] Cf. Cruzando el umbral de la esperanza, p. 103, edic. española, 1994. Discurso a los Obispos, 28-5-1993.

[2] Conmonitorio, n. 20.

[3] Discurso final, III Ses. Conc. Vaticano II, 21-11-1964.

 

(Revista Prado Nuevo nº 16. Comentario a los mensajes) 

 

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