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IV DOMINGO DE PASCUA (B)

 

EVANGELIO (forma breve)

El buen pastor da su vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11-18)

EN aquel tiempo, dijo Jesús:

«Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor.

Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

Palabra del Señor.

 

LECTURA ESPIRITUAL Y HOMILÍA

Tratado 46

Desde las palabras: «Yo soy el buen pastor», hasta: «…mas el mercenario huye, porque es mercenario y no le importan las ovejas».

1. Hablando Nuestro Señor Jesucristo a sus ovejas, tanto a las presentes como a las futuras, que entonces tenía delante (puesto que entre las que ya eran sus ovejas había otras que lo serían), tanto a las presentes como a las futuras, a ellos y a nosotros y a cuantos después de nosotros han de ser ovejas suyas, les manifiesta quién es el que les ha sido enviado. Todas, pues, oyen la voz de su pastor, que dice: Yo soy el buen pastor. No hubiera dicho bueno si no hubiera pastores malos. Los pastores malos son ladrones y salteadores, o, cuando más, mercenarios. Debemos indagar, distinguir y conocer todas las personas que aquí ha mencionado. Ya el Señor ha revelado dos cosas que veladamente había propuesto. Ya sabemos que la puerta es Él mismo, y que Él mismo es el pastor. Quiénes son los ladrones y los salteadores, quedó declarado en la lectura de ayer. En la de hoy hemos oído nombrar al mercenario y al lobo, y en la de ayer fue nombrado también el portero. Entre los buenos están, por lo tanto, la puerta, el portero, el pastor y las ovejas; y entre los malos, los ladrones, los salteadores, los mercenarios y el lobo.

2. Sabemos que la puerta es Cristo, y que El mismo es el pastor; ¿quién es el portero? Él mismo declaró las dos cosas primeras; el portero lo dejó a nuestra inquisición. Y ¿qué dice del portero? A éste le abre el portero. ¿A quién abre? Al pastor. ¿Qué abre al pastor? La puerta. Y ¿quién es la puerta? El mismo pastor. ¿Por ventura, si Cristo nuestro Señor, no hubiese dicho: «Yo soy el pastor», y: «Yo soy la puerta», ¿se atreviera alguno de nosotros a decir que el mismo Cristo era el pastor y la puerta? Si hubiese dicho: Yo soy el pastor, y no hubiese dicho: Yo soy la puerta, indagaríamos quién era la puerta, y quizá, pensando otra cosa, nos hubiésemos quedado a la puerta. Por una gracia y misericordia suya nos explicó que Él es el pastor y que Él es la puerta, dejándonos a nosotros la inquisición del ostiario[1]. ¿Quién diremos nosotros que es el ostiario? A cualquiera que digamos, tenemos que evitar decir que es mayor que la puerta, como sucede en las casas de los hombres, en las que el portero es de mayor dignidad que la puerta. Pues el portero se pone para guardar la puerta, y no la puerta para guardar al portero. No me atrevo a proponer a ninguno mayor que la puerta, pues yo oí quién es la puerta. Lo sé, no puedo confiarme a una conjetura mía, no me queda ninguna sospecha humana; lo dijo Dios, lo dijo la Verdad, y no puede haber cambio en lo que dijo quién es inmutable.

3. Yo diré mi parecer en esta cuestión profunda, y cada uno elija lo que sea más de su gusto, pero sea piadoso en su sentir, conforme a lo que está escrito: Sentid bien del Señor y buscadle con sencillez de corazón. Quizá debamos reconocer al mismo Señor en el ostiario. Mayor diversidad hay en las cosas humanas entre el pastor y la puerta que entre la puerta y el ostiario; y el Señor se llamó a sí mismo pastor y puerta. ¿Por qué no hemos de entender que es también el portero? Pues, si atendemos a las propiedades, Cristo nuestro Señor no es un pastor como los que acostumbramos a ver y conocer, ni tampoco es puerta, porque no fue hecho por ningún carpintero, pero, si atendemos a ciertas semejanzas, es pastor y es puerta, y aun me atrevo a decir que también es oveja; es cierto que la oveja está bajo el pastor; sin embargo, Él es pastor y es oveja. ¿Dónde es pastor? Lee el Evangelio: Yo soy el buen pastor. ¿Dónde es oveja? Pregunta al profeta: Como oveja fue sacado al sacrificio. Pregunta al amigo del Esposo: He aquí al Cordero de Dios, he aquí al que quita los pecados del mundo. Aún he de decir algunas cosas más admirables sobre estas semejanzas. El cordero, la oveja y el pastor son amigos entre sí; pero los pastores suelen guardar a las ovejas de los leones, y, sin embargo, de Cristo, que es oveja y pastor, se dice que venció el león de la tribu de Judá. Tomad, hermanos, todas estas cosas como semejanza, no como propiedades. Solemos ver a los pastores sentados sobre una piedra y desde allí vigilar los rebaños confiados a su custodia (…).

4. No nos aflija, pues, hermanos, tomarlo por semejanza como puerta y como portero. Pues ¿qué es la puerta? Por donde entramos. ¿Quién es el ostiario? El que abre. ¿Y quién es el que se abre sino el que a sí mismo deja ver? Pues bien, el Señor había dicho puerta y no le habíamos entendido; cuando no le hemos entendido es que estaba cerrada: el que abrió, ése es el ostiario. No hay, por consiguiente, necesidad de indagar más nada, en absoluto, pero tal vez haya voluntad. Si quieres indagar más, mucho cuidado con desviarse, no te apartes de la Trinidad. Si buscas en otro lado la persona del ostiario, que sea el Espíritu Santo; pues no se desdeñará ser ostiario el Espíritu Santo, cuando el Hijo se ha dignado ser la puerta. Concedamos que tal vez el ostiario es el Espíritu Santo. El propio Señor dice acerca del Espíritu Santo a sus discípulos: Él os enseñará toda la verdad. ¿Quién es la puerta? Cristo. ¿Qué es Cristo? La Verdad. ¿Quién abre la puerta sino el que enseña toda la verdad?

5. ¿Qué diremos del mercenario? No fue mencionado entre los buenos. El buen pastor, dice, da su vida por las ovejas. El mercenario y el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, en viendo venir al lobo, abandona a las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa. No lleva aquí el mercenario las partes de una persona buena, pero es de alguna utilidad; ni se llamaría mercenario si no percibiera el salario del patrón. ¿Quién es, pues, este mercenario tan culpable como necesario? Concédanos el Señor sus luces, hermanos, para conocer a los mercenarios y para que nosotros no seamos mercenarios. ¿Quién es, pues, el mercenario? Hay en la Iglesia algunos prelados de quienes dice el apóstol San Pablo que buscan sus propios intereses y no los de Jesucristo. Con lo cual quiere decir que no aman gratuitamente a Cristo, que no buscan a Dios por Dios, que van en pos de las comodidades temporales, ávidos del lucro y deseosos de honores humanos. Cuando el superior tiene amor a todo esto y por ello sirve a Dios, este tal, quienquiera que sea, es un mercenario; no se cuente entre los hijos. De estos tales dice también el Señor: En verdad os digo que ya recibieron su paga. Escucha lo que dice el Apóstol del santo varón Timoteo: «Espero en el Señor que pronto os enviaré a Timoteo, para que yo me alegre conociendo vuestras cosas; pues no tengo a otro más unido a mí, que por vosotros siente una solicitad hermana de la mía. Todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo». Se lamenta el pastor de estar rodeado de mercenarios. Buscó a alguno que tuviese amor sincero a la grey de Cristo, y no lo encontró entre los que en aquel tiempo habían estado a su lado. No es que en aquel tiempo no hubiera en la Iglesia de Cristo, quien, como hermano, se desvelase por la grey, fuera del apóstol Pablo y Timoteo; pero sucedió que, cuando envió a Timoteo, no tenía cerca de sí a ninguno de sus hijos; los que tenía cerca de sí eran todos mercenarios, que buscan sus intereses y no los de Jesucristo (…).

6. Escuchad ahora que también los mercenarios son necesarios. Hay muchos en la Iglesia que, buscando comodidades terrenas, predican a Cristo, y por ellos se deja oír la voz de Cristo. Las ovejas siguen no al mercenario, sino la voz del pastor, oída a través del mercenario. Ya el mismo Señor señaló a los mercenarios cuando dijo: En la cátedra de Moisés se han sentado escribas y fariseos; haced lo que os dicen, pero no imitéis sus obras. ¿Qué otra cosa quiso decir sino que por medio de los mercenarios escuchéis la voz del pastor? Sentados en la cátedra de Moisés, enseñan la ley de Dios; luego por ellos enseña Dios. Pero, si intentasen hablar de lo suyo propio, entonces no los escuchéis, ni obréis de acuerdo con sus enseñanzas. Ellos ciertamente buscan sus intereses propios, pero no los de Jesucristo; ninguno de ellos, sin embargo, se ha atrevido a decir al rebaño de Cristo que no busque los intereses de Jesucristo, sino los suyos propios. El mal que hace no lo predica desde la cátedra de Cristo; causa daño por el mal que obra, no por el bien que predica (…).

8. ¿Quién es el mercenario? El que, viendo venir al lobo, huye, porque busca su interés, no el de Jesucristo; no se atreve a reprender con libertad al que peca. Pecó no sé quién, pecó gravemente; debe ser reprendido, debe ser excomulgado; pero, excomulgado, será un enemigo, maquinará y causará daños cuando le sea posible. El que busca su interés y no el de Jesucristo, por no perder lo que pretende, por no perder la satisfacción de la amistad de un hombre y soportar las molestias de una enemistad, calla y no lo reprende. Aquí tenéis al lobo con las garras en la garganta de la oveja. El diablo ha incitado a uno de los fieles a cometer un adulterio; tú callas, no le reprendes. ¡Oh mercenario!, viste venir al lobo, y has huido. Puede ser que responda: Aquí estoy, no he huido. Has huido, porque has callado, y has callado, porque has temido. El temor es la huida del alma. Con el cuerpo te has quedado, pero has huido con el espíritu (…).

Ahí tienes por qué se dice que el mercenario huye cuando ve al lobo. ¿Por qué huye? Porque no le importa el cuidado de las ovejas. ¿Por qué no le importa? Porque es mercenario, que quiere decir que busca una merced temporal, y por eso no habitará en la casa para siempre. Todavía quedan aquí muchas cosas que indagar y discutir con vosotros, pero no es mi intención cansar vuestra atención. Servimos los manjares del Señor a nuestros consiervos. Apacentamos a las ovejas y, a la vez, nos apacentamos nosotros en los pastos del Señor. Así como no se debe negar lo necesario, así tampoco hay que cargar al corazón débil con excesivas viandas (S. Agustín, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 46, 1-6. 8 [BAC, Madrid, 1965]).

 

 

Santa Misa y ordenaciones sacerdotales
Homilía del Papa Francisco

Basílica Vaticana
IV Domingo de Pascua, 26 de abril de 2015

 

Muy queridos hermanos:

Estos hijos nuestros han sido llamados al orden del presbiterado. Nos hará bien reflexionar un poco a qué ministerio serán elevados en la Iglesia. Como sabéis bien, el Señor Jesús es el único Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento, pero en Él también todo el pueblo santo de Dios ha sido constituido pueblo sacerdotal. ¡Todos nosotros! Sin embargo, entre todos sus discípulos, el Señor Jesús quiere elegir a algunos en particular, para que, ejercitando públicamente en la Iglesia y en su nombre el oficio sacerdotal a favor de todos los hombres, continúen su misión personal de maestro, sacerdote y pastor.

En efecto, así como el Padre le envió para esto, así Él, a su vez, envió al mundo primero a los apóstoles y luego a los obispos y a sus sucesores, a quienes por último les dieron como colaboradores a los presbíteros, que, al estar unidos en el ministerio sacerdotal, están llamados al servicio del pueblo de Dios.

Ellos reflexionaron sobre su vocación, y ahora vienen para recibir el orden de los presbíteros. Y el obispo corre el riesgo —¡corre el riesgo!— y los elige, como el Padre corrió el riesgo por cada uno de nosotros.

Ellos serán en efecto configurados con Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, o sea, serán consagrados como auténticos sacerdotes del Nuevo Testamento, y con este título, que los une en el sacerdocio a su obispo, serán predicadores del Evangelio, pastores del pueblo de Dios, y presidirán los actos de culto, especialmente en la celebración del sacrificio del Señor.

En cuanto a vosotros, que vais a ser promovidos al orden del presbiterado, considerad que al ejercer el ministerio de la sagrada doctrina participaréis de la misión de Cristo, único Maestro. Dispensad a todos la Palabra de Dios, que vosotros mismos habéis recibido con alegría. Leed y meditad asiduamente la Palabra del Señor para creer lo que habéis leído, enseñar lo que habéis aprendido en la fe y vivir lo que habéis enseñado. Y que eso sea el alimento del pueblo de Dios; que vuestras homilías no sean aburridas; que vuestras homilías lleguen precisamente al corazón de la gente porque brotan de vuestro corazón, porque lo que vosotros les decís es lo que tenéis en vuestro corazón. Así se da la Palabra de Dios y así vuestra doctrina será alegría y sostén para los fieles de Cristo; el perfume de vuestra vida será el testimonio, porque el ejemplo edifica, pero las palabras sin ejemplo son palabras vacías, son ideas y nunca llegan al corazón e incluso hacen mal: ¡no hacen bien! Vosotros continuaréis la obra santificadora de Cristo. Mediante vuestro ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles se hace perfecto, porque se une al sacrificio de Cristo, que por vuestras manos, en nombre de toda la Iglesia, se ofrece de modo incruento en el altar durante la celebración de los santos misterios.

Cuando celebréis la Misa, reconoced por tanto lo que hacéis. ¡No lo hagáis de prisa! Imitad lo que celebráis —no es un rito artificial, un ritual artificial— para que de esta manera, al participar en el misterio de la muerte y resurrección del Señor, llevéis en vosotros la muerte de Cristo y caminéis con Él en una nueva vida.

Con el Bautismo agregaréis nuevos fieles al pueblo de Dios. ¡Jamás hay que negar el Bautismo a quien lo pide! Con el sacramento de la Penitencia perdonaréis los pecados en el nombre de Cristo y la Iglesia. Y yo, en nombre de Jesucristo, el Señor, y de su Esposa, la santa Iglesia, os pido que no os canséis de ser misericordiosos. En el confesonario estaréis para perdonar, no para condenar. Imitad al Padre que nunca se cansa de perdonar. Con el óleo santo aliviaréis a los enfermos. Al celebrar los sagrados ritos y elevando en los diversas horas del día la oración de alabanza y de súplica, os haréis voz del pueblo de Dios y de toda la Humanidad.

Conscientes de que habéis sido elegidos entre los hombres y constituidos en su favor para atender las cosas de Dios, desempeñad con alegría y caridad sincera la obra sacerdotal de Cristo, con la intención de agradar únicamente a Dios y no a vosotros mismos. Es feo un sacerdote que vive para agradarse a sí mismo, que «se pavonea».

Por último, participando en la misión de Cristo, Jefe y Pastor, en comunión filial con vuestro obispo, comprometeos a unir a los fieles en una sola familia —sed ministros de la unidad en la Iglesia, en la familia—, para conducirlos a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo. Y tened siempre ante vuestros ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no vino a ser servido, sino a servir; no para permanecer en sus comodidades, sino para salir, buscar y salvar lo que estaba perdido (cf. vatican.va).

NOTA: Las palabras en negrita han sido resaltadas por la web de Prado Nuevo.

[1] Eclesiástico al que se le había conferido la inferior de las órdenes menores, y cuyo ministerio en la Iglesia primitiva consistía en abrir y cerrar la iglesia y custodiarla.

 

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