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X Domingo del Tiempo Ordinario (C)

 

 

EVANGELIO

¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (Lc 7, 11-17).

En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío.

Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo:

«No llores».

Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo:

«¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!».

El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre.

Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo:

«Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».

Este hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante.

Palabra del Señor.

 

LECTURA ESPIRITUAL Y HOMILÍA

 

Carta a los Romanos, Caps. 1, 1-2, 2 (S. Ignacio de Antioquía, obispo y mártir)

No quiero agradar a los hombres, sino a Dios

Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a la Iglesia que ha alcanzado misericordia por la majestad del Padre altísimo y de Jesucristo, su Hijo único; a la Iglesia amada e iluminada por la voluntad de aquel que ha querido todo lo que existe, según la caridad de Jesucristo, nuestro Dios; Iglesia, además, que preside en el territorio de los romanos, digna de Dios; digna de honor, digna de ser llamada dichosa, digna de alabanza, digna de alcanzar sus deseos, de una loable integridad, y que preside a todos los congregados en la caridad, que guarda la ley de Cristo, que está adornada con el nombre del Padre: para ella mi saludo en el nombre de Jesucristo, Hijo del Padre. Y a los que están adheridos en cuerpo y alma a todos sus preceptos, constantemente llenos de la gracia de Dios y exentos de cualquier tinte extraño, les deseo una grande y completa felicidad en Jesucristo, nuestro Dios.

Por fin, después de tanto pedirlo al Señor, insistiendo una y otra vez, he alcanzado la gracia de ir a contemplar vuestro rostro, digno de Dios; ahora, en efecto, encadenado por Cristo Jesús, espero poder saludaros, si es que Dios me concede la gracia de llegar hasta el fin. Los comienzos por ahora son buenos; sólo falta que no halle obstáculos en llegar a la gracia final de la herencia que me está reservada. Porque temo que vuestro amor me perjudique. Pues a vosotros os es fácil obtener lo que queréis; pero a mí me sería difícil alcanzar a Dios, si vosotros no me tenéis consideración.

No quiero que agradéis a los hombres, sino a Dios, como ya lo hacéis. El hecho es que a mí no se me presentará ocasión mejor de llegar hasta Dios, ni vosotros, con sólo que calléis, podréis poner vuestra firma en obra más bella. En efecto, si no hacéis valer vuestra influencia, ya me convertiré en palabra de Dios; pero, si os dejáis llevar del amor a mi carne mortal, volveré a ser sólo un simple eco. El mejor favor que podéis hacerme es dejar que sea inmolado para Dios, mientras el altar está aún preparado; así, unidos por la caridad en un solo coro, podréis cantar al Padre por Cristo Jesús, porque Dios se ha dignado hacer venir al obispo de Siria desde oriente hasta occidente. ¡Qué hermoso es que el sol de mi vida se ponga para el mundo y vuelva a salir para Dios! (LH, III).

 

HOMILÍA

«Se compadeció de ella y le dijo: “No llores”»

 

La realidad de la muerte

Al subir Jesús con sus apóstoles la cuesta que conduce a la ciudad de Naím, llegando a la puerta de manpostería que se encontraba en casi todas las ciudades de Judea, se encontraron con otra comitiva saliente, pero ésta fúnebre. Celebraban el entierro de un joven, hijo único de una madre viuda. En él perdía la madre el báculo de su ancianidad, la luz de sus ojos, la ilusión de su vida. Oyendo el Salvador los hondos suspiros, las lágrimas de aquella madre viuda, recordando sin duda lo que un día pasaría a su Santa Madre, la Santísima Virgen, se conmovió, y acercándose le dijo: «No llores». ¡Cuántas veces le habrían dirigido estas palabras en las últimas veinticuatro horas! Pero ahora se siente consolada, abre su corazón a la esperanza. Jesús se acerca al féretro y lo toca. Los que lo llevaban se pararon. Las dos comitivas se arremolinaron alrededor de Jesús. El joven estaba envuelto en una sábana, el rostro lívido, las manos juntas delante del pecho. El ataúd, sin tapa, descubierto, como era costumbre en aquellos tiempos. Jesús extendió su mano creadora y pronunció, en tono imperativo, estas palabras: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». La expectación creció por momentos, la sensación fue profunda. Al instante, se levantó el joven. Su espíritu, al imperio de Jesús, volvió a informar y animar el cuerpo, y levantándose, sorprendido, como para orientarse, se sentó en el ataúd. Jesús lo devolvió a su madre. Palabra preciosa, hermanos míos, puesto que la muerte se lo había arrebatado. Como decía elocuentemente Masillon, «resucita a los muertos igual que ejecuta las acciones más comunes, manda como Señor a los que duermen el sueño de la muerte, y se advierte que es Dios de los muertos como de los vivos, siempre tranquilo aunque obre las mayores cosas» (…).

Bourdaloue, el célebre predicador de la corte de Luis XIV, quiere, comentando este Evangelio, que meditemos en la muerte y en las causas que nos hacen temerla. A tres las reduce: a la incredulidad, al espíritu mundano y a la naturaleza. Y prescindiendo de la primera y de la tercera, detengámonos en la segunda. Respecto a la incredulidad, baste decir, con Tertuliano, que al ateo, al incrédulo, le interesa negar la existencia de Dios y de los premios y castigos eternos, porque los teme, porque le convendría que no existiesen. Y a pesar de sus negativas, teme la muerte porque la prevé desgraciada para sí. La naturaleza teme la muerte por el instinto natural que sentimos a la vida.

Pero pasemos a examinar la causa segunda.

En el libro Sagrado del Eclesiástico (cap. 41, 1-2), el Espíritu Santo dice: «Oh, muerte, cuán amarga es tu memoria para un hombre que tiene paz en sus riquezas, en sus sustancias; para un hombre sosegado y cuyos caminos le salen a derechas en todas las cosas, y que aún está con fuerza para comer». Notad, hermanos míos, como comenta san Agustín, que no dice la Sagrada Escritura que la muerte es amarga para todos los que poseen riquezas, sino para los que colocan su felicidad, cifran su dicha en las riquezas, literalmente en las sustancias. Es decir, que no miran las riquezas como accidente, sino como sustancia. Los accidentes no subsisten en sí mismos, sino que necesitan de un sujeto en que residan; las sustancias subsisten en sí mismas. Y los mundanos miran sus riquezas, no como cosas accidentales, que pasan, sino como sustancias que han de durar siempre. Y se olvidan de que, en el mejor de los casos, con la muerte se pierden. Para estos mundanos, la memoria de la muerte es amarga. Comentándolo, Cornelio a Lapide dice: «¡Oh, qué amarga, amarga es no sólo la muerte, sino incluso su memoria, para el rico que posee pacíficamente sus bienes y descansa en ellos, para el rico que ha colocado bien a sus hijas, que ha enriquecido a sus hijos y que aún está con fuerzas para comer!».

Ya dijo Platón que la muerte es más molesta a los favorecidos de la fortuna que a los que viven en trabajos. Pero hace notar san Juan Crisóstomo que no han faltado ricos, dueños de fortunas inmensas, que no temen la muerte, que piensan con gusto en ella y que la apetecen. Y es porque no se sienten dueños absolutos, sino administradores de sus riquezas; usan de ellas en tanto en cuanto les ayudan a su salvación; las miran no como sustancias, sino como accidentes que pasan, que deben dejarlas. Éstos merecen ser ricos.

Tres epítetos da a la muerte nuestro gran san Isidoro: amarga, prematura y natural. Amarga en los niños, porque, para los padres, siempre es una amargura asistir a la muerte de sus hijos; prematura, en los jóvenes, porque les sorprende la muerte cuando no la esperaban; y natural y madura en los ancianos, porque ordinariamente les ocurre por la pérdida paulatina de las fuerzas, por el desgaste natural (…).

Sea corta, sea larga tu existencia, ya tienes preparada la inscripción para tu sepulcro. Ya está escrito tu epitafio, que pronto se grabará: «Et mortus est». «Y murió». Pronto, muy pronto, se dirá de ti y de mí: «Y murió». La vida se nos escapa como flor de un día, fresca por la mañana, seca por la tarde; se nos escapa, se nos deshace como el hielo, que en contacto con el calor de nuestras manos se derrite.

Piensa que tú como yo moriremos, como el joven, hijo único de la viuda de Naím, y no esperes que Jesús te resucite en ese momento, porque los milagros no se repiten sin necesidad, y allí lo obró Jesús para confirmar a sus discípulos y a la plebe en la fe de su persona y para consolar a la madre viuda. Despégate a tiempo de todo, despégate con el afecto de los accidentes, de las riquezas y de los placeres, para que no tengas que despedirte de ellos a pesar tuyo. Déjalos tú anticipadamente (…).

Desprendámonos de lo superfluo, suprimamos lo que se malgasta, o se desperdicia en los placeres y diversiones pecaminosas y habrá lo suficiente para atender a tantas y tantas necesidades. Y así ésta será la llave que nos abrirá la puerta de la vida eterna, gracia que para vosotros como para mí deseo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así sea.

(J. Codina, Homilías de actualidad)

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