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«Hija, no tengas miedo y reza por la paz del mundo»

 

HISTORIA DE LAS APARICIONES DE EL ESCORIAL (7)

El misterioso personaje que la había seguido horas antes y aquel que tiempo atrás se le había presentado en el hospital era la misma persona; pero ahora ya no sólo lo veía con claridad, en silencio, sino que había decidido hablarle e identificarse como Jesucristo, y con estas palabras: “Si, hija, soy tu Padre celestial”.

 

En la entrega anterior de esta Historia de las Apariciones de El Escorial, nos quedamos iniciando aquel trece de noviembre de 1980. Así que, sobre las ocho de la mañana, Amparo había llegado a la calle Santa Rosa para realizar sus tareas cotidianas en el domicilio de Miguel y Julia, matrimonio para el que trabajaba. Allí se encontró con Marcos, amigo de la familia y conserje del inmueble. Estaba éste abriendo el edificio. Al dirigírsele y tras saludarlo, Amparo volvió a insistir en que aquel señor alto y bien parecido que había visto el día anterior y que caminaba tras sus pasos, le ha seguido de nuevo esa mañana, y que estaba parado en la esquina de la calle mirándola. Marcos salió enseguida; pero no vio a nadie.

 

“Por la conversión de los pecadores”

Amparo subió al piso para su trabajo. Ya por la tarde, en la televisión contempló unas imágenes de los niños que morían de hambre en Biafra. Movida a compasión, ofreció por ellos a la Virgen el trabajo de aquella tarde. Se puso a planchar. Al terminar, fue a guardar la ropa en el armario correspondiente. Entonces, oyó una voz serena, y grave, que llenaba la habitación: «Hija, reza por la paz del mundo y por la conversión de los pecadores; que el mundo está en un gran peligro». Como era natural, Luz Amparo se asustó y echó a correr escaleras abajo, dejando abierta la puerta. El conserje la notó muy asustada; y ella, jadeando, le contó a Marcos lo que acaba de sucederle:

«Marcos, he oído una voz que me ha dicho: “Hija, reza por la paz del mundo y por la conversión de los pecadores; que el mundo está en un gran peligro”».

Estas palabras fueron escuchadas también por la mujer de Marcos y sus hijos, que estaban jugando en la entrada del edificio con los hijos del matrimonio para quien Amparo trabajaba.

El portero entonces le replicó:

«Pero… bueno, ¿quién te va a decir eso, si dices que no hay nadie?».

Y Amparo le respondió intrigada:

«Yo que sé; pero yo he oído eso».

La inquietud se va apoderando de Marcos, que afirma:

«No es posible que haya nadie; pero vamos a mirar».

Subieron a la casa. La puerta que Amparo había dejado abierta la encontraron cerrada, lo que obligó al portero a ir a procura de sus llaves. Entraron. Registraron el piso, y no vieron a nadie dentro. En ese momento, Amparo volvió a insistir en cómo alto y claro había escuchado aquella voz. Eso inquietó algo a Marcos pese a su natural valiente; no obstante, regresó en silencio a su quehacer habitual. La mujer del portero, por su lado asimismo algo intrigada, y antes de ir a dar la cena a sus hijos, recomendó a Amparo que, si volvía a oír esa voz, le preguntara si era su padre, pues éste había fallecido recientemente.

 

Marcos Vera (conserje de la casa donde trabajaba Amparo)

Marcos Vera (conserje de la casa donde trabajaba Amparo) en Prado Nuevo

 

“Amaos los unos a los otros”

Y la voz volvió a resonar en los sentidos de Luz Amparo de esta forma:

«Hija, no tengas miedo».

En ese momento, Amparo vio cómo aquel cuarto se llenaba de luz y se formaba una especie de nube blanca, más luminosa aún, en la que apareció una figura humana. Al fijarse en el rostro, vio que éste coincidía exactamente con el de aquel “doctor de la barba” que le acompañó en 1970, aquella noche del postoperatorio en el “Hospital Clínico”, y con el del mismo personaje que la había seguido por la calle últimamente. Estaba vestido como un médico, tenía una bata blanca como en dicho hospital. Amparo, ante semejante e inesperada visión, comprensivamente nerviosa, se atrevió a preguntar:

«¿Es mi padre, es mi padre?».

A lo que el misterioso personaje respondió:

«Sí, hija, soy tu Padre celestial. En esta casa no hay nada de embrujamiento».

(Quien se comunica con ella es Jesucristo, que es nuestro Hermano como hombre y nuestro Padre como Dios).

Amparo comenzó a serenarse y en su espíritu nació la convicción de que lo sucedido en el hospital no había sido efecto de la anestesia, y que se hallaba ante una realidad totalmente insospechada.

El celestial médico continuó hablando, pronunciando estas dulces y misteriosas palabras:

«Reza por la paz del mundo y por la conversión de los pecadores. Amaos los unos a los otros. Vas a recibir pruebas de dolor».

A Amparo, madre nada menos que de siete hijos, lo primero que se le ocurrió pensar era si alguno de ellos iba a morir. Y a continuación, pasaron por su imaginación otras posibles desgracias. Sin embargo, el miedo le fue desapareciendo por completo, y con toda serenidad preguntó a Beatriz, la niña con quien estaba e hija mayor de Julia y Miguel Martínez:

«¿Ves tú algo?».

A lo que la niña le contestó con otra pregunta:

«¿Qué pasa?».

Y Amparo, por no alarmarla, añadió:

«No, nada».

Luz Amparo tenía ya la convicción de que la voz que había oído era la de Jesús, a quien había visto en ocasiones anteriores, y que ahora identificaba con la persona que la había seguido por la calle y estuvo con ella en el «Clínico». De nuevo, bajó apresurada a la portería, y al encontrar a Marcos se lo explicó todo. El conserje, al no dar crédito a lo que oía, recomendó a Amparo que fuera enseguida a ver al médico. Amparo guardó entonces silencio, prometiéndose a sí misma no volver a decir nada a nadie, ante tanta desconfianza como había despertado.

(Continuará)

Comentario: Mensaje del 13 de noviembre de 1980

 

(Revista Prado Nuevo nº 8. Historia de las Apariciones)

 

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