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Una profunda conversión a la Iglesia

 

HISTORIA DE LAS APARICIONES DE EL ESCORIAL (11)

En el artículo anterior, seguimos comentando los hechos que sucedieron aquel 23 de noviembre de 1980, en casa de Miguel y Julia, cuando el Señor dispuso que Luz Amparo, en presencia de esta familia y de algún otro testigo más, recibiera los estigmas de la Pasión en su cuerpo. Terminábamos recordando que Miguel, ante la prolongación del misterioso fenómeno, juzgó necesario hacer saber a los familiares de Amparo que ésta se hallaba indispuesta, para justificar así su tardanza. Salió a la calle y subió ligero en dirección a la casa de aquélla. Por el camino, ve a María de los Desamparados (Amparito, hija de Luz Amparo), a quien enseguida se acerca.

 

Es Amparito, una de las hijas mayores de Luz Amparo, quien recuerda el diálogo que mantuvo con Miguel Martínez en ese fortuito encuentro:

 

Lo que ocurrió el 23 de noviembre de 1980


«El domingo 23 de noviembre de 1980, yo, Amparo Barderas, estando en casa, sentí algo interior que me decía que bajase a casa de Julita. Yo no tenía costumbre de ir allí. Acudía alguna vez cuando tenía que pedir algo a mi madre, y ese domingo bajé sin saber tan siquiera si mi madre estaba allí, pues los domingos no iba a trabajar.

Bajaba por la calle Velázquez, cuando vi a Miguel que subía con una bolsa a por el pan. Entonces, me llamó. Al acercarme a él, vi que tenía los ojos muy colorados, de haber estado llorando, pero no pregunté nada. Miguel me dijo que le acompañase a por el pan, y me comentó:

-“Tu madre es una santa”.

Pero yo no le di importancia, puesto que siempre estaba diciendo que mi madre era muy buena. Pero, al salir de la panadería, me volvió a repetir:

-“Tu madre es una santa; ha sufrido la Pasión de Jesucristo”.

Y seguía diciendo: “¡Hasta la corona de espinas!”.

Yo, según iba oyendo lo que Miguel me decía, me iba confundiendo cada vez más. En la cabeza se me iban quedando: la Pasión, la corona de espinas, la sangre…, etc., y me iba formando tal confusión, que no sabía nada de nada; es decir, que estaba totalmente confundida.

Llegamos a casa de Julita, y al entrar, yo me asusté. Me asusté porque primero vi a Julita llorando y, cuando pasé al salón, estaba todo lleno de gente hablando sobre mi madre y comentando. De entre las personas que había, recuerdo a Julita, Miguel, Juan, José Luis, Maribel, Marcos, Socorro y su marido, y no recuerdo a nadie más, pero sé que había más gente. Al asustarme, me puse a llorar y me dijeron que pasase a la habitación a ver a mi madre, y con un poco de miedo (porque, al ver tanta gente y algunos llorando, no sabía lo que podía pasarle), entré. Vi a mi madre acostada en la cama con la cara de haber sufrido. Ya le habían desaparecido las llagas y toda la sangre, excepto de la ropa. Pero le quedaba un corazón en relieve en el centro del pecho, un poco hinchado y atravesado por una daga. Entonces, fue cuando empecé a comprender algo, no del todo. Pensé en mi padre, que se había quedado en casa refunfuñando porque llegaba la hora de la comida y mi madre no estaba en casa. Estando en la habitación, me dijo mi madre que subiera el pan a casa, y así lo hice. Pero no dije nada a mi padre. Sólo le dije que bajase a verla. Mi padre estaba muy enfadado y bajó gruñendo, porque se creía que era mentira lo que yo le había dicho.

Cuando llegamos a casa de Julita, mi padre entró en la habitación y quería sacar de la cama a mi madre. Pero ella apenas se podía mover. Y convencimos a mi padre para que la dejase allí acostada, hasta que se encontrase mejor. Él se fue a casa, pero yo me quedé allí. Cuando mi madre ya se pudo levantar, llegó al comedor y estuvimos comiendo. Al terminar la comida, fue cuando nos explicó lo que realmente había venido sucediendo, aproximadamente un mes antes de que le pasase delante de todas estas personas. Y esto fue lo que ocurrió el 23 de noviembre de 1980».

 

Y la vida de Luz Amparo y otros muchos cambió

Luz Amparo Cuevas rezando el Rosario en Prado Nuevo de El Escorial, los primeros años del comienzo de las apariciones.

Desde los comienzos de estas revelaciones privadas, la vida de Luz Amparo se transformó, tuvo una profunda conversión. De no tener una práctica religiosa habitual, pasó a asistir a Misa y a recibir con frecuencia los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Incrementó las prácticas devocionales más sólidas, como el Rosario, y el Señor fue afianzando su vida espiritual.

Otras de las primeras personas que se sintieron interiormente cambiadas fue el matrimonio de Miguel y Julia, para el que Luz Amparo trabajaba como empleada doméstica. Miguel recuerda que, al contemplar la Pasión del Señor en el cuerpo de Luz Amparo, pasó delante de él como una especie de película que le recordó toda su vida en pocos instantes. Fue tal la gracia que recibieron, que en la tarde de ese mismo domingo, 23 de noviembre de 1980, solemnidad de Cristo Rey, sintieron la necesidad urgente de acudir al sacramento de la Confesión, después de muchos años sin hacerlo.

Se acercaron a la Basílica del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y allí, providencialmente, Julia se encontró con un piadoso confesor, P. Félix Carmona, de la Orden de san Agustín, quien parecía la estaba esperando. Julia le contó todos los hechos religiosos que habían sucedido en su casa. Él la tranquilizó diciéndole que el Señor ha permitido cosas semejantes en otras almas, como Teresa Neumann, Padre Pío de Pietrelcina, etc. Que el Señor se puede valer de tales almas, para que muchas personas renueven su vida cristiana. Miguel y Julia regresan a su casa tranquilos, con la paz de Dios en el alma, sabiendo que estos hechos extraordinarios pueden acontecer a quien Dios quiera, cuándo Dios quiera y como Dios quiera. Desde ese momento, la vida de esta familia iba a cambiar mucho, sobre todo en el aspecto religioso, en el amor a Dios y al prójimo y a través de la Iglesia y los Sacramentos.

(Continuará)

 

(Revista Prado Nuevo nº 12. Historia de las Apariciones)

 

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