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Una monja en bilocación impidió el asesinato de san Juan Pablo II

Una monja estigmatizada en bilocación impidió a Alí Agca consumar el asesinato de san Juan Pablo II

¿Son conocidas todas las claves del atentado contra san Juan Pablo II? Puede que las humanas sí, pero el testimonio de sor Rita sugiere también claves de otra índole. José María Zavala / rel
Con la reciente publicación de «La monja que salvó a Juan Pablo II» (San Román-Letras de Oro), sor Rita del Espíritu Santo (en el siglo, Cristina Montella), una religiosa agustina italiana nacida en 1920 y muerta en olor de santidad en 1992, dejará de ser una desconocida para el público de habla española. La autora, Cristina Siccardi, filóloga, periodista e historiadora, desvela en sus páginas la increíble vida de sor Rita como hija espiritual del Padre Pío y, como él, estigmatizada durante casi toda su vida. José María Zavala, quien prologa el volumen, ha entrevistado a Siccardi para Religión en Libertad, desvelando algún hecho realmente notable, como el que tuvo lugar en el mismo lugar y momento del atentado contra Juan Pablo II.

-Retrocedamos al 13 de mayo de 1981, en la plaza de San Pedro de Roma, cuando el turco Alí Agca disparó contra Juan Pablo II. ¿Qué sucedió exactamente aquel día?

-El padre Franco D’Anastasio, que trató a sor Rita durante muchos años, relataba una de sus bilocaciones precisamente aquel 13 de mayo. Alí Agca declaró que una monja, en el momento del disparo, desvió el tiro que, de lo contrario, habría sido mortal. La propia mística reveló este hecho al padre D’Anastasio, añadiendo que junto a ella estaba aquel día presente María Santísima en la Plaza de San Pedro.

Llamativa foto de Alí Agca cuando fue a depositar unas rosas blancas en la tumba de S. Juan Pablo II, a quien intentó asesinar (27-12-14)

-¿Hay pruebas de la presencia de sor Rita allí para impedir el asesinato del Papa?

-Bueno, como le he dicho, contamos con el propio testimonio de la protagonista corroborado por el padre D’Anastasio, que la conocía a fondo y mantuvo numerosas conversaciones privadas con ella, las cuales sólo tras su muerte accedió a revelar.

-¿Conocía Juan Pablo II la existencia de sor Rita y lo que sucedió durante el atentado?

-Supongo que sí. Todo el mundo sabe que Juan Pablo II estaba convencido de que la Virgen de Fátima le salvó la vida aquel día en que la Iglesia celebraba su festividad. Wojtyla fue a darle a Ella las gracias personalmente a su santuario en Portugal, donde se halla el casquillo de la bala que le hirió, el cual encaja providencialmente en la corona de la Virgen.

-¿Qué relación existía entre sor Rita y el Padre Pío?

-Ella era una especie de Padre Pío, solo que en mujer. Le llamaba cariñosamente mi «abuelito». Se llevaban treinta y tres años de diferencia: el Padre Pío había nacido en 1887 y sor Rita, en 1920. De hecho, era hija espiritual suya desde que el sacerdote capuchino se le apareció en bilocación cuando ella tenía catorce años. Sucedió la noche del 25 al 26 de agosto de 1934, mientras Cristina Montella, como se llamaba antes de ser monja, estaba en oración mística. El Padre Pío se le apareció repentinamente: tenía la barba espesa y llevaba mitones en las manos, pero Cristina no lo había visto nunca. Él se presentó así: «Cristina, yo soy el padre Pío», y desde entonces, la llamó «Niña», no por lo joven que era, sino por su autenticidad, transparencia e inocencia.

-Además de la bilocación, ¿qué otros carismas tenía sor Rita hasta su muerte, acaecida en noviembre de 1992?

-El padre Franco D’Anastasio, pasionista, que dedicó con ardor, entusiasmo y conocimiento de causa más de treinta años de estudio (recopilación de escritos, documentos y testimonios de familiares, amigos, conocidos, hijos espirituales, religiosos…) a Cristina Montella, contaba que el 14 de septiembre de 1935, aproximadamente un año después de la primera aparición del Padre Pío, sobre las dos de la madrugada, la joven quinceañera recibió los estigmas mientras rezaba en su habitación del piso en la última planta del Palazzo Dei Baroni, donde vivía en esa época. La propia sor Rita confirmó en 1976 la veracidad de ese testimonio, añadiendo que Jesús estuvo acompañado aquella madrugada de la Virgen, San José y el Padre Pío. El Señor concedió a sor Rita otros dones extraordinarios: el don de la presencia visible del Ángel Custodio, y de ser instrumento en las manos de Dios y de realizar sus milagros, el de profecía, y el de la lectura de los corazones y de clarividencia.

-¿Se conserva algún guante u otra prenda ensangrentada de ella?

-En octubre de 2002, sor Samuela Benvenutti, la madre general de las Terciarias Franciscanas Regulares, le dijo a Arcangelo Aurino, sobrino de sor Rita, durante una conversación telefónica: «Poseo dos cuadernos de sor Rita y un pañuelo empapado en sangre de su costado».

Instante del atentado contra san Juan Pablo II.

-Entre los numerosos «viajes» que relata en su libro, figuran las «visitas» que hicieron el Padre Pío y sor Rita al cardenal húngaro Mindszenty en su celda de la prisión. ¿Puede detallar alguna?

-Efectivamente, sor Rita fue a Budapest a consolar y sostener al cardenal Mindszenty, pero también «viajó» en bilocación a Yugoslavia, para estar junto al cardenal Stepinac, y a Polonia, para infundir fuerzas a las víctimas de las persecuciones comunistas. Al cardenal Mindszenty le «visitó» —como digo— en varias ocasiones, junto con el Padre Pío, para llevarle todo lo necesario para celebrar la Santa Misa en su celda. -Impresionante… ¿Qué virtudes destacaría de ella? -Todas las virtudes heroicas, clasificadas en cardinales y teologales, las encarnó sor Rita con improntas personales propias y únicas y —por qué no decirlo— también con los propios límites y defectos humanos. Pero en todo caso corresponde a la Iglesia declarar, si Dios quiere algún día, su probada santidad.

-¿Fue víctima, como el Padre Pío, de alguna persecución por parte de la Iglesia o de su propia orden agustiniana?

-Por desgracia, así fue. Hasta le privaron durante algún tiempo de un director espiritual. Cuando le preguntaron a sor Rita cómo podía continuar en esa situación de incomprensión y hostilidad sin un sacerdote, ella respondió: «Me guía Él mismo (Jesús)». Por esto podía permanecer tranquila, a pesar de las tormentas que se desataban a su alrededor: ella podía contar con el mejor; incluso si se hubiera desencadenado un maremoto, ella habría caminado sobre las aguas. El confesor del monasterio se negó a conocer y profundizar en las experiencias místicas y extraordinarias de sor Rita. Una negación decidida, categórica. Una auténtica guerra de guerrillas dentro del monasterio, hecha de sospechas, complots y confabulaciones, que llevó a algunas monjas, antes favorables a sor Rita, a oponerse a ella.

-¿Con qué libro piensa sorprendernos en el futuro?

-En este momento, estoy concluyendo una biografía histórico-espiritual de San Pío X, el gran Pontífice reformador y restaurador de la Iglesia, fallecido hace cien años y cuyas enseñanzas, a la luz de nuevos estudios historiográficos más profundos, vuelven a ser de actualidad vista la descristianización de Europa, los errores galopantes y la profunda crisis de fe. (cf. religionenlibertad.com, 10-4-14).

Revista Prado Nuevo nº 29. Anécdotas para el alma

 

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