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Elvira Soriano, la pintora de la Virgen de El Escorial

 

Nació en Madrid y toda su vida, hasta su fallecimiento en noviembre de 2011, se desarrolla en la ciudad en la que llegó a este mundo.
Estudió Bellas Artes en la capital de España, lo que le permitió entrar en el Museo del Prado, llegando a ser una de las más famosas y prestigiosas copistas que pasó por allí.
Plasmó en sus lienzos numerosas obras realizadas con finura y belleza; cientos de personajes han cobrado vida gracias a sus pinceles, predominando sobre todo, los motivos religiosos.
Sin embargo su mayor obra, con la que ha pasado a la posteridad, tardaría en llegar…

 

La pintora de la Virgen de El Escorial

Al poco de iniciarse las denominadas «Apariciones de El Escorial», Elvira conoció a Luz Amparo. Ella misma nos lo cuenta en una entrevista que le hicimos años atrás:

«Debía ser el año 1981, aproximadamente, cuando una amiga muy entusiasta de las apariciones, me dijo: “Elvira, ¿tú tendrías inconveniente en venir a El Escorial a ver a una señora que se le aparece la Virgen?”; yo le comenté que inconveniente no tenía, pero no entendía qué perseguía con esta pregunta.

“Quiero que me hagas un cuadro de la Virgen según te explique Amparo”. Mi amiga estaba tan animada con el asunto que me fue imposible decirle que no: “Bueno, no tengo costumbre de pintar sin un modelo o sobre algo impreso pero me acercaré a hablar con esta señora si quieres”.

Así fue; llegamos a El Escorial, y según nos encontramos con Amparo, le comenté la idea que tenía mi amiga sobre el cuadro de la Virgen. Amparo no dudó un momento y, enseguida, se puso a describirme a la santísima Virgen, tal y como ella la veía: “Pues, mire, mide como un metro setenta, es morenita, con el pelo castaño oscuro tirando a pelirrojo; tiene los ojos verdes…”.

Continuó hablándome durante un largo rato, muy serena. Me dijo que la boquita la tenía muy pronunciada y que la nariz la tenía un poco así... Decía: “Un poco larga, y así un poco con caballete... ¡Bueno, como la del Señor!”. A lo que contesté que —claro— ¡yo no veía al Señor como ella!

Me dijo que iba vestida de amarillo, con el medallón ése que lleva con el cordón de oro y luego como si de ahí saliese el Espíritu Santo. “La santísima Virgen —decía Amparo— aparenta unos 21 o 22 años. Cuando llega al árbol, se queda como a medio metro de la tierra, y ahí es donde los ángeles que la acompañan, forman una corona alrededor de Ella. La Virgen lleva un rosario en la mano, y una banda en el vestido con la Santísima Trinidad bordada; también lleva sandalias, y…”. ¡Bueno! El caso es que me explicó todo con mucho detalle. ¡A mí me parecía que casi la estaba viendo, de lo bien que me la describió!

Al despedirme de ella, la mano se me quedó con un fuerte olor a rosas y pensé: “Esta mujer, no sé, pero estoy convencida que dice la verdad”.

Así que, muy entusiasmada, volví a mi casa con la idea de pintar a la santísima Virgen, como me había dicho Amparo, a su tamaño natural, aunque mi amiga decía que a ella le bastaba con una pintura pequeña.

 

Manos a la obra

Elvira Soriano junto a su obra “Virgen Gloriosa”.

Esto ocurrió un martes; el sábado me preparé el lienzo, y el domingo por la tarde, me lo dibujé. El lunes, por la mañana, tenía unas ganas locas de ponerme a pintar a la Virgen; así que, a eso de las 10 comencé, y a las 2 ya tenía la cara de la Virgen pintada. Me pareció muy guapita, y le dije: “Madre mía, yo lo que te pido es que quien te mire con fe, Tú le digas algo”.

Bueno, pues, a partir de ese día, Amparo comenzó a venir acompañada de muchas personas con bastante frecuencia, porque lo que ella quería era que lo que había visto lo vieran también los demás.

Pasaron varias semanas y, cuando casi tenía terminado el cuadro, un día que estaba Amparo allí, le dije: “No sé si le puedo preguntar una cosa, pero quisiera que le dijera a la Virgen que si le gusta el retrato que le estoy haciendo”. Y al poquito, sonriendo, va y me contesta: “Pero ¿es que Vd. se cree que, si no es porque la Virgen le ayuda, le va a salir esa cara que yo veo sin que usted la vea?” ¡Qué respuesta, ¿verdad?!».

Cuando se realizó esta entrevista a Elvira Soriano, “la pintora de la Virgen”, el cuadro que estaba en su casa había recibido ya muchas visitas, y “había sido testigo, como decía la propia Elvira, de muchos secretos desvelados, de muchas lágrimas vertidas y, sobre todo, de mucho cariño”.

 

Seguimos transcribiendo la entrevista:

 

Experiencias conmovedoras

«Aquí han venido muchas personas contando sus experiencias: unas que se habían curado de graves enfermedades en el cuerpo y que, habiendo estado gravemente enfermas, se habían curado “milagrosamente”, se puede decir; otras han llegado con graves enfermedades en el alma, y se han convertido, siendo esas conversiones las que tanto agradan a la santísima Virgen.

Delante de esta imagen, se han escuchado hechos como el que contó una hija que llevaba 18 años sin hablar con su madre. Sin parar de llorar, agradecía a la Virgen haberse convertido, porque en el mismo momento en que salía de confesarse, su madre la llamó, después de muchos años sin hablarla, para decirle que fuera a pasar las Navidades con ellos. O el caso de aquella señora que venía acompañando a una amiga, y al entrar en el salón donde está el cuadro, empezó a llorar, y sin casi poder hablar, nos preguntó dónde había un sacerdote. En poca más de media hora, estaba confesando con el padre Alfonso[1], y a los pocos días, pudo entrevistarse con el Cardenal de Madrid.

El hecho más entrañable que recuerdo es el que tuvo que ver directamente con Amparo. Como ya he dicho, ella solía venir muchas veces con per­sonas para visitar el cuadro; en aquella ocasión, el papa Juan Pablo II estaba en Madrid, y esa tarde, sin previo aviso, como era costumbre, Amparo apareció en mi casa. Me dijo que venía con un grupo de personas a ver el cuadro, “si yo no tenía inconveniente”. A mí aquella forma de expresarse no me resultó normal, y me llamó la atención lo bien arreglada que iba. Amparo siempre ha sido muy ordenada a la hora de su aspecto personal, pero aquel día estaba diferente, muy bien peinada, con un aspecto mucho más..., ¡no sé!, diferente. A su alrededor, había un olor a rosas muy intenso, la cara la tenía muy brillante, los ojos muy vivos, iba muy bien peinada. Se acercó y me dio un beso, y empezó a hablar. Yo noté como una finura a la hora de hablar especial... “Abusando de su amabilidad, ¿no le importaría que pasaran unas personas a ver el cuadro de la Virgen?”. Y pensé: “¡Huy, qué fina viene hoy Amparo!”. El caso es que estaba ella sola en la galería, y aquello me chocó aún más. “Pues claro que sí —le dije—, ya sabe que viniendo con Vd., yo encantadísima”. “Voy a llamarles”, comentó. Y al poco rato, entró con dos muchachos jóvenes y una chica joven. Yo seguía pensando: “Pero qué guapa está hoy Amparo”.

Estuvieron un rato, y poco después se marcharon, no sin antes dejar un intenso olor a rosas en toda la habitación.

 

Vaya sorpresa

Días más tarde, estuvieron en mi casa unas amigas que suelen ir a rezar el Rosario a El Escorial, y hablando de la visita del Papa[2], comentaron: “Fíjate, pues la misma tarde que el Papa celebraba la Misa en Madrid, estábamos en el Prado rezando el Rosario con Amparo; era emocionante verla y pensar que el Papa estaba tan cerca, a unos pocos kilómetros”. Enseguida, les pregunté: “¿Amparo estaba rezando el Rosario en el Escorial?”. “Sí, sí, estuvo toda la tarde por el Prado, rezando el Rosario y hablando con algunas personas”. “¡Eso no puede ser: Amparo estuvo aquí en mi casa viendo el cuadro con unos jóvenes, y me dijeron que se iban a la Misa del Papa!”. Mis amigas empezaron a sonreír: “Elvira, pero ¿no sabes lo que le pasa a Amparo a veces? ¡Puede estar en dos sitios a la vez! El padre Alfonso dice que eso se llama bilocación”. Aquello no lo entendía bien y me acerqué a ver al padre Alfonso, que me dijo que sí, que a veces tenía esa gracia. Nunca he olvidado aquella cara tan brillante y tan especial».

Se podrían llenar muchas más páginas de todo lo que aquella tarde nos contó doña Elvira en su casa de Madrid. Han pasado varios años, al cabo de los cuales, fue llamada a la presencia de Dios, en noviembre de 2011. Confiamos en que ya esté disfrutando, cara a cara, de su “modelo”, aquél del que no dispuso en la Tierra, pero que “guio” su mano, para realizar esta pintura maravillosa de la Madre de Dios, y de la que miles y miles de personas se han enamorado por todo el mundo.

Poesía de Elvira Soriano

(Se encontró entre sus papeles, escrita de su puño y letra)

“Decid a todos que he sido feliz,
que por el mundo yo fui dando amor,
que si en algo os ofendí
perdón os pido y a Dios.
Que el amor con que pinté
las imágenes de Dios
y a su Santísima Madre,
las llevé en mi corazón;
con la esperanza que un día,
por la intercesión de Ella
y la misericordia de Dios,
lleguen mis ojos a ver
unidos siempre a los dos;
y poder así, con mis pinceles,
plasmar la belleza que en el mundo
nunca se puede pintar,
pues las grandezas de Dios
no pueden en el mundo estar”.

Biografía

Elvira Soriano († 19 - 11 - 2011) era natural de Madrid. Desde muy pequeña, demostró una impresionante pasión por el dibujo. Sus padres, conscientes de esa destreza innata, quisieron inscribirla en una escuela de pintura en la calle de La Palma, y allí estuvo matriculada cerca de tres años. Los profesores, confirmando el talento de la joven Elvira, plantearon a la familia la necesidad de que potenciara esa capacidad, y el lugar adecuado para ello era sin ninguna duda la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid.

La iniciativa era atrevida, porque los estudios se prolongarían cinco años y, además, en aquella época, no era propio, o al menos habitual, que una jovencita cursara esos estudios. La Providencia así lo quiso, y durante ese tiempo, con tan solo tres mujeres como compañeras, en un mundo dominado por hombres, se licenció en Bellas Artes. Sus compañeras se convirtieron en grandes amigas de Elvira y siguieron unidas a ella durante toda su vida.

Una vez superada la carrera, y con el título bajo el brazo, se presentó a trabajar como copista en el Museo del Prado de Madrid. Sus trabajos se centraron principalmente en los grandes maestros: Velázquez, Rembrandt, Goya… Nuevamente, esta vez ya en el ámbito laboral, Elvira volvió a despuntar sobre sus compañeros: turistas y filántropos culturales empezaron a demandar sus servicios por la fidelidad y pureza de sus obras. Muchas personas, interesadas por éstas, visitaban su casa de la calle San Andrés, número 12, en donde tenía el estudio; fascinados, la pedían precio por alguna de sus piezas, pero ella ni tan siquiera sabía qué parámetros utilizar para asignar precio a cada una de las pinturas. Como anécdota, se puede contar que la familia, con gran cariño, guarda un cuaderno donde la minuciosa artista fue apuntando cada uno de los encargos que, a lo largo de su vida, la fueron realizando y los precios que fue cobrando por ellos.

El culmen de su obra, sin duda alguna, fue la realización de dos cuadros, la Virgen Gloriosa (1982) y la Virgen Dolorosa (1984) de El Escorial, siguiendo las indicaciones de Luz Amparo Cuevas. Se trata de las obras que más orgullosa la han hecho sentirse, por su valor religioso y espiritual y por la notable repercusión y trascendencia que han tenido.

[1] Se refiere al padre Alfonso María, O.C. (†), quien fuera director espiritual de Luz Amparo.

[2] Fue la primera visita que hizo san Juan Pablo II a España, durante el mes de noviembre de 1982.

 

(Revista Prado Nuevo nº 12. Testimonios)

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